Hoy me gustaría comentar un versículo del Evangelio de
tremenda actualidad. Bueno, en realidad la actualidad de estas líneas, -como la
de toda la predicación de Jesús- no pasa nunca de moda. Pero si hay una época y
una sociedad apegadas a los bienes materiales y al dinero, ésa, queridos amigos
y amigas, ésa es nuestra sociedad. Además, el Evangelio de este domingo termina
con el versículo 13 del capitulo 16 de San Lucas, en el cual, Jesús (hace la
friolera de casi 2.000 años) nos dice:
"Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá
a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No
podéis servir a Dios y al Dinero.". Conocida es la enemistad de Jesús con el
dinero y su también famosísima cita: “Dad a Dios lo que es de Dios y al César
lo que es del César” (Mt. 22, 21) en alusión a la separación de las cosas de
Dios con los menesteres de los impuestos. Por si fuera poco, ayer, el Papa
Francisco, en su homilía diaria, definió al dinero aludiendo a los Santos Padres con una frase muy mediática: “El dinero es el excremento del diablo”.
No me voy a retrotraer tantos siglos (la Patrística se
encuadra en los siglos II-IV), pero de verdad que no he encontrado un mejor comentario,
ni una reflexión más al caso que la que os presento a continuación. Pertenece a
Giovanni Papini (1881-1956), el escritor y poeta italiano que pasó en su vida
personal del escepticismo al catolicismo fervoroso. Autor de una obra y unos
pensamientos políticos controvertidos y discutibles, me limito a transcribir un texto que casi un siglo después lo firmaría cualquier autor contemporáneo
independientemente de sus creencias religiosas y políticas. A mí sus palabras
me han cautivado, espero que a vosotros también:
“Jesús nunca tomó en sus manos una moneda. Dio orden a sus
discípulos de que durante sus viajes no llevasen talegos para las ofrendas.
Hizo una excepción única, pero de tal calidad que hace estremecerse. De un
inciso de un Evangelio nos enteramos de que la bolsa de la comunidad estaba a
cargo de uno de los apóstoles. Este discípulo era Judas. Sin embargo, hasta
Judas se creerá obligado a devolver el dinero de la traición antes de
desaparecer en la muerte. Judas es la victima misteriosa inmolada a la
maldición del dinero amonedado.
La moneda, junto con la suciedad de las manos que la han
asido y palpado, lleva consigo el contagio inexorable del crimen. Entre todas
las cosas inmundas que el hombre ha manufacturado para ensuciar la tierra y ensuciarse
él mismo, quizá sea la moneda la más inmunda de todas.
Estas fichas de metal acuñado, que van y vienen todos los
días de unas manos a otras, sucias de sudor y de sangre; estas fichas gastadas
por los dedos rapaces del ladrón, del mercader, del banquero, del alcahuete y
del avaro; estos esputos redondos y pringosos de las casas de moneda,
anhelados, buscados, robados, envidiados, amados por todos más que el amor y
con frecuencia más que la vida; estos asquerosos trocitos de materia historiada
que el asesino entrega al sicario, el usurero al hambriento, el enemigo al
traidor, el negociante al concesionario, el hereje al simoníaco, el lujurioso a
la mujer vendida y comprada; estos sucios y apestosos vehículos del mal, que
convencen al hijo de que mate al padre, a la esposa de que traicione al esposo,
al hermano de que defraude al hermano, al pobre malvado de que apuñale al rico
malvado, al criado de que engañe al amo, al salteador de que despoje al
caminante, al pueblo de que acometa a otro pueblo; estos dineros, estos
emblemas materiales de la materia son los objetos más pavorosos que ha
fabricado el hombre. La moneda, que ha hecho morir a tantos cuerpos, hace morir
también todos los días a millares de almas. Más contagiosa que los harapos de
un apestado, que el pus de una postilla, que la grumosidad de una cloaca, entra
en todas las casas, brilla encima de los bancos de los cambistas, se esconde en
las cajas de caudales, profana la almohada sobre la que dormimos, se esconde en
las tinieblas hediondas de los escondrijos, empuerca las manos inocentes de los
niños, tienta a las vírgenes, paga el trabajo del verdugo, circula sobre la faz
de la tierra excitando los odios, aguijoneando las apetencias, acelerando la
corrupción y la muerte.
El pan que es ya santo sobre la mesa de casa, conviértese
sobre la mesa de la Iglesia en el cuerpo inmortal de Cristo. También la moneda
es el signo visible de una transustanciación; es la hostia infame del demonio.
El dinero amonedado es el excremento corrompido del demonio. Quien ama el
dinero y lo recibe con júbilo, se comunica visiblemente con el demonio. Quien
toca el dinero con voluptuosidad, toca, sin saberlo, el excremento del demonio.
El hombre puro no puede tocarlo, el santo no puede
tolerarlo. Saben ellos con seguridad indudable que es la obscena esencia del
demonio, y sienten hacia la moneda el mismo horror que siente el rico por la
miseria.”
Yo la primera vez que lo leí tuve que releerlo un par de
veces más, como se hace con un exquisito manjar, que gusta ser paladeado varias
veces… Añadir una línea más sería estropearlo, no sobra ni falta una palabra.
Con que acierto y con que veracidad se describe uno de los inventos más
necesarios pero a la vez más perjudiciales de la vida de la humanidad: El vil
dinero. Grandes santos como Francisco de Asís, Felipe Neri, Juan
Grande, la Beata Teresa de Calcuta… supieron alejarse de él y vivir de la caridad. El Papa
Francisco ya nos ha dejado varias perlitas acerca del cuidado que hay que tener
con el materialismo y el consumismo. Es una tentación continuamente presente en la vida del ser humano y de la propia Iglesia.
En definitiva, y para resumir el texto en una palabra: sublime.