martes, 28 de noviembre de 2006

Huellas en la arena

Hoy os voy a contar un cuento. Con él, volvemos a reflexionar juntos sobre el sufrimiento del hombre y como Dios no nos deja nunca solos... Dice así:

"Una noche tuve un sueño... soñé que estaba caminando por la playa con el Señor y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida. Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena: unas eran las mías y las otras del Señor.

Cuando la última escena pasó delante nuestra, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena, y noté que muchas veces en el camino de mi vida quedaban sólo un par de pisadas en la arena. Noté también que eso sucedía en los momentos más difíciles de mi vida. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor:

- Señor, Tu me dijiste, a través de tu palabra, que siempre irías conmigo a lo largo del camino de mi vida. Sin embargo durante los peores momentos de mi existencia veo que hay en la arena sólo un par de pisadas. No comprendo porque Tú me abandonabas en las horas en que yo más te necesitaba-.
Entonces, Él, fijando en mí su bondadosa mirada me contestó:
- Mi querido hijo. Yo siempre te he amado y jamás te abandoné en los momentos más difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente en los momentos de tu vida donde te llevé en mis brazos-."

Me parece una preciosa reflexión de cómo, aunque en los momentos difíciles no vemos a Dios, sin lugar a dudas está ahí, sosteniéndonos y acompañándonos como el amigo que nunca falla.

lunes, 27 de noviembre de 2006

Oración al Cristo del Calvario

¡Qué gran suerte tenemos los cristianos! En efecto, a diferencia de toda otra religión (Judaísmo, Hinduísmo, Islam, Budismo...) nosotros no le rezamos a un ente abstracto, a un ser trascendente y lejano al hombre. También los cristianos creemos en ese ser creador y providente (el Padre de la Santísima Trinidad), pero lo que nos diferencia es nuestra fe en que ese Dios se ha hecho hombre, ha asumido nuestra condición humana. Por ello, nuestras oraciones suelen estar dirigidas por medio del Hijo (Jesucristo) o de la Santísima Virgen María.

Me parece que por eso la música, la pintura, la literatura, la escultura e incluso la arquitectura de inspiración cristianas son sin duda lo más sublime del arte. Veo difícil de igualar, por ejemplo (por el mismo orden que he citado las disciplinas) el Requiem de Mozart, los frescos de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, la obra de Santa Teresa de Ávila, la Macarena de Sevilla o cualquier Catedral del Medioevo. No son sólo expresiones artísticas, sino que condensan una fe y una mística difíciles de equiparar.

Hoy os presento una nueva oración, de Gabriela Mistral, que conjuga todos esos factores: fe, oración, mística, belleza literaria y capacidad de empatía con quien la lea:

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?
Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.
Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén.

Espero que os ayude a rezar, es un tratado completo del sufrimiento del hombre asumido desde la perspectiva de un Dios que se compadece (del latín cum-padecere= padecer con) del los hombres. Dios no es ajeno a nuestro sufrimiento, todo lo contrario: Él padeció por nosotros, para nosotros, antes que nosotros, y sin duda, más que nosotros.