sábado, 21 de abril de 2007

El niño tranquilo

He encontrado una nueva historia sobre la fe que creo que merece la pena que compartamos juntos. Dice así:

Cuentan que un hombre subió a un avión para viajar a Nueva York. padecía de ansiedad y le daba mucho miedo volar. Tomó varias pastillas relajantes y procuró descansar un poco. En esto un niño de unos 10 años entró buscando su asiento y se sentó justo a su lado. El niño era muy educado, lo saludó y se puso a colorear en su libro de pintar. El niño no presentó rasgos de ansiedad ni nerviosismo al despegar el avión. El vuelo no fue nada tranquilo, hubo varias tormentas y mucha turbulencia. En un momento dado hubo una sacudida muy fuerte en el avión, y aunque todos los pasajeros estaban muy nerviosos, el niño mantuvo su calma y serenidad en todo momento. ¿Cómo lo hacia?, ¿Porqué su calma? Se preguntaba aquel hombre. 
Ya al final del vuelo, intrigado, le preguntó: "Niño: ¿no has tenido miedo?". "No señor" - contestó el niño - y mirando su libro de pintar le dijo: "Mi padre es el piloto".

Esta historia me recuerda al Salmo 130, uno de los más cortos pero sin duda de los más bellos de la Biblia:

"Señor, mi corazón no es ambicioso
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad
sino que acallo y modero mis deseos
como un niño en brazos de su madre".

Hay tiempos en nuestra vida que los sucesos nos sacuden un poco y nos encontramos en turbulencia. No vemos terreno sólido y nuestros pies no pisan lugar seguro. No tenemos dónde agarrarnos, y no nos sentimos seguros. En esos momentos hay que recordar que nuestro Padre-Madre Celestial es nuestro piloto. A pesar de las circunstancias, nuestras vidas están puestas en el creador del cielo y la tierra.

Esa es la fe, la que nos alienta y nos da confianza en los momentos difíciles. Démosle gracias a Dios por la fe que nos ha regalado y pidámosle que nos la conserve y se la dé a aquellos que pasan por momentos de prueba...

lunes, 16 de abril de 2007

El alpinista

Al hilo del último evangelio dominical, el de las dudas de Santo Tomás, os presento hoy un cuento sobre la incredulidad en el hombre. Es sólo un cuento, pero refleja muy bien como los hombres nos aferramos a lo que vemos y no confiamos en lo que no vemos...

Cuentan que un alpinista, con el afán por conquistar una altísima montaña, inició su travesía después de años de preparación, pero quería la gloria solo para él, por lo que subió sin compañeros. Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo, y oscureció. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, la luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.

Subiendo por un acantilado, a solo unos pocos metros de la cima, se resbaló y se desplomó por el aire, cayendo a velocidad vertiginosa. El alpinista solo podía ver veloces manchas oscuras y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. Seguía cayendo... y en esos angustiantes momentos, le pasaron por su mente todos los episodios gratos y no tan gratos de su vida. Pensaba en la cercanía de la muerte, sin embargo, de repente, sintió el fortísimo tirón de la larga soga que lo amarraba de la cintura a las estacas clavadas en la roca de la montaña.

En ese momento, suspendido en el aire, gritó: "¡¡¡Ayúdame Dios mío!!!"

De repente, una voz grave y profunda de los cielos le contestó:

- "¿Qué quieres que haga?"

- "¡¡¡Sálvame Dios mío!!!" 

- "¿Realmente crees que te puedo salvar?"

- "Por supuesto, Señor"

- "Entonces corta la cuerda que te sostiene..."

Hubo un momento de silencio; pero el hombre se aferró más aún a la cuerda...

Cuenta el equipo de rescate, que al siguiente día encontraron a un alpinista colgando muerto, congelado, agarradas sus manos fuertemente a una cuerda... 

...A tan solo un metro del suelo...