domingo, 28 de julio de 2013

Prefiero el Paraíso (Preferisco il Paradiso, Italia, 2010)

Todavía no he digerido bien el accidente de tren que se ha cobrado 78 víctimas mortales en Santiago de Compostela. Tampoco estoy en disposición de valorar las JMJ que aún no han terminado. Por ambos motivos, y sin pretender ser monotemático, voy a comentar otra película que he visto por primera vez en estos días.

"Prefiero el Paraíso" es una producción televisiva de 200 minutos, adaptada al Cine (reducida a 126), que recrea la vida y milagros de San Felipe Neri (1515-1595), “Pippo el Bueno” o el “Segundo apóstol de Roma”. Dirigida por Giacomo Campiotti (embarcado antes en otros proyectos religiosos como María de Nazaret o Moscati: el médico de los pobres), el papel protagonista lo asume el contrastado Gigi Proietti, con una interpretación muy destacada. Esta producción italiana ensalza la figura de uno de los santos más famosos de la ciudad eterna, si bien no oculta las miserias y los entresijos de la propia Iglesia y del por aquella época convulso Estado Pontificio. San Felipe Neri, “El santo de los niños” o “El santo de la alegría” contrastaba en pleno siglo XVI con la imagen autoritaria y excesivamente rígida de los Papas y Cardenales de su época (El Cardenal Capurso es la viva imagen de la codicia y la envidia..). La historia no se debe cambiar ni manipular -aunque eso hoy esté de moda- ya que contar las cosas tal y como fueron concede credibilidad y fiabilidad, sin pretender por ello hacer juicios históricos, ya que las personas y las sociedades sólo tendrán un Juez Supremo. La vida de San Filippo Neri –como la de todos los santos- no fue nada sencilla, y encontró a menudo más trabas dentro de la Iglesia que fuera de ella.

La película comienza con su llegada a Roma procedente de Florencia. Como sacerdote ermitaño pretendía incorporarse a la Orden de los Jesuitas y marcharse a evangelizar a las Indias. Su propuesta es rechazada por Ignacio de Loyola –al frente de la nueva Orden- y decide instalarse en los suburbios de Roma. Allí encontrará sus propias “Indias”: un grupo de muchachos y muchachas -huérfanos o hijos de prostitutas- con quienes comienza a formar una comunidad u “Oratorio”. Tratar a todos por igual, dejar que niños y niñas sean educados juntos, confesar en medio del campo y no en los templos… va a comenzar a generarle la envidia y el recelo de los Cardenales y del mismo Papa (la familia Medici), inmersos en plena Contrarreforma y más preocupados de combatir la herejía que de anunciar el Evangelio. En su camino, Felipe Neri tiene que luchar más contra el sistema establecido -y contra las personas que no quieren que el sistema cambie- que contra la falta de fe o de compromiso de “sus” niños. Será espiado, analizado con lupa cuanto dice y hace, pero San Felipe Neri vivirá siempre desde la obediencia, la fe, la humildad y la paciencia, cualidades todas ellas que marcan la santidad.  Se le prohíbe confesar, se le pone a prueba, es traicionado… pero nunca se queja, ni una sola vez, nunca. A lo largo de la película va realizando diversos milagros que consiguen el cariño y el respeto incluso de sus máximos detractores. “Sed buenos, si podéis…” se convierte en la coletilla de a quien le resulta más fácil perdonar pecados que juzgarlos. Los personajes secundarios se van sucediendo entre el grupo de niños adoctrinado por Neri recibiendo una lección: Michele (superar sus miedos) Ippolita (igualdad de sexos), Pierotto (la humildad de servir, tremenda la escena donde Neri recrea la parábola del hijo pródigo), Aurelio (la codicia y la vanidad), Mezzapagnotta (el perdón de uno mismo), Alessandro (la aceptación de uno mismo). Mención aparte merecen dos personajes. Por un lado, el compañero de fatigas de Neri, el padre Persiano Rosa, que aporta un toque de humor al tiempo que protagoniza uno de lo milagros en vida del sacerdote: ser revivido unos minutos antes de su muerte para poder así confesar sus pecados y alcanzar el ansiado Paraíso. El segundo personaje que me gustaría destacar es Camilo, ya que me parece muy oportuna la introducción del personaje de San Camillo de Lellis, quien tras dedicarse a las armas se convirtió al cristianismo devoto y fue dirigido espiritualmente por Felipe Neri. En la serie no aparece todo este proceso pero entiendo que es él el aludido, si bien su conversión no llegó hasta los 31 años. 

