Un blog de reflexiones religiosas y espirituales sobre la religión cristiana. Un recurso para niños de clases de Religión y Catequesis. Compartiendo la Palabra de Dios online
lunes, 9 de diciembre de 2024
La oración: una reflexión preciosa
lunes, 8 de mayo de 2023
El punto más espiritual de Roma
En los dos años que viví en Roma encontré un rinconcito al que cada vez que podía acudía sin dudarlo, ya que me sentía espiritualmente interpelado. En mis viajes posteriores, por muy apretada que tuviera mi agenda, siempre intentaba volver a ir a ese lugar y a ubicarme en ese punto exacto de una profundidad casi indescriptible. No es un lugar especialmente indicado para hacer oración, pues el bullicio del ir y venir de los turistas apenas lo permite. Sin embargo, como en muchos otros lugares de la ciudad eterna, es un lugar donde el arte y la espiritualidad se entremezclan hasta tal punto que es difícil distinguir dónde acaba uno y comienza el otro.
En la concurrida y bulliciosa Piazza del Popolo, hay dos templos que yo los llamaba siempre las Iglesias Gemelas, pues son prácticamente idénticas en sus fachadas: La Iglesia de Santa María de los Milagros y la Iglesia de Santa María en Montesanto. En el sentido diametralmente opuesto de la plaza está otra capilla muy pequeña, la Capilla "Cerasi", que alberga conjuntamente dos de los mejores cuadros de Caravaggio, y que a pesar de ser muy visitada, muchos otros turistas obvian la entrada por la premura de sus viajes y el priorizar otras maravillas del arte inabarcable de la capital trasalpina. A mí, personalmente, me parece que todo cristiano debería dedicar 10 minutillos de su vida (si tiene la suerte de estar en Roma) para la contemplación de estas obras pictóricas y la posterior reflexión espiritual. De los 26 cuadros de Caravaggio que hay en Roma, dos de ellos se encuentran en el mismo punto, a escasos metros de distancia el uno del otro. ¿Azar?, ¿Casualidad?, ¿Providencia?.... No lo sé, pero el mensaje de ambos lienzos no deben dejar indiferente ni al turista ni al creyente, como veremos a continuación...
Las dos obras en cuestión que se pueden contemplar en la mencionada capilla son "La Conversión de San Pablo" y "El Martirio de San Pedro". En un punto de la capilla te puedes poner en medio y tener contacto visual con ambos. Pedro y Pablo, Pablo y Pedro, el apóstol sobre el que Cristo edificó su Iglesia y el "apóstol de los paganos" frente a frente. Y los momentos reflejados de sus vidas no son tampoco cualquiera. La conversión de San Pablo marca el comienzo de su vida cristiana, de su vocación a ser enviado por Cristo a todas las naciones a anunciar el Evangelio. El martirio de San Pedro, por el contrario, marca el dolor, el sufrimiento y la terrible muerte que el primer Papa tuvo que sufrir para alcanzar la gloria. Nacimiento de la fe y el comienzo de una misión, por un lado y la conclusión de la vida y de la misión terrena por otro. Todo cristiano ha tenido un comienzo en su fe y algún día tendrá un final, por lo que a nadie deben dejar indiferentes estas escenas. Cierto que quizás no hayamos experimentado una conversión tan profunda como San Pablo (de perseguir y matar cristianos a convertirse en uno de ellos) y que seguramente no tendremos el final existencial de San Pedro (crucifixión y martirio), pero por simple analogía vital nuestra fe sí tuvo un comienzo y nuestra vida terrena también tendrá un final.
Os invito a que si tenéis oportunidad, os pongáis en ese punto de la tierra donde el nacimiento espiritual y la muerte testimonial se dan la mano. Mientras tanto, se pueden contemplar las dos imágenes que os pongo a continuación, y que si Dios quiere, espero poder algún día volver a ver en vivo.
sábado, 21 de diciembre de 2013
Reflexiones de Navidad
sábado, 26 de octubre de 2013
Conversaciones con Jesús
Esta conmovedora imagen del rodaje de La Pasión de Cristo
que el otro día encontré en una red social me impactó tanto que no podía dejar
pasar la oportunidad de realizar un post sobre ella.¿Y tú, si tuvieras esta oportunidad, de qué le hablarías...?
viernes, 30 de marzo de 2007
El Sermón de las 7 palabras (y VII)
Tus últimas palabras son de nuevo una oración al Padre. Todo está cumplido y le devuelves el Espíritu. Ese espíritu que es el hálito vital que te dio la primera respiración, la primera palabra, la primera sonrisa, el primer llanto. Pero también el Espíritu Santo que penetró ya el vientre de tu madre María. Ese Espíritu que te ha acompañado a lo largo de toda tu vida, que te hizo fuerte, sabio, paciente, misericordioso. El Espíritu que al tercer día te resucitará y que tu comunicarás a los apóstoles en el día de Pentecostés.
Tu te vas pero nos quedará tu Espíritu. No tu simple recuerdo, ni tu mensaje moral, sino la fuerza que cambió el mundo y que lo sigue transformando. El Espíritu que animó a los primeros cristianos a salir del anonimato de una pequeña provincia del Imperio y a convertir a ese mismo Imperio en apenas tres siglos al cristianismo. Aquellos que te han abandonado y negado van a dar sus vidas por ti. Y aquellos que han escuchado hablar de ti darán su vida a lo largo de los siglos. Es incontable el número de los mártires, de los santos, de los justos que entregaron su vida por ti. Todos ellos lo hicieron animados por tu Espíritu. Hoy no se habla de esto, pero ninguna institución de la historia puede presentar el currículum de santidad de la Iglesia. Ha tenido fallos y pecados, sí; pero su obra en la historia es lo mejor que le ha pasado al hombre. Quitad a la Iglesia de la sociedad y esta se autodestruirá en menos que canta un gallo.
