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sábado, 1 de agosto de 2020

Homilía Domingo 18 Tiempo Ordinario Ciclo A

El estudio de la Biología afirma la existencia de dos grandes instintos en el ser humano: El instinto de supervivencia y el instinto de reproducción. 

Esto quiere decir que, aunque quizás no seamos conscientes, todo lo que hacemos durante nuestra vida tiene como fín último alcanzar esos dos objetivos. No morirnos y perpetuarnos.

Es decir, el ser humano ha sido creado para conservarse, bien sea en su propia persona (supervivencia), o bien en la de sus congéneres (reproducción)... o incluso en algo que le trascienda: Es esto lo que nos quiere decir el aforismo: "En la vida hay que hacer tres cosas: escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo".

Cualquier ideología o filosofía que no tuviese en cuenta estos dos instintos en el ser humano, habría de ser considerada como contra natura.

Así, por ejemplo, la Iglesia considera que alguien que ponga fin a su vida por medio del suicidio, no debe considerarse, meramente por ese acto, condenado, ya que haber perdido el instinto primario de conservación es algo patológico y no debe, por tanto, ser mensurable como una acción libre y consciente. 

Sabemos que esto no siempre fue así, y en tiempos no muy lejanos, esa misma Iglesia, no permitía el entierro de un suicidado en lugar sagrado, porque consideraba un gravísimo pecado mortal acabar con la vida propia... en las veces que he tenido que presidir un funeral de esas características, he afirmado en la homilía, para consuelo de las familias afectadas por un drama de esa envergadura, que el Amor de Dios es infinitamente más grande que la desesperación humana...

Volviendo al tema que nos ocupa, sería aberrante pretender construir una existencia humana, que no tuviera en cuenta estas necesidades instintivas del ser humano... Pero el ser humano, que es animal, pero es animal racional, no sólo puede, sino que debe, vivir por encima de esos instintos, evitando dejarse atrapar por sus más bajas pasiones.

El ser humano está capacitado para alcanzar su fin primario de conservación de una manera serena y pacífica. Y es que si dejara que estos instintos llevasen el mando de su vida y diera rienda suelta a sus deseos, haría verdad lo que Hobbes afirmó con su famosa sentencia: "el ser humano es un lobo para el hombre".

El Evangelio de este Domingo que nos relata el episodio de la multiplicación de los panes y los peces, es la propuesta de Dios para vivir una existencia auténticamente humana: Dios tiene en cuenta los instintos naturales del ser humano, pero los sublima y los orienta, reconduciéndolos para alcanzar una plena realización del ser humano.

La supervivencia y la reproducción solo tienen sentido plenamente humano cuando son enfocados desde la generosidad que es capaz de compartir incluso lo poco que se tiene, desde la certeza de que todo es regalo de Dios. Desde la fe en Cristo Jesús, la vida no es un "sálvese quién pueda", sino un "Dadles vosotros de comer".

La escena evangélica de este evocador milagro, ilumina nuestros instintos para que éstos, con la ayuda de Dios, nos hagan reflejos de Él, ya que por la fe, somos, no meros animales, más o menos racionales, sino seres humanos creados a su imagen y semejanza. Seres humanos capaces de seguir reproduciendo, aquí y ahora, ese mismo milagro de la multiplicación de los panes y los peces, en un mundo hambriento, más que nunca, de Dios y de sentido.


Luis Salado de la Riva


PD. Concluyo, ahora sí, esta serie de publicaciones y envíos que desde que comenzó este tiempo de pandemia he tratado de compartir con todos vosotros a quienes quiero y llevo en el corazón. En este mes de Agosto, trataremos de tener unos días de descanso, que aunque no me aparten de Dios, me llevarán a emprender tareas que no puedo hacer en otra época del año. Cuando volvamos en Septiembre y si Dios y la pandemia quieren, podamos retomar nuestra vida con "normalidad", os seguiré esperando en la Eucaristía de mi Parroquia de Santa María Madre de la Iglesia.

Un abrazo en el Señor a todos. Y que Dios os bendiga siempre.

sábado, 25 de julio de 2020

Homilía Domingo 17 Tiempo Ordinario Ciclo A

¿Quién no ha soñado alguna vez con que le pase lo que nos relata la lectura del Libro de los Reyes que le pasó a Salomón?: Todo un Dios diciéndote: "Pídeme lo que quieras". 

