domingo, 22 de junio de 2014

El sentido de la vida

Rescato hoy una nueva historia que corre por la web como verídica. Ignoro si es real o no, lo cual para mi es secundario, ya que el mensaje que transmite sí que contiene verdades como puños. Cuando nos hablan de enfermedad, especialmente de esa palabra tabú y maldita "cáncer" a todos nos tocan la fibra sensible. La historia tiene como objetivo último transmitirnos que el fin de nuestras existencias es ontológicamente una apertura a la trascendencia. Personas que no han sido creyentes, que han pasado por la vida incluso haciendo alarde de su ateísmo, han tenido una experiencia de conversión y de acercamiento a Dios en el último momento de sus vidas.

De ello va esta historia. De vida y de muerte. O de muerte y de Vida Eterna. De la búsqueda de lo realmente importante en nuestras vidas. De como nuestra escala de valores y jerarquía cambiaría radicalmente si nos enfrentáramos cara a cara con "la hermana muerte", como la llamaba San Francico de Asís. 

Es un poco larga, pero os garantizo que merece la pena.


Hace algunos cursos, el primer día de colegio, estaba de pie observando a mis alumnos del Instituto mientras entraban al aula para nuestra primera clase de Religión. Ese fue el primer día que vi a Fernando.

No pude evitar fijarme especialmente en él. Sus manos se posaron sobre la larga melena rubia que caía sobre su espalda. Era la primera vez que veía a un joven con una melena tan larga. En el Colegio donde trabajaba anteriormente nadie se hubiera atrevido a llevarla.

Sé que no es lo que está sobre la cabeza lo que cuenta, sino lo que está dentro, pero desde aquel día etiqueté a Fernando con la “R” de raro… muy raro. Fernando, además, resultó ser el "ateo de la clase" en mi curso voluntario de Religión. Todavía hoy no me explico porque no escogió la alternativa, ya que hubiera sido lo más normal.

Objetaba constantemente sobre mis palabras, sonriendo sarcásticamente, o quejándose abiertamente ante la imposibilidad de un Dios Padre que nos ama incondicionalmente. Así y todo, vivimos en una paz relativa durante el curso, ya que en todo momento se mostraba relativamente respetuoso con mis palabras. Tengo que admitir que a veces sí llegaba a molestarme, pues me sacaba de mis esquemas preconcebidos y me obligaba a estar siempre a la defensiva.

Cuando al terminar el curso vino a entregar su examen final, me preguntó en un tono algo cínico, 

"¿Cree usted que alguna vez encontraré a Dios?"

"¡No!", le dije muy energicámente.

"¿Por qué no?", me respondió, "yo creía que ése era el producto que usted estaba vendiendo."

Dejé que estuviese a unos cinco pasos de la puerta del aula y alcé mi voz para decirle: 

"¡Fernando! Creo que tú nunca encontrarás a Dios... pero estoy absolutamente seguro de que Él sí te encontrará a ti."

Él se encogió de hombros y salió de mi clase y de mi vida, aparentemente para siempre.

Un tiempo después, a través de un compañero, me enteré que Fernando había terminado sus estudios universitarios en Filosofía y me alegré sinceramente. Desde entonces me habría gustado mantener una charla con él para cambiar impresiones, ya que nuestros debates en clase me habían dejado más huella de lo que yo imaginaba. Hice el propósito de llamarlo y quedar para tomar algo, pero siempre lo posponía y esa llamada nunca se produjo.

Un par de años más tarde, el mismo compañero que me había comentado el final de los estudios de Fernando me reveló una noticia mucho más dramática: A Fernando le acababan de detectar un cáncer terminal.

De nuevo, y con más firmeza, hice el propósito de verlo, pero antes de que esto sucediera, él vino a verme a mi.

Cuando entró en mi despacho tenía un aspecto muy demacrado y su larga melena había desaparecido debido a la quimioterapia. Pero sus ojos aún brillaban con fuerza y su voz tenía la misma firmeza que antes.

"Fernando, he pensado mucho en ti... oí que estás enfermo", le dije casi pidiéndole disculpas por no haber ido a verlo yo.

“Sí, muy enfermo", me respondió, "tengo cáncer en ambos pulmones. Es cuestión de semanas."

Su firmeza seguía llamándome la atención. Tras unos minutos de charla intrascendente, me decidí a profundizar en su interior “¿Puedo hacerte una pregunta, Fernando?", le dije.

"Por supuesto, he venido para hablar… ¿qué quiere saber?", me contestó.

"¿Qué se siente al tener solo 24 años y estar muriendo?", Aún sabiendo que la pregunta era directa, no quería andarme con rodeos.

"Bueno, podría ser peor.", me respondió.

"¿Peor?, ¿Peor, cómo qué?", le dije sorprendido por su respuesta.

