jueves, 26 de octubre de 2017

La felicidad

Hace unos días hablaba con varias personas acerca de la felicidad. Creo que no todo el mundo tiene claro el concepto de felicidad en la vida. En concreto una de ellas me decía que el dinero da la felicidad plena, justificándolo con que con ella podría comprar todo lo que quisiera, incluso a las personas. Creo que quienes piensan como él ya han sido totalmente absorbidos por la sociedad de consumo que cosifica al ser humano. Si hay personas que creen que el dinero da la felicidad es porque su confianza y el sentido de sus vidas están puestos únicamente en las cosas materiales. Desde ese prisma, por supuesto que el dinero da la felicidad. El dinero te da la posibilidad de consumir sin límites, una de las panaceas de la sociedad actual. A más dinero, más felicidad, y a mayor pobreza mayor desdicha. El anterior es un silogismo que puede entender hasta un niño de 5 años. 

Pero afortunadamente hay vida más allá de la sociedad de consumo. Si el sentido de la vida no lo ponemos en las cosas materiales sino en otros valores, la cosa cambia. La fe, el amor o la esperanza, por ejemplo, no se pueden comprar ni con todo el oro del mundo. Por ello las personas que tenemos  estas virtudes en cualquiera de sus grados somos los más afortunados sobre la Tierra, siempre y cuando las valoremos como lo que son, tesoros espirituales. 

A propósito de ello me acordé de una historia que leí hace ya muchos años de José Luis Martín Descalzo, quien en su libro “Razones para la Esperanza” escribía:

Cuentan que un joven paseaba una vez por una ciudad desconocida, cuando, de pronto, se encontró con un comercio sobre cuya marquesina se leía un extraño rótulo: «La Felicidad». Al entrar descubrió que, tras los mostradores, quienes despachaban eran ángeles. Y, medio asustado, se acercó a uno de ellos y le preguntó: «Por favor, ¿qué venden aquí ustedes?» 
«¿Aquí? —respondió en ángel—. Aquí vendemos absolutamente de todo». 
«¡Ah! — dijo asombrado el joven—. Sírvanme entonces el fin de todas las guerras del mundo; muchas toneladas de amor entre los hombres; un gran bidón de comprensión entre las familias; más tiempo de los padres para jugar con sus hijos...» 
Y así prosiguió hasta que el ángel, muy respetuoso, le cortó la palabra y le dijo: «Perdone usted, señor. Creo que no me he explicado bien. Aquí no vendemos frutos, sino semillas.»

En conclusión, la felicidad, como las virtudes, no son algo que se pueda comprar, sino que constituyen el objeto mismo de nuestra propia existencia. Cuanto más luches por la paz, la familia, el amor, la justicia... más feliz serás; no con la felicidad efímera que los bienes materiales producen, sino con una satisfacción interna que nadie nunca te podrá arrebatar. 

miércoles, 18 de octubre de 2017

Contact (EEUU, 1997)

No había visto esta película hasta hace unos días, y tengo que reconocer que me ha sorprendido gratamente. Esperaba ver algo de temática relativa a la Ciencia Ficción, pero Contact es mucho más que eso. Es de esas películas que al terminar de verlas te dejan un poso de reflexión, lo que como ya hemos comentado en otras ocasiones es una de mis debilidades.

A mi juicio la película presenta una reflexión completa sobre la fe en sus múltiples facetas. Fe en Dios, pero también fe en la Ciencia. Y fe en el progreso, fe en la humanidad, fe en lo que uno cree y realiza en el día a día. ¿Son complementarias estas fes? Todas ellas tienen algo en común. Para creer en Dios se necesita fe, pero también para que la Ciencia avance el científico necesita fe en su trabajo y en los postulados de sus colegas anteriores. La fe, la voluntad y la búsqueda honesta de la verdad caminan de la mano en la película y en la vida misma. 

