Mostrando entradas con la etiqueta Poesía cristiana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía cristiana. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de mayo de 2023

El camino no elegido

Lo primero que hay que aclarar de este poema es que no se trata de "Poesía cristiana" como indica su etiqueta. Pero tenía que encuadrarlo en algún sitio y lo cierto es que me daba pereza comenzar un nuevo registro como "poemas que me emocionan" o "poemas para pensar"

Dicho esto, os presento este poema de Robert Frost de su colección "Un valle en las montañas" publicada por primera vez en 1916. Como toda buena poesía, es muy rica en simbología y tiene tantas lecturas como el intérprete de la misma le quiera dar. A mí personalmente me gustaría hacer un par de comentarios acerca de ella:

1. Sin intención de ser pedante, evidentemente no tiene ni comparación la versión original inglesa con la traducción española. Una vez mas se cumple aquel adagio italiano de "traduttore, traditore" (traductor, traidor). Por muy buena voluntad que se le ponga y mucho cariño con que se haga, el ritmo y la cadencia del original es insuperable. Ya sobre el título discrepo humildemente, pues no me parece que la traducción más correcta sea la convencional (el camino no elegido) sino la que os propongo abajo (el camino no tomado). Me parece que el poeta hace más hincapié en lo que dejamos atrás (el camino rechazado) que en la elección en sí. Al menos, esa es la impresión que a mí me deja la lectura del original. 

2. A pesar de esta dificultad idiomática, como toda gran poesía, habla de temas que llegan hasta el fondo del alma y con los que uno se identifica. En este caso, expone una bifurcación de caminos, esos momentos existenciales de duda que todas las personas nos encontramos varias veces a lo largo de nuestra existencia y en los que hay que tomar una decisión tras la que no hay marcha atrás. Evidentemente lo que el autor nos plasma no son caminos por los que pasear sino decisiones existenciales: ¿Qué carrera estudio?, ¿Será este el hombre/mujer de mi vida?, ¿Cambio este trabajo por otro?, ¿Debo cambiar de ciudad?... Son tantas las preguntas de este tipo que nos hacemos a lo largo de nuestras vidas que es imposible no sentirse identificado con lo escrito. 

Espero que lo disfrutéis tanto como yo. Para el autor -y creo que para todos- el camino menos transitado es el más apetecible, si bien la nostalgia y la duda se pueden agazapar a la vuelta de la esquina para rondar nuestras cabezas y ponernos dubitativos en los momentos menos pensados. Sentimientos como la nostalgia o la incertidumbre sobre los caminos que no exploramos debido a esas decisiones existenciales nos acompañarán hasta el día de nuestra muerte. 

Bien pensado, sin ser poesía específicamente cristiana, si se le puede buscar un matiz religioso...

          The Road Not Taken

Two roads diverged in a yellow wood,

And sorry I could not travel both
And be one traveler, long I stood
And looked down one as far as I could
To where it bent in the undergrowth;

Then took the other, as just as fair,
And having perhaps the better claim,
Because it was grassy and wanted wear;
Though as for that the passing there
Had worn them really about the same,

And both that morning equally lay
In leaves no step had trodden black.
Oh, I kept the first for another day!
Yet knowing how way leads on to way,
I doubted if I should ever come back.

I shall be telling this with a sigh
Somewhere ages and ages hence:
Two roads diverged in a wood, and I—
I took the one less traveled by,
And that has made all the difference.

              El camino no tomado


Dos caminos se abrían en un bosque amarillo,
y triste por no poder caminar por los dos,
y por ser un viajero tan solo, un largo rato
me detuve, y puse la vista en uno de ellos
hasta donde al torcer se perdía en la maleza.

Después pasé al siguiente, tan bueno como el otro,
posiblemente la elección más adecuada
pues lo cubría la hierba y pedía ser usado;
aunque hasta allí lo mismo a cada uno
los había gastado el pasar de la gente,

Y ambos por igual los cubría esa mañana
una capa de hojas que nadie había pisado.
¡Ah! ¡El primero dejé mejor para otro día!
Aunque tal y como un paso aventura el siguiente,
dudé si alguna vez volvería a aquel lugar.