"Bueno, como llegar a los cincuenta años sin tener valores o ideales; o llegar a los cincuenta creyendo que beber, seducir mujeres y hacer dinero son lo máximo de la vida. Esto te ayuda a relativizar muchas cosas y a valorar sólo lo realmente importante.” Me dijo mirándome fijamente a los ojos.

Aquello me dejo sin palabras. Después de un largo silencio continuó. 
"He venido a verle por algo que usted me dijo el último día de clase. Yo le pregunté si usted creía que yo llegaría alguna vez a encontrar a Dios. Usted me dijo que no, cosa que me sorprendió mucho. Entonces usted dijo: 'Pero Él te encontrará a ti'.
Aquel día me quedé pensando en eso, pero olvidé sus palabras hasta hace unos meses. Cuando los cirujanos me quitaron el tumor que tenía en la ingle y me dijeron que era maligno y que se había extendido por la metástasis, entonces fue cuando empecé a buscar seriamente a Dios. Y cuando notaba que el cáncer se extendía a mis órganos vitales, de verás que empecé a golpear fuertemente con mis puños las puertas del Cielo... pero Dios no salió. De hecho, no pasó nada.
Insistía e insistía, pero seguía sin noticias de Dios.
Finalmente, un día me desperté y en lugar de estar lanzando mis llamadas inútiles por encima de ese muro de ladrillos a un Dios que posiblemente no estuviera ahí, me rendí....
Decidí que en realidad no me importaba Dios, ni una vida después de la muerte, ni nada que se le pareciera. Decidí pasar el tiempo que me quedara haciendo algo más provechoso.
Pensé en usted y en su clase, y recordé otra cosa que usted nos había dicho: 'La mayor tristeza es pasarse la vida sin amar. Pero sería igualmente triste pasar por la vida e irse sin nunca haberle dicho a los que uno ama, que los ama´.
Y decidí abrirme a todas las personas que siempre habían estado cerca de mí. Fui llamándolas una a una, quedaba con ellos, les pedía perdón si les había dañado a lo largo de mi vida o escuchaba como ellos me lo pedían a mi cuando los muros que nos separaban se derrumbaban al oír mi enfermedad.
Entonces, sin buscarlo, fui encontrando la paz interior, ¡y me di cuenta de que ahí estaba Dios!
Ahora creo que entiendo el porqué… Dios no vino a mí cuando yo se lo rogaba, ya que me estaba portando como un entrenador de perros aguantando el aro para que saltaran: '¡Vamos, salta! Te doy tres días, tres semanas.' Dios no es un animal amaestrado que acude cuando se lo pedimos. Dios hace las cosas a Su manera y a Su hora. Pero lo importante es que Él estaba ahí. ¡Me había encontrado!
Usted tenía razón, me encontró aún después de que yo había dejado de buscarlo."

"Fernando", le dije casi sin aliento, "yo creo que estás diciendo algo muy importante y más universal de lo que tú te puedas imaginar. Por lo menos para mí, lo que estás diciendo es que la forma más segura de encontrar a Dios es la de no hacerlo una posesión particular, un solucionador de problemas, un consuelo instantáneo en tiempos de necesidad, sino abrirse al amor.
Sabes, el apóstol Juan dijo: Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él."

Tras despedirnos aquel día, le pedí que viniera a mi clase a contar su experiencia a mis nuevos alumnos, me llamó a los pocos días y me dijo que estaba preparado para la clase. Que quería hacer eso por Dios y por mí. Así que fijamos la fecha, pero Fernando no pudo llegar... Tenía una cita mucho más importante que la mía y mi clase.

Para mi su vida no terminó con la muerte. Sólo cambió. Dio el gran salto de la fe a la visión. Encontró una vida más hermosa que todo lo que haya podido ver el ojo humano o que el oído humano haya escuchado o que la mente del ser humano jamás se haya imaginado.

Antes de que muriera, hablamos una última vez.

"No voy a poder llegar a su clase", me dijo..
"Me lo imagino, Fernando."
"¿Les dirá usted algo por mí? ¿Le dirá... mi historia al mundo entero por mí?“
"Sí, Fernando, les hablaré. Les contaré tu historia. Lo haré todo lo mejor que pueda.."

1 comentario :

  1. Maria Fernanda Passos24 jun. 2014 11:28:00

    Amigo, la historia de Fernando es emocionante. Nos hace reflexionar mucho sobre Dios y el sentido de la vida. Considero muy importantes las reflexiones que has hecho con el, diciendole que "la forma mas segura de encontrar a Dios es la de no hacerlo una posesion particular, un solecionador de problemas, un consuelo instantaneo en tiempos de necesidad, sino abrirse al amor." Muchas veces en nuestra vida es lo que hacemos quando queremos solucionar algun problema grave. ...

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