Para ilustrar esta realidad la película muestra dos estereotipos de personas aparentemente opuestas pero que en el fondo no están tan lejanas en sus planteamientos. Más allá de que se enamoren y mantengan una relación romántica durante la película lo importante son los roles que desempeña cada una de ellas.

Por un lado, la protagonista, Eleanor Arroway (Jodie Foster), quien tras perder a sus padres siendo niña se declara atea y busca en la Ciencia y en una posible comunicación con otras civilizaciones extraterrestres el sentido a las preguntas trascendentales del ser humano: ¿Quiénes somos?, ¿De dónde venimos?, ¿A dónde vamos?. Su fe y su constancia hacen que dedique toda su existencia a esta labor, y cuándo finalmente tiene una experiencia paranormal, le resulta imposible describirla con palabras ni tiene pruebas para demostrarla, por lo que requiere a su vez de la fe de sus oyentes para no ser tenida por loca.

Por otro lado tenemos a Palmer Joss (Matthew McConaughey) como prototipo del creyente en Dios. Al hablar de su experiencia vital y de su "enamoramiento" de Dios, expone la fe y la vocación como un sentimiento imposible de explicar con palabras (semejante al de la Dra. Arroway) que condiciona toda la vida y la existencia de quien lo percibe. Quizás por haber tenido esta experiencia es finalmente uno de los pocos que creen en las revelaciones de Eleanor

Los encuentros y diálogos entre ambos son a mi juicio lo más interesante de la película, ya que ninguno de los dos intenta imponer su opinión sobre el otro y ambos respetan y se muestran comprensivos con la otra postura. La intolerancia hacia la religión o el fundamentalismo que se opone a la Ciencia desde la propia religión se reservan para personajes secundarios y sí son vistos de manera negativa. 

Por otro lado esta el tema de la posibilidad de la existencia de otras civilizaciones en otros planetas. Para avalar esta hipótesis, por tres veces (la Dra. Arroway, su padre y Joss) repiten la frase "si solo estamos nosotros… cuanto espacio desaprovechado.", que dicho sea de paso, era una de las frases favoritas de Carl Sagan, el inspirador de la película. La película se muestra partidaria de esta vida extraterrestre, pero deja abierta asimismo la posibilidad de la existencia de un Dios o Ser Supremo, con lo que finalmente ambos protagonistas ven avaladas sus posturas como juiciosas. Por todo ello me parece una película bastante interesante para una reflexión posterior.

jueves, 5 de octubre de 2017

Dios es grande, yo soy pequeña (Dieu est grand, je suis toute petite, Francia, 2001)

Ayer vi esta película francesa que la verdad me decepcionó bastante. Se trata de una comedia romántica con un argumento bastante sugerente pero que sin embargo se diluye como un azucarillo sin profundizar en ningún tema interesante.

El argumento, como digo, es de lo poco que se salva de la película. Una chica, Michele (Audrey Tatou) se encuentra en un momento psicológicamente bajo de su vida, y va tratando de encontrar consuelo en las diferentes religiones mayoritarias, pasando por el cristianismo, el budismo y finalmente el judaísmo. Su intención es la búsqueda de la felicidad y complacer a sus esporádicas parejas que apenas se muestran interesadas por la religión.

Con ello se realiza un recorrido por las distintas espiritualidades y por las relaciones humanas, pero como he adelantado previamente sin profundizar ni en una ni en otra. Van pasando los minutos y el film se convierte en una serie de situaciones más o menos cómicas en las que los protagonistas van actuando sin un hilo conductor suficiente. 

Los medios anticonceptivos, el aborto, el sentido de la vida, la muerte, los preceptos religiosos, el psicoanálisis, la instrucción en la fe, los rabinos o gurús, el sabath, ... muchos temas atrayentes van y vienen a lo largo del metraje pero uno termina el visionado del film con la sensación de que se ha perdido una magnífica ocasión para tocar con fundamento temas importantes.

Las comedias religiosas no abundan. Esta, desgraciadamente, pasará sin pena ni gloria, cuando -insisto- reunía un gran puñado de buenos requisitos para al menos haber resultado atrayente.