sábado, 29 de agosto de 2015

Peregrinación a Roma (8)

Cristo Redentor de la
 fachada de San Pedro
Llevábamos ya una semana en Roma, pero todavía quedaba mucho por ver. Desgraciadamente la realidad se imponía y había que realizar muchos recortes en el ambicioso programa que llevábamos desde España

Por ser domingo sí realizamos una pequeña concesión al descanso, y dado que íbamos a ir a las 12:00 al Ángelus con el Papa tampoco había excesiva prisa, por lo que estiramos el despertar y el desayuno un poco más de lo habitual. Al finalizar el mismo volvimos a tomar el tren hacia San Pedro y en pocos minutos volvíamos a estar ya en la Plaza de San Pedro. Era la cuarta vez que íbamos en una semana y según el programa previsto, también la última. La oportunidad de ver al Papa en vivo era cuestión de minutos, y la sensación de vivir un momento importante en nuestras vidas volvía a hacerse presente una vez más.

Cúpula de San Pedro
 Hacía calor, pero afortunadamente no era excesivo. Eso sí, la plaza estaba llena de paraguas que protegían del sol a los turistas y peregrinos. Teníamos pensado comprar algunos recuerdos más que habían quedado en el tintero, así que fuimos a las calles adyacentes a la plaza para aprovisionarnos de nuevo. A las 11:30 volvimos a la Plaza, que a esa hora estaba mucho más concurrida que anteriormente, pero al ser solamente dos pudimos meternos entre los grupos de peregrinos y coger un sitio bastante bueno cerca del Obelisco para ver al Papa. La distancia era aún así considerable, pero una pantalla gigante ayuda a ver los gestos del Papa y no perder detalle. Al toque de las campanas de las 12 del mediodía hacía acto de presencia ante la primera ovación de la mañana. Tras unos breves saludos con la mano, dio comienzo al sencillo acto dominical.

Papa Francisco en la
Catequesis dominical
Como siempre comenzó con una pequeña catequesis sobre el Evangelio del día, en este caso la multiplicación de los panes y los peces. En voz queda le iba traduciendo a mi esposa sus palabras. En ellas instó a buscar el pan espiritual y no solo el pan material que se acaba. Habló del amor, del perdón y de la misericordia de Dios Padre que todo lo perdona provocando una mirada cómplice entre nosotros. Posteriormente saludó en varios idiomas a los grupos presentes, siendo respondido con vítores, aplausos y ovaciones. Finalmente, rezamos la oración a la Virgen, el Ángelus, para posteriormente retomar la palabra y desearnos buena estancia en Roma. Por unos minutos, la plaza se convirtió en un ir y venir de gente en todas direcciones, muchas de ellas con lágrimas en los ojos y notablemente emocionados. Nosotros no éramos ajenos a todo ello.

Curiosa imagen del Papa con
 avión al fondo de la imagen
Es el tercer Papa que tengo la suerte de haber conocido in situ y todos ellos han supuesto para mi una emoción diferente. Entre los años 1999-2001 tuve ocasión de comprobar la fortaleza interior de  Juan Pablo II ante su declive físico, en 2007 la pujanza de Benedicto XVI en su primer año de Pontificado y ahora al Papa Francisco con el soplo de aire fresco que ha traído a la Iglesia. En  los tres he sentido la presencia de hombres de Dios entregados a su misión, luchadores aferrados a sus convicciones que tienen que gobernar una barca que transporta a más de 1.000 millones de almas, lo que no es en absoluto tarea sencilla. Tratándose al mismo tiempo de la Institución religiosa más numerosa del mundo y de un Estado -con la burocracia y la Diplomacia que ello conlleva- nos podemos imaginar que sus vidas a menudo quedan aisladas en la soledad del poder y la incomprensión de quienes no manejamos sus mismos conocimientos ni sus mismas experiencias. Todo el mundo opina, todo el mundo critica... pero en última instancia solo a ellos corresponde la toma de decisiones, en algunas ocasiones, con miles de vidas en juego. Pienso ahora en los cristianos de Siria, de Irak, de Afghanistán, de China, de Cuba, del Congo... y en tantos países donde la fe cristiana aún está prohibida o se castiga con la pena de muerte a quien lo profesa. Ver al Papa te hace respirar la catolicidad de la Iglesia y hace que uno se sienta refugiado en el abrazo materno de la columnata de Bernini, que no hace distinción de raza, lengua, cultura o nacionalidad.