La imagen que se transmite de la jerarquía no es demasiado positiva. Gregorio XIII sí sale bien parado, con un aspecto bonachón y entrañable, aunque rodeado de una curia que parece de todo menos espiritual. Peor parado sale Sixto V de quien si se dice que la cara es el reflejo del alma no se puede esperar nada positivo. Su semblante permanentemente enfadado y amargado se corrobora con sus palabras de lucha contra la herejía y la reforma. De nuevo sus colaboradores aparecen como sediciosos y preocupados de las cosas mundanas. 

Tras múltiples muestras de su valía como educador, como sacerdote y como fundador de esa nueva Congregación dedicada a los niños y jóvenes más necesitados, Gregorio XIII le propone ser Cardenal de la Iglesia Católica. Desde la humildad -no desde el rencor ni desde el desacato- la respuesta de San Felipe Neri (que pasó a la posteridad) lanzando el capelo cardenalicio al aire da nombre a la película: “¿Cardenal yo?... Lo siento, Su Santidad, pero… Prefiero el Paraíso”.

No desvelo ningún secreto, ya que es lógico: La película termina con la muerte de Felipe Neri, pero no una muerte triste, no una muerte que produzca llantos ni amarguras, sino una muerte alegre porque  todos los que lo rodeaban entendieron que era su momento de llegar al Paraíso que durante tantos años había predicado. Los niños juegan, cantan y bailan conscientes -o no- de que se iba un santo en vida, y que su testimonio quedaba para la eternidad. La cancioncilla "Preferisco el Paradiso" es pegadiza como ella sola y acompaña perfectamente el desarrollo de la acción junto al resto de la música de Marco Frisina. Neri sería posteriormente canonizado en Roma en 1622 por Gregorio XV

Ahora mi pena, mi queja o mi pataleta. Sé que estoy pesadito con el tema, pero… ¿No se puede hacer una película así en España para demostrar que también estamos orgullosos de nuestros santos?, ¿Qué tienen que envidiarle San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Ávila (por citar unos cuantos) a los santos de otros países?, ¿Cuánto tiempo habrá que esperar a que alguien haga una versión decente de alguno de ellos?...  Sí, lo sé, vosotros también lo estáis pensando… Son preguntas absurdas, quedan muchos filmes patéticos por hacer en nuestro país antes que contar la biografía de personas que han dedicado su vida a los demás... Lamentable.  

viernes, 19 de julio de 2013

Popieluszko. La libertad está en nosotros (Popieluszko. Wolnosc jest w nas, Polonia, 2009)

Es la segunda película polaca que veo en menos de una semana. No lo he hecho adrede, lo aseguro. Las dos de la misma temática, el martirio, pero con ejecutores diferentes. Si en el caso de Maximilian Kolbe su muerte vino de manos del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, en el caso de Jerzy Popieluszco (1947-1984) fue el régimen comunista de los años 80 en Polonia quien acabó violentamente con su vida.