Te invito hoy a que antes de pensar o decir nada, dediques cinco minutos a meditar qué le habrías contestado a Dios. 

Piénsalo a fondo, porque no es una respuesta baladí, de la manera que respondas a esa cuestión te estarás radiografiando. 

En un porcentaje muy elevado, estoy seguro que muchos de nosotros, a bote pronto, pensaríamos en nosotros mismos y en nuestros seres queridos para que no nos/les faltase/n ninguna de las necesidades básicas que este mundo nos ofrece: salud, sustento económico, descanso, placer, poder...

La primera lectura nos relata lo que contestó Salomón a esa propuesta. 

Quizás, sin haber tenido la suerte de haber conocido el Evangelio, captó de una manera prodigiosa que Dios es un tesoro escondido, y que por encima de las "necesidades" de este mundo, hay algo o Alguien que sí que es verdaderamente imprescindible para nuestras vidas.

O dicho en palabras de San Pablo: "A nada le concedo valor, si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a Él". (Flp 3, 8).

Si estamos convencidos de que, aunque sea un tesoro escondido, no hay valor mayor que poseer a Cristo... si estás en Misa este Domingo... e incluso a punto de recibirlo en Sagrada Comunión... a lo mejor va a resultar que esa propuesta que recibió Salomón, y que tanto él como San Pablo hicieron vida, no está tan lejana a la que hoy Dios te propone:

"Pídeme lo que quieras... si me eliges, te resuelvo la vida". 

Luis Salado de la Riva

domingo, 19 de julio de 2020

Homilía Domingo XVI Tiempo Ordinario (Ciclo A )

"Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?".

¡Cuántas veces en nuestra oración hemos podido repetir a Dios esa pregunta, incluso en forma de reproche, porque no nos parece razonable que si Dios es Bueno y Omnipotente, el bien tenga que coexistir junto al mal!

En el fondo, la liturgia de la Palabra de este Domingo nos presenta la eterna pregunta sobre el misterio del mal, y sus consecuencias: el dolor, la enfermedad, la muerte... ¿Por qué Dios no acaba de un plumazo con toda esa cizaña?. 

Una pregunta tan antigua como el ser humano. Ya Epicureo, en la Grecia clásica, formulaba el problema así:

"¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz?: Entonces no es omnipotente.
¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo.
¿Es capaz y desea hacerlo?... ¿De dónde surge entonces el mal?
¿Es que no es capaz ni desea hacerlo?... ¿Entonces por qué llamarlo Dios?"

Lo primero que nos tiene que quedar claro es que el mal no proviene de Dios. La cizaña ha sido sembrada en medio del trigo por medio de un enemigo. No es Dios quien la ha sembrado. Lo dice Cristo en el Evangelio de hoy: "Un enemigo lo ha hecho".

Por tanto, ante esas personas que siguen pensando que Dios es un ogro justiciero que envía el mal como castigo por la desobediencia a su voluntad, convendría repetirles con fuerza y convicción el Salmo responsorial que se recita hoy, el salmo 85:
"Tú, Señor, eres bueno y clemente, lento a la cólera y rico en piedad".

Pero ... ¿Y la Omnipotencia?... Puede que sea verdad que Dios es bueno...dirán algunos... pero si quiere quitar el mal porque es bueno, pero no puede... ¿por qué seguir llamándolo Dios Omnipotente?.

La primera lectura nos afirma que Dios es todopoderoso y por eso mismo nos gobierna con indulgencia. El poder de Dios, su Omnipotencia, se manifiesta en su capacidad para perdonar y dar la vida. O, como dice la segunda lectura, "el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad e intercede por nosotros con gemidos inefables". 

Es decir, el poder de Dios está de nuestro lado, está de lado de la vida y del bien y no dejará que la cizaña se salga con la suya. El poder de Dios nos sostiene, y aunque permite que la cizaña crezca junto con el trigo, eso no le quita a Él ni un ápice de Omnipotencia. Ese es el Dios que la Iglesia proclama, y no el temible ogro artífice de castigos, condenas y venganzas.

