viernes, 30 de marzo de 2007

El Sermón de las 7 palabras (y VII)

7. Padre, a tus manos encomiendo mi Espíritu (Lc. 23,46)

Tus últimas palabras son de nuevo una oración al Padre. Todo está cumplido y le devuelves el Espíritu. Ese espíritu que es el hálito vital que te dio la primera respiración, la primera palabra, la primera sonrisa, el primer llanto. Pero también el Espíritu Santo que penetró ya el vientre de tu madre María. Ese Espíritu que te ha acompañado a lo largo de toda tu vida, que te hizo fuerte, sabio, paciente, misericordioso. El Espíritu que al tercer día te resucitará y que tu comunicarás a los apóstoles en el día de Pentecostés.

La vida esta a punto de agotarse. ¿Pasaría también por tu cabeza esa película que nos recuerda los momentos más importantes de nuestra vida? La respiración es cada vez más acelerada, los pulmones apenas pueden sostener ya el aire, el corazón no logra bombear con normalidad la poca sangre que te queda… Lo único que te queda es el Espíritu, y se lo das a tu Padre para que él te lo cuide unos días…
Ahora te espera un viaje de tres días, dicen que irás al infierno, a rescatar el alma de los justos encadenados al poder de la muerte… la muerte va a ser vencida definitivamente, la última batalla la vas a vencer tú, y te preparas para ello. A partir de hoy una espera, la espera tensa de la resurrección, de la justicia que te reivindica y te hace Señor del Tiempo y de la Historia.

Tu te vas pero nos quedará tu Espíritu. No tu simple recuerdo, ni tu mensaje moral, sino la fuerza que cambió el mundo y que lo sigue transformando. El Espíritu que animó a los primeros cristianos a salir del anonimato de una pequeña provincia del Imperio y a convertir a ese mismo Imperio en apenas tres siglos al cristianismo. Aquellos que te han abandonado y negado van a dar sus vidas por ti. Y aquellos que han escuchado hablar de ti darán su vida a lo largo de los siglos. Es incontable el número de los mártires, de los santos, de los justos que entregaron su vida por ti. Todos ellos lo hicieron animados por tu Espíritu. Hoy no se habla de esto, pero ninguna institución de la historia puede presentar el currículum de santidad de la Iglesia. Ha tenido fallos y pecados, sí; pero su obra en la historia es lo mejor que le ha pasado al hombre. Quitad a la Iglesia de la sociedad y esta se autodestruirá en menos que canta un gallo.

Tu Espíritu nos acompaña, nos guía hasta el final de los tiempos. Nos hace hombres y mujeres de fe, de esperanza y de caridad. De fe en Dios, de caridad con el prójimo y de esperanza en que después de la tormenta viene la calma; después de la muerte siempre viene la resurrección. El cristiano sabe que ha vencido ya la última batalla. Y no la ha vencido él, sino que la has vencido tú por nosotros. Como nos dice San Pablo y repetimos en el pregón pascual, la muerte ha perdido su aguijón. ¿Qué sentido tendría la vida si todo terminara en la muerte?, ¿Para que servirían los buenos momentos y los sinsabores de la vida si todo se acabara como un sueño?

Tu nos has abierto las puertas del Paraíso, le has devuelto un sentido a nuestras vidas, nos has hecho inmortales para siempre. Gracias por dejarnos tu Espíritu que nos conduce hasta el final de nuestros días.

Señor, ¡encomienda también a nuestras manos tu Espíritu, para que sea él y no nosotros quien gobierne nuestra vidas!



miércoles, 28 de marzo de 2007

El Sermón de las 7 palabras (VI)

6. Padre, todo está consumado (Jn. 19,30)

De nuevo te diriges a tu Padre. Todo se va a acabar, aunque el final es sólo el principio de la salvación. Termina la crucifixión y pronto comenzará la novedad de la resurrección. Tú ya no puedes hacer nada más. Te has dado entero, como dice san Juan, nos amaste hasta el extremo. Ya no te queda más amor, ni más perdón, ni más sangre, ni más fuerzas. El tormento de la cruz está a punto de ganar aparentemente la batalla. Será sólo una victoria de tres días, hasta que el Padre de nuevo intervenga y ponga las cosas en su sitio. El mal vence siempre aparentemente, pero luego la justicia de Dios acaba siempre imponiéndose.

Dentro de unos minutos, la lanza de un soldado romano solo conseguirá vaciarte aún más si cabe de la poca sangre y agua que queda en tu cuerpo. De tu costado abierto brotarán los sacramentos, Bautismo y Eucaristía. Todo está cumplido. Ya no puedes hacer otra cosa que esperar a que los hombres se arrepientan de lo que han hecho y se enmienden en sus vidas. Muere Cristo y nace la Iglesia, la que a pesar de los pesares nos ha transmitido tu mensaje hasta nuestros días.
Has vivido una vida intensa. Un nacimiento fuera de lo común para un Rey como tú. Una infancia y juventud de lo más normalitas, rodeadas del cariño de tus padres y de tus amigos. Una maduración que te ha hecho ver que eras distinto a los demás. Así te preparabas para darte a conocer. Y tres años intensos de predicación, de milagros, de parábolas, de curaciones, de amistades, aunque también de continuos enfrentamientos con las autoridades de este mundo que te han llevado al punto en que te encuentras ahora. Ser bueno en esta vida tiene sus problemas. Tú lo experimentas con la entrega de tu propia vida. No has hecho ni dicho nada malo, has ayudado a todo quien se ha cruzado en tu camino, has luchado contra el pecado en todas sus manifestaciones, pero te ha llevado a enfrentarte con intereses poderosos, con personas que no estaban dispuestas a cambiar su situación y te han llevado al patíbulo. Tú, en vez de llamar una legión de ángeles para que te ayudaran has preferido sufrir en silencio. Has comprendido que esa era la voluntad del Padre, una voluntad que no entiendes pero que aceptas. Ha sido una vida de continúa acción de gracias al Padre, una vida en la que nos has enseñado lo que significa verdaderamente ser hombre, cual es el secreto de la felicidad, de la tranquilidad de conciencia y de cumplir la voluntad de Dios. Ya Dios no tiene que decir nada más para nuestra salvación. Quien te ve a ti ve al Padre, tu eres el camino, la verdad y la vida, el Buen Pastor que da la vida por las ovejas, el Pan vivo que ha bajado del cielo.

Todo está cumplido. Dios ya no puede dar más de sí. Ahora espera nuestra respuesta, nuestra adhesión a ese plan que quiere conquistar el mundo no desde la fuerza sino desde el amor; a ese Reino que se impone a base de ejércitos incontables, pero no de guerreros sino de santos. Sus armas no son fusiles y cañones, sino Paz, Amor, Fe y Esperanza. Todo esta cumplido por tu parte, pero ahora esperas que nosotros cumplamos con la nuestra…

Jesús, ¡Tú lo dejaste todo cumplido, que tu Pasión no sea en vano, que tú sangre derramada no sea estéril, recuérdanos cada día que ahora somos notros los que tenemos que poner de nuestra parte para que el Reino de Dios crezca!