Seguramente esto lo diré entre suspiros
en algún lugar dentro de años y años
dos caminos se abrían en un bosque, elegí…
elegí el menos transitado de ambos,
Y eso supuso toda la diferencia.

 

miércoles, 8 de julio de 2020

Sonetos a Cristo crucificado

Termino esta serie de tres entradas sobre sonetos a Cristo crucificado con dos más. Tras Lope de Vega y Quevedo, hoy os dejo uno anónimo (para mi gusto el más bonito de todos, aunque es una opinión personal) y otro de Luis de Góngora (1561-1627), el máximo exponente de la corriente literaria conocida más tarde como culteranismo o gongorismo.

Anónimo: 

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.


Góngora:

Pender de un leño, traspasado el pecho
y de espinas clavadas ambas sienes;
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho.

Pero más fue nacer en tanto estrecho
donde, para mostrar en nuestros bienes
a dónde bajas y de dónde vienes,
no quiere un portadillo tener techo.

No fue esta más hazaña, ¡oh gran Dios mío!,
del tiempo, por haber la helada ofensa
vencido en flaca edad, con pecho fuerte

—que más fue sudar sangre que haber frío—,
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre que de hombre a muerte.

miércoles, 1 de julio de 2020

Sonetos de Francisco de Quevedo a Cristo crucificado

Seguimos con la poesía cristiana, y más en concreto con los sonetos. En esta ocasión -y para empatar con Lope de Vega- os dejo hoy 4 sonetos más de Francisco de Quevedo (1580-1645), quien se trata sin duda de uno de los autores más destacados del siglo de Oro y de la literatura española, conocido especialmente por su obra poética, aunque también escribió narrativa, teatro y obras filosóficas.

Como anécdota de este autor se puede contar que se denunció a sí mismo a la Inquisición, por unos versos sin firmar escritos en su juventud que no eran muy ortodoxos y de los que estaban sacando rédito económico otros autores. 

Pues hoy derrama noche el sentimiento
por todo el cerco de la lumbre pura,
y amortecido el sol en sombra oscura,
da lágrimas al fuego, y voz al viento;

pues de la muerte el negro encerramiento
descubre con temblor la sepultura,
y el monte, que embaraza la llanura
del mar cercano, se divide atento,

de piedra es hombre duro, de diamante
tu corazón, pues muerte tan severa
no anega con tus ojos tu semblante.

Mas no es de piedra, no; que si lo fuera,
de lástima de ver a Dios amante,
entre las otras piedras se rompiera.



Mujer llama a su Madre cuando expira,
porque el nombre de madre regalado
no la añada un puñal, viendo clavado
a su Hijo, y de Dios, por quien suspira.

Crucificado en sus tormentos, mira
su Primo, a quien llamó siempre «el Amado»,
y el nombre de su Madre, que ha guardado,
se le dice con voz que el Cielo admira.

Eva, siendo mujer que no había sido
madre, su muerte ocasionó en pecado,
y en el árbol el leño a que está asido.

Y porque la mujer ha restaurado
lo que sólo mujer había perdido,
mujer la llama, y Madre la ha prestado.



¡Oh vista de ladrón bien desvelado,
pues estando en castigo tan severo
vio reino en el suplicio y el madero,
y rey en cuerpo herido y justiciado!

Pide que dél se acuerde el coronado
de espinas, luego que Pastor Cordero
entre en su reino, y deja el compañero
por seguir al que robo no ha pensado.

A su memoria se llegó, que infiere
con Dios su valimiento, porque vía
que por ella perdona a quien le hiere.

Sólo que dél se acuerde le pedía
cuando en su reino celestial se viere,
y ofreciósele Cristo el mismo día.



Adán en Paraíso, Vos en huerto;
él puesto en honra, Vos en agonía;
él duerme, y vela mal su compañía;
la vuestra duerme, Vos oráis despierto.

