lunes, 26 de agosto de 2013

Esencia de Mujer (Scent of a Woman, 1992, EEUU)

No me explico cómo he tardado más de 20 años en verla. Tampoco recuerdo que nadie me la haya recomendado nunca. Y sin embrago, mi memoria a duras penas alcanza a vislumbrar la última vez que una película me emocionaba tanto. Quiero recordar que desde El Club de los Poetas Muertos, Cinema Paradiso o La Vida es Bella (por citar algunas de este selecto círculo) no experimentaba ese pellizco en el estómago que anoche volví a sentir.

La película es, permítaseme un símil vulgar, como una cebolla, conjuntada genialmente con la superposición perfecta de distintas capas. Puedes quitar una, pero inmediatamente aparecerá otra detrás. El título tiene algo de sentido dentro del contexto de la trama, pero engaña. La película apenas tiene que ver con los perfumes femeninos. Tras éstos, se oculta un conflicto moral, el dilema ético de un joven estudiante cuyo futuro profesional se pone en juego dependiendo de si es fiel a la verdad y a su conciencia o se decanta por ser sumiso a una decisión radicalmente injusta y poder así continuar sus estudios. Tampoco ése es el núcleo de la película. Si ahondamos más, al fin alcanzamos el corazón del argumento. Más allá de lo anterior -importante pero secundario- se sitúa la búsqueda del sentido de la vida de un invidente amargado, y de la necesidad que todo ser humano tiene de “un Buen Samaritano” que le recoja del borde del camino y sane sus heridas. Ése es el punto mágico que hace una perfecta eclosión y alcanza su clímax al final del film.

En la película no escucharéis ni una sola vez pronunciar las palabras Dios, Cristianismo o Religión. Pero, aunque no lo parezca, todos ellos están agazapados y son los fines últimos del trasfondo del argumento, si bien aparentemente sean imperceptibles en la película. Dios está en todo lo humano, y esta película anda sobrada de humanidad. Frank Slade (Al Pacino) es el prototipo de una persona que ha triunfado en la vida, pero que llegado a un determinado punto de su existencia, cree que todo carece de sentido. La muerte se presenta como el único horizonte vital de su existencia. Charlie Simms (Chris O´Donell) va a convertirse en esa mano donde agarrarse cuando uno está con el agua al cuello, esa inesperada ayuda desinteresada que se ofrece para redimir al convicto de una existencia carente de ilusión por vivir. Llamadlo filantropía, pero para mí esa es la auténtica esencia del hombre religioso, lejos del cumplimiento -cumplo y miento- y preocupado de lleno por dotar a esta vida de un sentido profundo de la existencia.


Magistral, sublime, impactante, emotiva, tierna, sarcástica… todos los adjetivos quedan cortos para describir esta obra maestra del séptimo Arte. A Al Pacino le sirvió para ganar su primer Óscar. A mí, para reencontrarme con un Cine que transmite valores. Espero que a vosotros también. Y si no, al menos no tendréis la excusa con la que yo he comenzado estas líneas. Yo os la recomiendo, es de visión obligada, desde el primer hasta el último minuto os sumergirá en un gratificante baño de humanidad. Y no lo dudéis. Allí donde hay algo humano, detrás está indiscutiblemente la mano de Dios. Aunque a veces no se vea. Como en la vida misma.

3 comentarios :

Ignacio Mª Cladellas Miralles dijo...

Estoy completamente de acuerdo!!!

Anónimo dijo...

Hola Jaime
Juan Manuel

Totalmente de acuerdo contigo, sobretodo en tu última frase: "Allí donde hay algo humano, detrás está indiscutiblemente la mano de Dios"

Tan cierta como que si lo humanos no existieran, no existiría Dios.

Saludos

Jaime Salado de la Riva dijo...

Hola Juan Manuel.

Desde un punto de vista creyente, el axioma es justo el contrario:

"Si Dios no existiera, os humanos no existirían".

Evidentemente, en este caso, dos puntos de vista opuestos e irreconciliables.

Saludos