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viernes, 10 de agosto de 2012

Masacre en misa de 12

El domingo pasado fui a misa como todos los domingos. Llegamos casi una hora antes de comenzar, como hacemos siempre, para charlar un rato con los amigos. Las caras eran de preocupación, como en las últimas semanas. Pero en esta ocasión se podía cortar la tensión con un cuchillo. Casi todo el tiempo estuvimos comentando los últimos ataques en la zona. Más de seis en los que llevamos de año, con más de 1.200 cristianos muertos. Sidi, para cambiar el tema, nos contó que la semana anterior había estado en España, y que por fin pudo estar en una misa sin temor a que fuera asesinado. Dice que la misa no le gustó demasiado. No hubo cantos, ni bailes, y sólo había un niño con el que el sacerdote parecía estar incómodo cada vez que lloraba. La mayor parte de la gente era muy mayor, y más de uno bostezó durante una homilía bastante larga de un sacerdote anciano. La misa duró unos 45 minutos, y nos contaba Sidi que allí nadie parecía conocer a nadie. Cada uno estaba sentado en un banco distinto, y a la hora de dar la paz, nadie le besó ni le abrazó. Sus rostros no reflejaban alegría ni felicidad, le dio la sensación de haber asistido a un espectáculo monótono y rutinario. Él había llegado una hora antes, al igual que aquí, y a la salida se quedó en la puerta para conversar con los asistentes, como es costumbre en nuestra tierra. Dice que todos se fueron corriendo, casi sin despedirse, como si tuvieran cosas muy importantes que hacer, pero que una mujer se paró un momento, abrió su monedero y le dio un Euro porque debió confundirle con un mendigo. Trató de explicarle que él es un prestigioso cirujano cardiovascular, que había ido a visitar a unos familiares en Andalucía, pero la mujer se fue tan rápido que no pudo darle explicaciones. Nos reímos un rato con Sidi, que nos mostraba el Euro para certificar que su historia era verdadera. 

Las risas duraron poco, pronto volvimos a acordarnos que la situación era muy delicada. Algunos han dejado de venir a misa, aunque son los menos. Este domingo la misa era especial, con presencia de muchos jóvenes universitarios cristianos. En seguida comenzó la Eucaristía, y con ella, la tragedia. Estábamos apenas en la procesión de entrada. Las mujeres, con sus niños y jóvenes, entraban danzando y cantando mientras el sacerdote terminaba de revestirse. El ambiente era el habitual, de fiesta y alegría. Todo sucedió muy rápido, casi no puedo recordarlo, creo que mi memoria ya ha intentado borrarlo como si todo hubiera sido una horrible pesadilla. Oímos gritos en el fondo de la Iglesia, al principio casi imperceptibles por los cantos. Pero enseguida las mujeres dejaron de cantar. Ya sólo se oían los gritos. ¡Alá es grande, muerte al infiel!, ¡Alá es grande, muerte al infiel!. Se oyó una fuerte explosión, a la que siguieron varias ráfagas de ametralladoras, y luego, la histeria. Fui inmediatamente con Sidi a ver lo que había pasado. Íbamos de un lado para otro, tratando de contener hemorragias y de asegurarnos de que los supervivientes se fueran a la sacristía. Llantos, gritos de rabia, cuerpos mutilados y mucha sangre, es todo lo que puedo recordar. Los ojos tan abiertos e inexpresivos de muchos de nuestros amigos nos hacían temer lo peor. El recuento fue doloroso. 18 muertos y más de 50 heridos. Todos conocidos, todos amigos que simplemente querían celebrar pacíficamente su fe en un país donde oficialmente hay libertad religiosa. 

Igual de dolorosa fue la conversación que ayer tuve con Sidi. Dice que el domingo llamó para tranquilizar a sus familiares, pero que allí se sorprendieron y le dijeron que no sabían nada. La noticia no había sido dada en los telediarios, dicen que monopolizados por los resultados de los Juegos Olímpicos y de lo que ellos llaman “la crisis”. Para mí crisis es lo que vivimos aquí, en Nigeria. Matanzas continuas de cristianos mientras el gobierno musulmán mira para otro lado. Sidi, estaba muy enojado, indignado. Este domingo asegura que volverá a ir a misa, dice que a él no le importa morir por su fe. Pero me comentó que en la llamada telefónica le dijo a su sobrina Jasmine: “Vete el domingo a misa de 12, y si ves a alguien bostezar, le dices de mi parte que aquí no nos aburrimos en misa, sino que damos nuestra vida por ella. Y que, aunque no salgamos en los noticieros, nos están matando por el mero hecho de ser cristianos”. Yo también iré el domingo a misa, aunque no sé si será la última vez que lo haga. No es que piense abandonar, es que creo que volverán. La matanza ha quedado impune, y volverán a por nosotros. Cuando vea elevar el Cuerpo de Cristo recordaré los cuerpos inertes de mis 18 compañeros. De seguro ya están junto al Padre, ya que murieron como Él. Un escalofrío me recorrerá el cuerpo cuando piense que cualquiera de nosotros puede ser el siguiente en acudir a su encuentro.



