martes, 17 de septiembre de 2019

San Roberto Belarmino

La Iglesia hace hoy memoria de San Roberto Belarmino (1542-1621), miembro de la Compañía de Jesús (jesuita), obispo de Capua (Italia) y Doctor de la Iglesia. Desde pequeño destacó por su memoria y su sabiduría. Siendo el hijo de la hermana del Papa Marcelo II, renunció a todo poder entrando en la Compañía de Jesús, ya que por aquel entonces sus miembros no podían ser escogidos cardenales ni papas. Copio para la meditación cómo tomó esta decisión, todo un ejemplo de humildad y servicio:

De pronto, cuando más deseoso estaba de conseguir cargos honoríficos, me vino de repente a la memoria lo muy rápidamente que se pasan los honores de este mundo y la cuenta que todos vamos a tener que darle a Dios, y me propuse entrar de religioso, pero en una comunidad donde no fuera posible ser elegido obispo ni cardenal. Y esa comunidad era la de los padres jesuitas

lunes, 16 de septiembre de 2019

San Cornelio y San Cipriano

La Iglesia conmemora hoy a San Cornelio (+253), Papa; y a San Cipriano (+258), obispo de Cartago. Ambos fueron mártires durante las persecuciones de los emperadores Decio y Valeriano, respectivamente. San Cornelio combatió la herejía de los novacianos, que negaba la competencia de la Iglesia para perdonar pecados. San Cipriano, por su parte, fue uno de los impulsores del celibato y de la profundización en las Sagradas Escrituras. Copio para la meditación el acta del martirio de San Cipriano:

El juez: El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Qué respondes?
Cipriano: Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A El rezamos cada día los cristianos.
El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó al mártir: "¿Eres el responsable de toda esta gente?
Cipriano: Si, lo soy.
El juez: El emperador te ordena que ofrezcas sacrificios a los dioses.
Cipriano: No lo haré nunca.
El juez: Píensalo bien.
Cipriano: Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar.
El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia: "Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada".
Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: ¡Gracias sean dadas a Dios!
Toda la inmensa multitud gritaba: "Que nos maten también a nosotros, junto con él", y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio.
Al llegar al lugar donde lo iban a matar, Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias.
El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura.