lunes, 30 de octubre de 2023

El buscador

Hoy os presento este cuento de Jorge Bucay (ya os he compartido algunas de sus historias en otras entradas) que como casi siempre no deja indiferente al lector. El psicólogo y escritor argentino tiene la capacidad de explicar con palabras sencillas mensajes profundos y trascendentales, un poco al mismo estilo -salvando las distancias- con el que Jesucristo proponía sus parábolas.

El relato de hoy responde indirectamente a una pregunta que yo me he realizado varias veces a lo largo de mi existencia: Si supiera exactamente el día que me iba a morir, ¿A qué dedicaría el resto de mi vida..?. Bucay lo tiene claro: "a ser feliz". Yo añadiría también: "a hacer felices a los demás", pero esto es cosecha propia.

Sin más preámbulos, vamos con la historia, que te engancha desde el principio:

Un día, un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Había aprendido a hacer caso riguroso de estas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo. Así que lo dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó, a lo lejos, Kammir, Un poco antes de llegar al pueblo, le llamó mucho la atención una colina a la derecha del sendero. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadores. La rodeaba por completo una especie de pequeña valla de madera lustrada. Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en aquél lugar. El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de aquel paraíso multicolor. Sus ojos eran los de un buscador, y quizá por eso descubrió aquella inscripción sobre una de las piedras:

Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días.

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que aquella piedra no era simplemente una piedra: era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en aquel lugar. Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla. Decía:

Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas.

El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Aquel hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra era una tumba. Una por una, empezó a leer las lápidas. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años… Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó. Lo miró llorar durante un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

-No, por ningún familiar —dijo el buscador—. -¿Qué pasa en este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que les ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano sonrió y dijo:

– Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré…: “Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí, para que se la cuelgue al cuello. Es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:

A la izquierda, qué fue lo disfrutado.

A la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.

Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media…? Y después, la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso…¿Cuánto duró?, ¿El minuto y medio del beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana?, ¿Y el embarazo y el nacimiento del primer hijo…?, ¿Y la boda de los amigos?, ¿Y el viaje más deseado?, ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano?, ¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones?, ¿Horas?, ¿Días?... Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos… Cada momento cuenta.

Después, cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es para nosotros el único y verdadero tiempo vivido”.

Lo dicho, aunque el cuento peca un poco de hedonista y echo en falta algo de altruismo, el relato nos transmite una gran verdad. La mayor parte de nuestras vidas las malgastamos en cosas que ni nos llenan ni nos aportan una felicidad verdadera. El amor a los demás, la felicidad, el perdón, la familia, la verdadera amistad... En eso sí deberíamos emplear todos nuestros recursos, esfuerzos y nuestro tiempo. Todas estas facetas deberían estar apuntadas en nuestra libreta con un montón de horas empleadas. 

Termino esta breve reflexión con mi reconocimiento a Bucay por su constante originalidad y profundidad y mi deseo de que todos seamos capaces de irnos de este mundo con muchas horas acumuladas. Por cierto, el relato me ha recordado una frase que escuché un día y que también me impactó: "No vivas para contar días, sino para hacer que los días cuenten..."

lunes, 23 de octubre de 2023

Carta a Diogneto

Muchas veces he tenido la oportunidad de leer fragmentos de esta carta pero hasta ahora no se me había ocurrido compartirla y comentarla con vosotros. La Carta a Diogneto es un documento extenso (12 capítulos) del que aquí solo voy a comentar el 5 y el 6. Es una obra datada en el siglo II del que sin embargo no se tuvo constancia hasta que fue descubierta en el siglo XV. Fue muy curioso su descubrimiento, pues se hallaba escondida en una pescadería de Constantinopla, de ahí el dibujo que ilustra este post. No deja de ser simbólico, ya que uno de los primeros símbolos del cristianismo fue el pez, escrito en griego ἰχθύς, que es el acrónimo de ησοῦς Χριστὸς Θεοῦ Υἱὸς Σωτήρ, traducido como "Jesucristo Hijo de Dios Salvador". La epístola comienza con las palabras "Veo, excelentísimo Diogneto, que tienes gran interés en comprender la religión de los cristianos", las cuales dan nombre a la Carta. En el texto en cuestión que hoy os presento, se expone el estilo de vida de los cristianos, de una forma muy bella y casi poética. Merece la pena una lectura sosegada, reposada, ya que la carta en sí es casi una oración y una llamada a la santidad, una santidad que desconcierta al resto de habitantes de la sociedad. Creo que en ese sentido no ha perdido actualidad, ya que cuando el cristianismo es vivido con radicalidad suscita miles de interrogantes a su alrededor. Es algo más discutible el dualismo platónico alma-cuerpo que presenta el final de este capítulo, pero haciendo abstracción de la filosofía que subyace -no necesariamente cristiana- su mensaje sigue siendo igualmente bello. Sin más preámbulos, os la comparto para vuestro disfrute/oración:

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. 

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. 

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida.Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo.Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida.Los.judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. 

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres. 

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar.