viernes, 27 de febrero de 2015

Confesiones de San Agustín

Durante estos días estoy leyendo el libro de las Confesiones de San Agustín.

Su título puede llevar a engaño, ya que en principio puede parecer que el libro es una "confesión" en la que San Agustín nos abre su alma y nos narra la cantidad y el modo de los pecados que cometió durante su vida previa al cristianismo, antes de su conversión a la fe. Algo de esto encierra el volumen, y es cierto que es una especie de autobiografía, pero el núcleo esencial es otro. Se trata, más bien, de una "confesión de fe", en la que el Santo de Hipona nos intenta acercar al Dios que ha descubierto en su madurez con el paso de los años y que ha cambiado radicalmente su existencia. 

Se trata, por ello, más de un tratado de espiritualidad casi mística que de unas memorias del Santo. Es un tratado filosófico-teológico, pero que no os asuste el nombre. Si os digo que son 13 libros compendiados, también os puedo desanimar, pero insisto en que no os abruméis, ya que la mayoría de ellos apenas si ocupan unas pocas páginas. Su lectura es muy asequible y divulgativa, especialmente si encontráis una buena traducción actualizada. Tengo que reconocer que hasta ahora no las había leído más que a trozos sueltos, pero que su lectura me está ayudando a intentar comprender un poco mejor al Dios cristiano a través de la experiencia vital de uno de los mayores Santos de la Historia.

Simplemente el comienzo ya es un clásico y una de las frases más utilizadas cuando se cita a San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti” (Conf. I,1,).

Así que mi consejo es que os animéis y lo leáis. Son muchas las cosas que se pueden leer en la oferta cultural de hoy en día, pero los clásicos siempre van a estar ahí. Os dejo dándoos el mismo sabio consejo que una vez me dieron a mi: "Lee mucho, pero comienza leyendo los libros importantes, ya que no podrás leerlos todos..."

sábado, 21 de febrero de 2015

La Cuaresma: Tiempo de conversión


"Conviértete y cree en el Evangelio", me dijeron el miércoles en el rito de la imposición de la Ceniza.

"Convertíos y creed en el Evangelio", nos dice Jesucristo al final del Evangelio de San Marcos de este domingo.

La doble llamada es muy clara y no deja lugar a la duda. Este tiempo que comenzamos hace unos días es un tiempo privilegiado para dejar atrás todo aquello que nos impide ser buenos cristianos y potenciar lo que nos acerca a Dios.

Para marcarnos el camino Jesucristo se retiró 40 días al desierto, lejos del mundanal ruido y del ambiente de pecado que comentamos la semana pasada. Nosotros no podremos hacer tanto, inmersos en nuestra sociedad del ruido, en nuestros trabajos y quehaceres diarios, pero sí podremos buscarnos pequeños oasis donde practicar el ayuno (no solo el de carne, sino el que se nos ocurra y nos suponga un sacrificio), la limosna y la oración. En el fondo y a pesar del cambio de escenario, la situación no será tan distinta a la del Maestro, ya que el evangelio de Marcos nos dice que al ser tentado Jesucristo en el desierto "vivía entre alimañas, y los ángeles le servían". Que también nosotros vivimos rodeados de alimañas en una jungla de cemento resulta a veces bastante evidente, de la misma manera que también encontramos ángeles=mensajeros de Dios que nos hacen la vida mucho más llevadera.

La cuaresma es, por lo tanto, un tiempo de combate, de "guerra" espiritual mucho más evidente y tangible para nuestros hermanos en la fe coptos, sirios y armenios que están siendo torturados y masacrados por el Estado Islámico ante la pasividad y la poca cobertura mediática de los gobiernos y los medios de comunicación europeos y occidentales, y en menor medida también por nuestro silencio cómplice. Mal va una sociedad esquizoide que se manifiesta multitudinariamente por el asesinato de seis dibujantes blasfemos y que mira hacia otro lado ante la misma acción sufrida por miles de cristianos anónimos. Que Dios perdone a quienes en su nombre cometen tales atrocidades, y que dé fuerzas a quienes están pasando y aún tienen que pasar por el suplicio del martirio. En la foto, los 21 mártires egipcios que fueron asesinados esta semana en Egipto, quienes desgraciadamente no serán ni las únicas ni las últimas víctimas de la barbarie que para muchos solo tuvo lugar en París ignorando lo que ocurre a diario en el resto del mundo.

domingo, 15 de febrero de 2015

Jesús, la enfermedad y el pecado

Las lecturas del domingo de hoy me parecen sencillamente geniales. Quien las haya ubicado de manera conjunta es precisamente eso, un gran genio conocedor de la Biblia como de la palma de su mano. 

En primer lugar, lo evidente es que la ley judía prohibía a nadie tocar a ningún leproso, ya que quien lo hiciera inmediatamente sería considerado impuro. Evidentemente Jesucristo para curar al leproso se salta olímpicamente esta ley del mismo modo que la del Sabbat o tantas otras. Pero más allá de este dato hay otro no tan evidente que merece mi consideración.