martes, 3 de febrero de 2009

No fueron noticia

Del pasado 2008 se han reseñado bastantes noticias como las más llamativas. A la hora de hacer balance, muchos han sido los números con los que se han querido resumir ese año que se nos fue y nos dejó en la antesala de la crisis que estamos padeciendo cada día más acuciantemente. Sin embargo, hay un dato que ha pasado de puntillas, sin hacer ruido, sin ser noticia mediática, sino más bien lo contrario, un dato objetivo silenciado por aquellos que únicamente recurren a la Iglesia para reseñar algún escándalo o alguna metedura de pata episcopal con la que rellenar sus columnas insidiosas.

Es cierto que la noticia no es nueva (desgraciadamente sucede todos los años), pero sus protagonistas si tienen unos nombres y apellidos concretos. Me refiero a las veinte personas, que, únicamente por ser católicos, han muerto víctimas de la violencia y de la persecución religiosa. Y es que, más allá de la persecución religiosa que sufrimos soterradamente en nuestro país, otra más abierta y sanguinaria sigue diezmando el número de misioneros que año tras año entregan su vida por Cristo y por el Evangelio.

En el dossier anual "Fides", que publica la Congregación Vaticana para la Evangelización de los Pueblos, se nos señala la identidad y las circunstancias de los martirios de estos auténticos testigos del Reino de Dios.

Se trata de monseñor Paulos Faraj Rahho, arzobispo de Mosul (Irak), de dieciséis sacerdotes, un religioso y dos voluntarios laicos.

A esta lista provisional, habría que añadir "la nube de soldados desconocidos de la gran causa de Dios", según la expresión que acuñó hace unos años el Papa Juan Pablo II, de los que no se tiene noticia, y que en muchos rincones de la tierra sufren y pagan con su vida la fe en Cristo.

Algunos, como el padre Brian Thorp, asesinado en su parroquia de Lamu (Kenia), perdieron la vida en violentos intentos de robo, o perecieron al ser asaltados por las calles mientras ejercían su ministerio, quizás sólo para robarles el coche.

Otros fueron eliminados porque oponían con tenacidad el amor al odio, como el padre Bernard Digal, primer sacerdote católico muerto en la campaña de violencia anticristiana llevada a cabo por los extremistas hindúes en el Estado indio de Orissa.

También en India, en el Estado de Andhra Pradesh, fue asesinado el sacerdote carmelita Thomas Pandippallyil, mientras se trasladaba a una aldea para celebrar la santa Misa.
En algunos países, como en Venezuela y Colombia, la violencia y el drama de la pobreza están detrás de los asesinatos del padre Orellana Hidalgo, cuyo cadáver se encontró en su casa de Caracas, y del padre Jaime Ossa Toro, acuchillado en Medellín.

La pequeña comunidad católica de Nepal cuenta desde este año con su primer sacerdote asesinado, el padre salesiano Johnson Moyalan. Durante la noche, un grupo de hombres armados penetraron en la misión salesiana de Sirsia, a unos 15 kilómetros de la frontera entre India y Nepal, y mataron de varios disparos al misionero.

Otros fueron asesinados mientras rezaban, como el padre Reynaldo Roda, ejecutado a tiros en la capilla de una misión de Filipinas, donde instantes antes rezaba el Santo Rosario.

En Sri Lanka fue asesinado el padre Xavier Karunaratnam, desde siempre comprometido en dar asistencia psicológica a las víctimas del conflicto. En la martirizada República Democrática del Congo encontró la muerte también el voluntario laico Boduin Ntamenya, originario de Goma, muerto mientras realizaba su trabajo en una zona en conflicto.

Hay también víctimas de la locura homicida: es el caso de dos sacerdotes jesuitas, los padres Otto Messmer y Victor Betancourt, asesinados en su vivienda de Moscú por un psicópata.
S
on sólo algunos ejemplos de la violencia contra la fe que siguen regando de sangre esta tierra llena de injusticia y de crimen. Como consuelo nos queda el saber que ya estarán gozando de la gloria eterna, y el saber que el odio y el mal sólo triunfan aparentemente, ye que en palabras del Santo Padre Tertuliano: “Sanguinis martirum, semen Christianorum” (La sangre de los mártires es semilla de cristianos).
Descansen en paz, y su sangre derramada obtengan la conversión de sus enemigos.