Polonia es, sin lugar a dudas, uno de los países más castigados por los totalitarismos Europeos del siglo XX. Sin sucesión de continuidad, pasó de la invasión de las tropas alemanas antes de la Segunda Guerra Mundial a la invasión de las tropas soviéticas a la finalización de la misma. En ambos casos, la religión católica fue violentamente perseguida y muchos sacerdotes, religiosos y religiosas murieron en defensa de la libertad y de la verdad. Es paradójico, o mejor dicho muy sintomático, que en el país donde la fe estuvo perseguida durante sesenta años  sea hoy el bastión católico en Europa. La fe que es perseguida es purificada, mientras que la fe que se acomoda termina adormecida y moribunda, como por desgracia está sucediendo en nuestro país. El martirio siempre ha sido la mayor “propaganda” del cristianismo. A más persecución, más firme y arraigada es la fe de los que perseveran en la prueba. Haber tenido un Papa -santo- polaco ayuda, faltaría más, pero es increíble la devoción que ese país tiene por la fe católica y por su Virgen de Częstochowa. Si veis el Vaticano -en cualquier Ángelus de cualquier domingo- nunca falta una bandera polaca. Fijaos en las JMJ que comenzarán en breve, veréis cuantas banderas polacas han cruzado el charco para unirse al Papa Francisco.

La película, dirigida por otro director de nombre impronunciable (Rafal Wieczynski) es, en pocas palabras, magistral y una delicia. Un canto a la libertad de la conciencia y a la libertad de una nación. No se puede decir más claro ni dejar más en evidencia al régimen comunista pero sin un ápice de rencor hacia quienes eran a su vez víctimas y no verdugos del sistema. Es lo que más me ha gustado de este film: El Padre Popieluszko (Adam Woronowicz), siendo consciente de la cercanía de su muerte por sus constantes críticas al Partido Comunista, no juzga a sus ejecutores, sino al mal que se esconde detrás de una ideología perversa por esencia. Todo el aparato comunista queda caricaturizado como un títere, un pelele en el que se cumplen órdenes de superiores que están a la sombra mientras quienes dan la cara son pobres marionetas. A nivel de actuación destaca un cameo del Cardenal Jozef Glemp interpretándose a sí mismo.

Llama la atención, sobre todo aquí en España - o debería-, que gran parte de la acción sacerdotal del Padre Popieluszko fue en apoyo a la clase obrera, así como trabajar en la clandestinidad en favor del Sindicato Solidarnosc (Solidaridad). Apoyado en la sombra por el Papa Juan Pablo II y por sus superiores, centra sus homilías en la doctrina social de la Iglesia y en la defensa de los derechos de los trabajadores. En el régimen totalitario comunista estaban prohibidos los sindicatos -a excepción del oficial del partido, claro está- cosa que hoy habría que recordarle a más de uno de la izquierda que enarbola la bandera del sindicalismo unida a la de la hoz y el martillo. Las palabras del protagonista principal prediciendo su propio martirio estremecen: "Pueden golpearme, torturarme e incluso matarme. Entonces tendrán mi cadáver, pero no mi obediencia". Igualmente impactante es la escena en la que el sacerdote Jerzy sale de la sala del juicio y pronuncia esta rotunda frase: "Es el odio contra lo que yo lucho". Una lucha que solo enarbola las armas de la bondad, el perdón y el amor, los fundamentos del Evangelio de Jesucristo.

La película cuenta con el aval histórico de todos los personajes de la época, incluido el fundador del Sindicato Solidaridad  y presidente de Polonia (1990-1995), Lech Walesa. Igualmente entremezcla imágenes verdaderas del acoso al sacerdote, así como de su multitudinario funeral y de tres viajes de Juan Pablo II a Polonia, el último de ellos para rezar delante de la tumba de su compatriota. De entre todas las imágenes me ha impresionado y sobrecogido una vista aérea real de su funeral, al que acudieron 250.000 personas.

Gerzy Popieluszko fue beatificado por Benedicto XVI el 6 de junio de 2010 en una ceremonia celebrada en la Plaza Pilsudski de Varsovia, en presencia de su madre, Marianna Popiełuszka, quien había cumplido 100 años unos pocos días antes.

No sé si seguiré viendo cine polaco, me temo que no, ya que a España llegan pocas películas de ese país, pero a buen seguro lo que intentaré será seguir resistiéndome a ver cine español. Cada vez lo tengo más claro. Esta película es una clara muestra de que con pocos recursos y mucho talento se puede hacer buen cine. En España, desgraciadamente, tenemos justo lo contrario: poco talento y muchos recursos. Una verdadera lástima.