La primera lectura, del libro del Levítico, que nos narra el comportamiento que el pueblo judío debía tener hacia los que contraían la lepra -por aquel entonces considerada consecuencia del pecado y del castigo divino- termina con la siguiente frase amenazante:  "Mientras le dure la lepra seguirá impuro y vivirá solo, fuera del campamento"

El Evangelio de san Marcos, termina a su vez con los efectos de la curación del leproso por parte de Jesús: "De modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes."

He subrayado lo que a mi modo de ver es la clave de ambas lecturas. Mientras que en el Antiguo Testamento el leproso era condenado a abandonar la ciudad y vivir marginado (consecuencia lógica del miedo al contagio encubierto como un mandamiento divino) en el Nuevo Testamento se nos presenta a Jesucristo como el gran liberador de enfermos y pecadores, quien por solidaridad con ellos huye de las grandes ciudades, símbolo de la corrupción y del pecado del que precisamente pretendían quedar intactos. Los poderes civiles, militares, religiosos y económicos de hace 2.000 años, -y en gran parte los actuales- presentan una bonita fachada exterior (Jesucristo los llamará "sepulcros blanqueados") pero por dentro están podridos y llenos de muerte. No me parece casualidad tampoco que el nacimiento de Jesús tuviera lugar en un establo a las afueras de Belén y su muerte en el monte Gólgota, en los exteriores de la Ciudad Santa de Jerusalén. Tanta insistencia en que Jesucristo se queda al margen de las ciudades me parece un desmarque simbólico en toda regla de los centros de poder y decisión, de lo que a los ojos de este mundo es lo más importante pero que sin embargo a los ojos de Dios es el centro de los dominios del Maligno. Jesús viene a rescatar a los que se quedan fuera de las leyes judías (paganos, pecadores, prostitutas, recaudadores de impuestos, extranjeros, samaritanos...) y es condenado a muerte por las autoridades religiosas y civiles que actúan en nombre de Dios y del César. Los primeros son conscientes de que necesitan la conversión y el perdón de sus pecados, los segundos creen que son santos y puros, pero a pesar de actuar en nombre de Dios no hacen sino mostrar lo lejos que están de Él...

En fin, me parece una buena reflexión para abrir boca de la Cuaresma que este miércoles comenzaremos. En la medida en que nos sintamos pecadores, estaremos abiertos a la misericordia de Dios. El que se crea puro, allá él, le está cerrando de golpe la puerta al Dios que quiere salvarnos...

lunes, 2 de febrero de 2015

Almuerzo con Dios

Un niño pequeño quería conocer a Dios, por lo que decidió que tenía que salir de su casa en su búsqueda. Imaginó que tendría que hacer un largo viaje para llegar hasta la casa de Dios, así que hizo su maleta con dulces y refrescos, y empezó a caminar.

Cuando llevaba unas horas caminando, llegó a un parque y decidió hacer una pausa para descansar. Se sentó en un banco cerca de una mujer anciana que estaba contemplando unas palomas que revoloteaban a su alrededor.

El niño se sentó junto a ella y abrió su maleta. Sacó uno de sus refrescos, y cuando iba a dar su primer trago, se dio cuenta que la anciana parecía hambrienta, así que le ofreció un dulce.

Ella agradecida aceptó el dulce y sonrió al niño. Su sonrisa era muy bella, tanto que el niño quería verla de nuevo, así que le ofreció también uno de sus refrescos.

De nuevo ella le sonrió. ¡El niño estaba encantado!. Por ello decidió que seguiría con su búsqueda de Dios al día siguiente, y se quedó toda la tarde comiendo y sonriendo junto a la anciana, pero sin intercambiar una sola palabra con ella. Al oscurecer, el niño se levantó para irse, pero antes de emprender la marcha, dio vuelta atrás, corrió hacia la anciana y le dio un abrazo. Ella, después de abrazarlo le dedicó la  sonrisa más grande de su vida. Cuando el niño llegó a su casa, abrió la puerta. Su madre estaba sorprendida por la tardanza y por la cara de felicidad de su hijo.
Entonces le preguntó:
-Hijo, ¿Qué hiciste hoy que te hizo tan feliz?
El niño contestó:
-No estoy seguro, pero ¡creo que hoy almorcé con Dios!... Finalmente creo que lo encontré, aunque no era como yo esperaba...
Y antes de que su madre contestara algo, añadió: 
-¿Y sabes qué? ¡Tiene la sonrisa más hermosa que nunca he visto!

Mientras tanto, la anciana, también radiante de felicidad, regresó a su casa. Su hijo se quedó sorprendido por la expresión de paz en su cara, y preguntó:

-Mamá, ¿qué hiciste hoy que te ha puesto tan feliz? 
La anciana contestó:
-¡Comí con Dios en el parque!... 
Y antes de que su hijo respondiera, añadió:
-¿Y sabes? ¡Es más joven de lo que pensaba!

Esta historia resume perfectamente las palabras de Jesucristo en Mt. 25,40: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más humildes, a mí me lo hicisteis". El prójimo, que duda cabe, es el rostro visible del Dios invisible.