Él cometió el primero desconcierto,
Vos concertastes nuestro primer día;
cáliz bebéis, que vuestro Padre envía;
él come inobediencia, y vive muerto.

El sudor de su rostro le sustenta;
el del vuestro mantiene nuestra gloria:
suya la culpa fue, vuestra la afrenta.

Él dejó horror, y Vos dejáis memoria;
aquél fue engaño ciego, y ésta venta.
¡Cuán diferente nos dejáis la historia!

miércoles, 24 de junio de 2020

Sonetos a Cristo crucificado de Lope de Vega

Voy a iniciar una serie de entradas sobre poesía cristiana. Esta semana quiero compartir con vosotros estos cuatro sonetos de Lope de Vega (1562-1635) a Cristo crucificado. El soneto es una composición poética formada por catorce versos de arte mayor, generalmente endecasílabos, y rima consonante, que se distribuyen en dos cuartetos y dos tercetos. Lope de Vega, por su parte, es un autor en el que la poesía religiosa ocupa un lugar principal. Además de las Rimas sacras, los Pastores de Belén y los Soliloquios, Lope dejó escrita la epopeya hagiográfica más importante del Siglo de Oro: Isidro. Os dejo estos cuatro sonetos que además de su valor artístico sirven para la meditación y la oración:

Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño,
Tú que hiciste cayado de ese leño,
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguirte empeño,
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados,
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?




Con ánimo de hablarle en confianza
de su piedad entré en el templo un día,
donde Cristo en la cruz resplandecía
con el perdón que quien le mira alcanza.

Y aunque la fe, el amor y la esperanza
a la lengua pusieron osadía,
acordéme que fue por culpa mía,
y quisiera de mí tomar venganza.

Ya me volvía sin decirle nada,
y como vi la llaga del costado,
paróse el alma en lágrimas bañada:

Hablé, lloré y entré por aquel lado,
porque no tiene Dios puerta cerrada
al corazón contrito y humillado.



¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,
y cuántas con vergüenza he respondido,
desnudo como Adán, aunque vestido
de las hojas del árbol del pecado!

Seguí mil veces vuestro pie sagrado,
fácil de asir, en una cruz asido,
y atrás volví otras tantas, atrevido,
al mismo precio en que me habéis comprado.

Besos de paz os di para ofenderos,
pero si fugitivos de su dueño
hierran cuando los hallan los esclavos,

hoy que vuelvo con lágrimas a veros,
clavadme vos a vos en vuestro leño,
y tendréisme seguro con tres clavos.



Muere la vida, y vivo yo sin vida,
ofendiendo la vida de mi muerte,
sangre divina de las venas vierte,
y mi diamante su dureza olvida.

Está la majestad de Dios tendida
en una dura cruz, y yo de suerte
que soy de sus dolores el más fuerte,
y de su cuerpo la mayor herida.

¡Oh duro corazón de mármol frío!,
¿tiene tu Dios abierto el lado izquierdo,
y no te vuelves un copioso río?

Morir por él será divino acuerdo,
mas eres tú mi vida, Cristo mío,
y como no la tengo, no la pierdo.

domingo, 22 de marzo de 2015

Poema a Cristo crucificado

Cercana ya la Semana Santa, hoy quería compartir con vosotros este Poema al Cristo de la Buena Muerte de José María Pemán, gaditano de nacimiento y jerezano de adopción, quien por sus creencias religiosas y su posicionamiento político hoy se encuentra relegado al más oscuro de los ostracismos literarios, pero que sin embargo fue uno de los mejores poetas que ha dado esta bendita tierra de Andalucía.

Os dejo el texto, que aunque no se encuentra íntegro, debido a su larga extensión, no tiene desperdicio espiritual: 

¡Cuerpo llagado de amores!,
yo te adoro y yo te sigo;
yo, Señor de los señores,
quiero partir tus dolores
subiendo a la cruz contigo.

Quiero en la vida seguirte,
y por sus caminos irte
alabando y bendiciendo,
y bendecirte sufriendo,
y muriendo bendecirte.