Pero... Aunque tengamos claro que Dios es misericordioso y en que su Omnipotencia está con nosotros en medio de nuestras luchas y circunstancias adversas, ... ¿No sería mejor que en vez de darnos apoyo y fortaleza quitase de un plumazo la causa de nuestros suplicios?

Para poder entender este misterio, permitirme que haga uso de uno de los cuentos que a mi me encantan, y es que a veces un cuento ilustra más que un manual enciclopédico:

"Un día, en una pequeña abertura de un capullo apareció la cabeza de una oruga; un hombre se sentó a observar a aquella oruga y sus infructuosos esfuerzos por salir de aquel capullo. Tanta pena le dió aquella angustiosa escena, que nuestro hombre, que tenía muy buen corazón, decidió ayudar a la oruga y agrandó el agujero con unas tijeritas. La mariposa entonces salió sin dificultad.
Pero su cuerpo estaba débil, las alas no estaban desarrolladas y las patitas no la sostenían.
El hombre continuó observándola esperando que en cualquier momento se lanzara a caminar y emprendería el vuelo a través de las flores.
Pero nada de eso sucedió.
La mariposa pasó toda la vida arrastrándose por el suelo. Fue incapaz de elevar el vuelo".

Lo que aquel buen hombre no entendió, es que, la mariposa al hacer un gran esfuerzo para atravesar el pequeño agujero, extendía unos jugos vitales por todo su cuerpo que se iban distribuyendo y extendiendo, hasta llegar a sus alas, que fortalecidas, le capacitaban para volar. Al salir del agujero sin ese esfuerzo, las alas no recibieron la sustancia necesaria y fueron incapaces de batir con fuerza para remontar el vuelo. Un "bien" (agrandar el agujero), se torno en un mal... porque un mal (el suplicio de salir de un estrecho agujero), se habría convertido en un bien.

Y es que algunas veces, muchas veces, necesitamos el esfuerzo y la dificultad en nuestra vida.. necesitamos que la cizaña crezca junto al trigo, y que esa cizaña nos espolee, madure y fortalezca.
Si Dios nos permitiera pasar por nuestras vidas sin obstáculos, quedaríamos débiles. No llegaríamos a ser lo que verdaderamente estamos llamados a ser, ni adquirir la plenitud que estamos llamados a alcanzar.

Por lo que me atrevo a terminar con esta oración que en momentos delicados de mi vida me dio luz para entender el por qué del sufrimiento y del aparente silencio de Dios:

"Pedí a Dios fuerza para grandes logros... me hizo débil para que aprendiera humildemente a obedecer

Pedí a Dios riquezas para poder ser feliz... me dió pobreza para poder ser sabio

Pedí a Dios poder para obtener alabanzas de los hombres... me dió debilidad para sentir la necesidad de Dios.

Pedí a Dios de todo para disfrutar de la vida... me concedió la vida para poder disfrutar de todo lo que Él me ha dado.

No recibí nada de lo que pedí, pero me fué otorgado todo lo que necesité, y me fueron concedidas todas las peticiones que no hice.

Y soy entre todos, una persona afortunada...

¡Bendita cizaña que me hizo experimentar la grandeza de Dios!

Luis Salado de la Riva

sábado, 11 de julio de 2020

Domingo XV Tiempo Ordinario Ciclo A

"La Palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos; penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón". (Hb 4, 12)

La Palabra de Dios es viva y eficaz, tiene poder para transformar la vida de una persona,... sin embargo, es relativamente frecuente escuchar en la confesión o en el acompañamiento espiritual, (ambas prácticas cada vez más abandonadas) que alguien se queje amargamente de vivir una fe anodina y estancada. Hay fe, incluso fervor,... pero no hay progresión. Siempre los mismos pecados, los mismos miedos, y por tanto, las mismas caídas y las mismas parálisis. 

En juego está, no el poder transformante de Dios y su Palabra, sino la recepción que se hace de ella.

El Evangelio de este Domingo nos propone revisar tres actitudes para con la Palabra de Dios, que llevan a esta esterilización de su fuerza y al consiguiente desencanto de quién la escucha.

1. - "Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino". 