Estatua de Santiago -
 Jacobo - Jaime
En fin, con todos estos y muchos más pensamientos en mente nos volvimos al Hotel para almorzar algo de pasta y descansar antes de reemprender la marcha.

La ruta de la tarde también fue tranquila. El objetivo era revisitar de nuevo las plazas más significativas y recuperar alguna Iglesia de las que siempre encontrábamos cerrada. Al ser domingo había posibilidades de encontrarlas abiertas para el culto, como efectivamente así sucedió.Comenzamos de nuevo en Piazza Venezia y tomando Via del Corso llegamos hasta Piazza del Popolo. Unos metros antes de llegar a la misma se encuentra la Chiesa de San Giacomo in Augusta, mi santo patrón. Dentro de una fachada no excesivamente impactante nos encontramos una auténtica preciosidad, como casi todas las Iglesias de Roma.

Elefante obeliscóforo de Bernini
 Pasada la plaza llegamos a Santa María del Popolo, otra coqueta Iglesia que alberga en su interior dos de las más importantes obras de Caravaggio: La crucifixión de San Pedro y la Conversión de San Pablo. Por Via del Babuino volvimos a Piazza Spagna -pasando por la embajada de España- y a la Fontana de Trevi, donde lanzamos la habitual moneda con la esperanza de volver algún día a la Ciudad Eterna. A pesar de la restauración han dejado un hueco para lanzar las monedas, por lo que el simbólico acto pudo celebrarse. Volvimos a pasar por Santa María Sopraminerva para admirar el Obelisco del Elefante.

Pizzas y birras del Trastevere
Era momento de reponer fuerzas, así que nos desplazamos de nuevo al Trastevere a probar nuevas delicias culinarias romanas. Allí nos encontramos con nuestra rubia amiga Peroni, quien no quiso faltar un día más al encuentro. Alternamos las pizzas con los antipasti variados, dando buena cuenta de todos ellos. La jornada concluía con el ya consabido helado reparador de camino al Hotel.

Quedaban dos días más y había que aprovecharlos bien...

jueves, 27 de agosto de 2015

Peregrinación a Roma (7)

Cuenta el Génesis que el séptimo día -curiosamente como en nuestro viaje el sabbat-  Dios descansó... pero nosotros no. Entre otras cosas, porque teníamos dos visitas concertadas con antelación desde España y había que aprovecharlas, ya que ambas eran oportunidades excepcionales para enriquecer el viaje. Además así reivindicamos que el día de descanso cristiano es el domingo (el dominicus, día del Señor) y no el sábado.

Entrada a las catacumbas
de la Basílica de San Pedro
La primera de las visitas era un auténtico regalo de Dios. Unas semanas antes de la boda había escrito sin muchas esperanzas al Ufficio Scavi Vaticano para poder realizar la visita a la tumba de San Pedro, privilegio reservado a unas 100 personas al día, lo que da una idea de la dificultad de obtener el permiso. Desconozco si será la manera en que lo supliqué, el esfuerzo de escribir en italiano o pura casualidad, pero comoquiera que fuese, unos días antes de la boda recibí la confirmación de la posibilidad de la visita. La hora fijada era las 12:15 y la duración de la visita guiada de una hora.


Obelisco de la
Plaza de San Pedro
Por lo tanto, bien desayunados para no perder la costumbre, nos marchamos en el tren a la estación de San Pedro. Una vez allí -bien cogidos de la mano para no perdernos en esta ocasión- nos dirigimos a Soprani para comprar la primera tanda de souvenirs, en este caso religiosos. Para quien no lo conozca Soprani es como El Corte Inglés de los artículos religiosos, cestita de mano incluida. Medallas, llaveros, rosarios, estampas, bendiciones... el paraíso que te permite además tener la seguridad de que lo que buscas lo encuentras y no demasiado caro (Es sintomático que la palabra "barato" en italiano no existe, se sustituye por las expresiones que no necesitan traducción  "meno caro", "a buon mercato"...). Allí compramos un buen número de recuerdos al tiempo que curioseamos por toda la tienda para hacer tiempo para la visita.