Quiero, Señor, en tu encanto
tener mis sentidos presos,
y, unido a tu cuerpo santo,
mojar tu rostro con llanto,
secar tu llanto con besos.

Quiero, en santo desvarío,
besando tu rostro frío,
besando tu cuerpo inerte,
llamarte mil veces mío...
¡Cristo de la Buena Muerte!

Y Tú, Rey de las bondades,
que mueres por tu bondad
muéstrame con claridad
la Verdad de las verdades
que es sobre toda verdad.

Que mi alma, en Ti prisionera
vaya fuera de su centro
por la vida bullanguera;
que no le Lleguen adentro
las algazaras de fuera;

que no ame la poquedad
de cosas que, van y vienen;
que adore la austeridad
de estos sentires que tienen
sabores de eternidad;

que no turbe mi conciencia
la opinión del mundo necio;
que aprenda, Señor, la ciencia
de ver con indiferencia
la adulación y el desprecio;

que sienta una dulce herida
de ansia de amor desmedida;
que ame tu Ciencia y tu Luz;
que vaya, en fin, por la vida
como Tú estás en la Cruz:

de sangre los pies cubiertos,
llagadas de amor las manos,
los ojos al mundo muertos,
y los dos brazos abiertos
para todos mis hermanos.

Señor, aunque no merezco
que tu escuches mi quejido;
por la muerte que has sufrido,
escucha lo que te ofrezco
y escucha lo que te pido:

A ofrecerte, Señor, vengo
mi ser, mi vida, mi amor,
mi alegría, mi dolor;
cuanto puedo y cuanto tengo;
cuanto me has dado, Señor.

Y a cambio de esta alma llena
de amor que vengo a ofrecerte,
dame una vida serena
y una muerte santa y buena.
¡Cristo de la Buena Muerte!

sábado, 6 de octubre de 2012

La Fiesta (Juan Ramón Jiménez)

Intentar explicar una poesía es estropearla, así es que ni quiero ni debo hacerlo. Sólo voy a contextualizarla. Juan Ramón Jiménez nace en 1881 en Moguer (Huelva-España) y muere en 1958 en San Juan (Puerto Rico). Internacionalmente conocido por su obra “Platero y yo”, su poesía no es menos interesante que su prosa. Su juventud transcurre en Andalucía. Desde los 19 años es ingresado múltiples veces en su vida en psiquiátricos por tendencias depresivas. Tras su paso por Sevilla, Madrid y Burdeos, al estallar la Guerra Civil Española (1936) se traslada a Washington y posteriormente a Puerto Rico. Con un carácter nostálgico y siempre tendente a la depresión, recibe en 1956 el Premio Nobel de Literatura. Tres días después fallece su esposa, sumiéndolo en una tristeza de la que no conseguirá recuperarse. Fruto del cáncer y de la depresión, Juan Ramón Jiménez muere dos años después, siendo sus restos trasladados a España

No quiero ser pedante. Por ello, lo primero de lo que quiero dejar constancia es que no suelo ser hombre de poesía, soy más bien de prosa. El simbolismo y la alegoría casi siempre se escapan de mis sentidos sin dejar huella en ellos. Me inspira más una buena novela que un buen poemario, quizás por mi falta de preparación literaria o por mi poca afinidad con lo alegórico. 

Sin embargo, leyendo hoy estas líneas de Juan Ramón Jiménez, me he sentido plenamente identificado con su contenido, con su estilo y con su dramatismo. Al moverse en el terreno de la Filosofía y de la Teología, me he sentido más cómodo e interpelado. Además, al igual que yo, el poema es escueto y parco en palabras. Es difícil decir tanto y expresar tantos sentimientos con tan pocas palabras. Por eso me gusta tanto. 

El poema en cuestión se llama “La Fiesta” y dice así: 


Todos los días yo soy yo. 
Pero… ¡qué pocos días soy yo! 

Todos los días el cielo vive en mis ojos. 
Mas… ¿cuándo es Dios? 

Todos los días me hablas.
Y… ¡qué pocas veces oigo tu voz!