Tu Espíritu nos acompaña, nos guía hasta el final de los tiempos. Nos hace hombres y mujeres de fe, de esperanza y de caridad. De fe en Dios, de caridad con el prójimo y de esperanza en que después de la tormenta viene la calma; después de la muerte siempre viene la resurrección. El cristiano sabe que ha vencido ya la última batalla. Y no la ha vencido él, sino que la has vencido tú por nosotros. Como nos dice San Pablo y repetimos en el pregón pascual, la muerte ha perdido su aguijón. ¿Qué sentido tendría la vida si todo terminara en la muerte?, ¿Para que servirían los buenos momentos y los sinsabores de la vida si todo se acabara como un sueño?
Tu nos has abierto las puertas del Paraíso, le has devuelto un sentido a nuestras vidas, nos has hecho inmortales para siempre. Gracias por dejarnos tu Espíritu que nos conduce hasta el final de nuestros días.
miércoles, 28 de marzo de 2007
El Sermón de las 7 palabras (VI)
De nuevo te diriges a tu Padre. Todo se va a acabar, aunque el final es sólo el principio de la salvación. Termina la crucifixión y pronto comenzará la novedad de la resurrección. Tú ya no puedes hacer nada más. Te has dado entero, como dice san Juan, nos amaste hasta el extremo. Ya no te queda más amor, ni más perdón, ni más sangre, ni más fuerzas. El tormento de la cruz está a punto de ganar aparentemente la batalla. Será sólo una victoria de tres días, hasta que el Padre de nuevo intervenga y ponga las cosas en su sitio. El mal vence siempre aparentemente, pero luego la justicia de Dios acaba siempre imponiéndose.
Dentro de unos minutos, la lanza de un soldado romano solo conseguirá vaciarte aún más si cabe de la poca sangre y agua que queda en tu cuerpo. De tu costado abierto brotarán los sacramentos, Bautismo y Eucaristía. Todo está cumplido. Ya no puedes hacer otra cosa que esperar a que los hombres se arrepientan de lo que han hecho y se enmienden en sus vidas. Muere Cristo y nace la Iglesia, la que a pesar de los pesares nos ha transmitido tu mensaje hasta nuestros días.
Todo está cumplido. Dios ya no puede dar más de sí. Ahora espera nuestra respuesta, nuestra adhesión a ese plan que quiere conquistar el mundo no desde la fuerza sino desde el amor; a ese Reino que se impone a base de ejércitos incontables, pero no de guerreros sino de santos. Sus armas no son fusiles y cañones, sino Paz, Amor, Fe y Esperanza. Todo esta cumplido por tu parte, pero ahora esperas que nosotros cumplamos con la nuestra…
Jesús, ¡Tú lo dejaste todo cumplido, que tu Pasión no sea en vano, que tú sangre derramada no sea estéril, recuérdanos cada día que ahora somos notros los que tenemos que poner de nuestra parte para que el Reino de Dios crezca!
martes, 27 de marzo de 2007
El Sermón de las 7 palabras (V)
Para cumplir las Escrituras pides un poco de agua. En lugar de ello te dan vinagre e hiel. La agonía se prolonga y los hombres van desfilando junto a la cruz. “Si ha salvado a otros, que se baje de la cruz y entonces creeremos en él”. De nuevo aparece Satanás, como en las tentaciones, pero esta vez con un rostro concreto. Cuantas veces nos reímos del indefenso, del que está clavado en la cruz, del que no puede defenderse… lo que no nos atrevemos a decirle a los poderosos de este mundo se lo decimos a los crucificados, a los que tienen las manos atadas y no pueden hacer nada… Que fácil es reírse del humillado, hacerse fuerte frente al abandonado y al frágil. Lo difícil es lo que tú haces, soportar con paciencia los insultos y las risas en vez de demostrar abiertamente tu divinidad… Al pie de la cruz se reparten tu túnica, se juegan a suertes la única posesión material que te queda… ya nos habías dicho que "el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza"… ahora solo te queda la cruz, a la que estás pegado y bien sujeto para que no huyas… El Dueño de toda la creación no tiene nada material, ni siquiera un poco de agua con el que saciar la angustia…
Tengo sed, dice el que había convertido el agua en vino en Caná. Cuanto daría él en ese momento por un poco de agua con el que refrescar la boca seca y el cuerpo deshidratado por tantas heridas… Para nosotros la sed hoy ya no es una necesidad primaria. Basta abrir un grifo o entrar en un bar y pedir un poco de agua o de cualquier otro líquido para calmarla. Y sin embargo, para un tercio del mundo el agua sigue siendo cuestión de vida o muerte. En muchos pueblos de África , Asia o Sudamérica no hay grifos, hay charcos llenos de agua enlodada que son un vivero de enfermedades mortales. También ellos tienen sed, y hambre, no solo física sino también hambre y sed de la justicia, como nos dijiste tú en las bienaventuranzas. Tu sed es la sed de los pobres de este mundo, de aquellos que sufren por una riqueza mal repartida, de aquellos que nacen condenados a morir en la más absoluta de las miserias por culpa de los caprichos de unos cuantos poderosos…
Señor, ¡haznos tener sed de ti, sed de la justicia infinita, sed espiritual que aparque nuestras a menudo ficticias sedes materiales…!