Tumba de San Pedro
Realizadas las compras, a las 12 como un reloj suizo estábamos delante de la guardia del mismo país para entregar nuestras acreditaciones. Allí coincidimos con un grupo de 8 españoles más que habían tenido la misma suerte que nosotros. La visita en sí fue conmovedora por lo simbólico del lugar y por lo bien explicada que estuvo. La guía italiana que nos tocó tenía un castellano perfecto y vivía las explicaciones como si fuera la primera vez que lo hacía, no con la desidia que poco después nos tocaría sufrir. Moviéndonos por debajo de la Basílica peregrinamos por el cementerio pagano, el cementerio cristiano y finalmente, la que se cree que es la tumba de San Pedro. Para afirmar esto hay dos claros indicios: primero, la antigüedad de la tumba y de los restos óseos encontrados en ella, datados en el siglo I d.C. y segundo, que su posición localizada por GPS coincide exactamente con el centro de la cúpula diseñada por Miguel Ángel. La frase de Jesucristo "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" parece haber encontrado corroboración en las nuevas tecnologías. Al salir de la Basílica, dimos una nueva vuelta por las tres naves y nos dirigimos al Metro, para realizar la segunda visita del día.

Fresco de la Domus Aurea
La segunda reserva que habíamos realizado desde España gracias a Internet era la "Domus Aurea" (La casa de oro), el majestuoso palacio de Nerón situado a escasos metros del Coliseo. De la misma manera solo grupos de 15 personas pueden acceder a ella los sábados, ya que de lunes a viernes continúan los trabajos de excavación en todo el recinto y los domingos no abren. El megalómano césar Nerón se mandó construir la que cuentan que era la perla del Imperio Romano. Desgraciadamente, poco queda de aquello. La visita guiada apenas muestra largos corredores y múltiples salas desprovistas de toda ornamentación. Aquí fue encontrado el Laoconte que vimos en los Museos Vaticanos y muchas obras de arte más, pero nada de ello perdura en el recinto, que ha sido completamente expoliado a lo largo de los siglos. Apenas unos restos de frescos dejan entrever lo que debió ser algo espectacular, pero a mi sinceramente me dejó tibio.

Cata de restauración de las
paredes de la Domus Aurea
Pasábamos de una sala a otra con la esperanza de ver algo, pero cada sala superaba en soserío a la anterior. La guía, a diferencia de la anterior, tenía la sangre de horchata y más mala cara que Marco el día de la madre. La hora no ayudaba (las 14:30), pero se debería tirar de profesionalidad y ella no supo hacerlo. Nos contó, eso sí, que los trabajos de restauración siguen adelante y que se pretende devolver parte del esplendor del palacio en unos años. Yo hubiera dicho décadas para no engañar al personal, ya que como ella mismo dijo los trabajos son muy lentos y costosos.. Una hora más tarde, abandonamos el recinto y almorzamos (sí, pizza, para variar...) por los alrededores.

Vista de Roma desde el Hotel
La tarde fue una concesión a la vida social. Disfrutamos un poco de la alberca del hotel que a falta de espacio si proporcionaba unas vistas excelentes y nos arreglamos para ir a cenar con unos amigos de mis anteriores estancias en Roma, Cristina y sus hijos. Una pena que su marido Juan estuviera en España por cuestiones laborales para que el reencuentro hubiera sido completo. Fuimos en Autobús cerca de su casa, a Vía Gregorio VII, y allí nos llevaron al Risky Point, donde aunque su nombre anglosajón pueda sugerir otra cosa nos volvimos a atiborrar de pizzas, en esta ocasión acompañadas de unas deliciosas mozzarelline fritte y unas olive ascolane.

Tras una copita y un helado para celebrar el reencuentro y ponernos mutuamente al día dimos por concluida la jornada. Tras despedirnos de nuestra famigllia romana volvimos en autobús al Hotel y nos fuimos a descansar, que la jornada de nuevo, había sido pródiga en kilómetros andados y en sensaciones...

Poco a poco se iban desgranando los días, y el final comenzaba a vislumbrarse a la vuelta de la esquina...