La figura de David (con sus luces y sus sombras) emerge como el que se convertirá en uno de los grandes reyes de Israel, unificador del pueblo judío y conquistador de Jerusalén, su centro neurálgico y espiritual desde ese momento. La fidelidad de Dios y la debilidad -pecado- humana se entretejen para establecer un nuevo pacto en el que queda claro una vez más que solo Dios cumple su parte, siendo la monarquía una institución que sólo tiene éxito cuando se ejerce desde Yahvé y que fracasa cuando el rey toma sus decisiones al margen de los planes divinos.
Para escoger un versículo espiritual me he fijado especialmente en el capítulo 22, que tiene un claro paralelismo con el Salmo 18. El versículo en cuestión es el 31, que incide de nuevo en la idea de la fidelidad de Dios para quienes confían en Él:
2 Samuel 22,31:
"El camino de Dios es perfecto, la promesa del Señor es digna de confianza. El Señor es un escudo para los que se refugian en él"