De nada sirve escuchar la Palabra de Dios, si no se entiende. Entender la Palabra de Dios requiere, además de atención y concentración, estudio. Y estudio a fondo: Familiarizarse con ella. Ser un experto en Sagradas Escrituras que aunque nunca estudió en una Universidad, tiene los Evangelios o la Biblia de casa muy manoseados... 

Así mismo, la Palabra de Dios requiere capacidad de asombro y sorpresa: Hay que leerla desde la certeza de que esa Palabra, aunque quizás haya sido leída muchas veces, es siempre nueva, y ha sido escrita para mí, aquí y ahora. 

2.- "Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe".

De nada sirve escuchar la Palabra de Dios si no se interioriza. Si no se medita. Si no se reza. Si no se hace propia delante de Dios.

La Palabra de Dios requiere silencio, pausa, oración... Aparcar las prisas internas y saborear lo que Dios dice. Meditarlo. Rezarlo.

Si no profundizamos en la Palabra, convertimos nuestra vida cristiana en fuegos artificiales ... después de la traca no hay nada... sólo humo. Hay tantos cristianos en los que en su vida hay sólo humo... quizás comenzaron leyendo con fe, pero con prisas, la Palabra de Dios.

3.- "Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril". 

De nada sirve la escucha de la Palabra de Dios, si no se le da la máxima importancia. Si se escucha la Palabra de Dios como una palabra más entre muchas otras. La Palabra de Dios ha de ser central y desde ella hay que darle sentido a todo. La Palabra de Dios tiene que tener la máxima influencia en nosotros. Y ha de ser respetada y obedecida. 

La Palabra de Dios no puede coincidir siempre con mis criterios. Seria una mala señal: Si la Palabra de Dios no me desinstala, puede que más que escuchar la Palabra de Dios me esté escuchando a mi mismo.

En resumen: estudia, medita y obedece... La Palabra de Dios se encargará del resto: Transformar tu vida.

Luis Salado de la Riva


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Anexo: La Lectio divina

Lectio Divina (en latín: lectura divina, ‘lectura orante’) es una metodología de reflexión y oración de un texto bíblico utilizado por los católicos desde los primeros años del Cristianismo. El primero en utilizar la expresión fue Orígenes (aprox. 185 - 254), teólogo, quien afirmaba que para leer la Biblia con provecho es necesario hacerlo con atención, constancia y oración. En el centro de la práctica de la lectio divina se encuentra una actitud receptiva y reflexiva de lo que Dios dice por medio de la Palabra.


Contempla cuatro partes: lectio, meditatio, oratio y contemplatio (lectura, meditación, oración y contemplación). Estas deben realizarse en silencio y contemplativamente. Durante el medioevo, esta metodología era utilizada principalmente entre el clero monástico. Con el tiempo se extendió a los fieles. Actualmente es una práctica común entre los católicos practicantes.

En cada parte hacemos las siguientes preguntas :

LEER.- ¿Qué dice el texto? ¿Que sucede en este pasaje del evangelio?

MEDITAR.- ¿Qué me dice Dios en este texto?

ORACIÓN.- ¿Qué le quiero decir yo a Dios sobre este texto ?

CONTEMPLACIÓN.- ¿Qué hacer como resultado de la oración?

sábado, 4 de julio de 2020

Domingo 14 Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Presume nuestro mundo de ser la sociedad del bienestar. Desde mi posición privilegiada que me permite conocer a muchas personas en la intimidad, creo que sería más acertado decir que nuestra sociedad es la sociedad del malestar en el "bienestar". Detrás de la apariencia de felicidad que aparecen en nuestros perfiles de las redes sociales, muchísimas personas, más de las que te imaginas, viven situaciones de hastío, desesperanza, frustración, vacío y aburrimiento.

No sé si te encontrarás entre ese numeroso grupo de personas. Si es así, escucha -o lee- con atención, lo que te dice hoy el Maestro:

"Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré". 

El Señor promete alivio de todos nuestros cansancios y agobios. Pero no vale pretender ese descanso y continuar viviendo de la misma manera. En Él, que es la medicina, está el antídoto para nuestros males: vivir con mansedumbre y humildad:

"Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso".

Luego, para experimentar ese alivio que Cristo nos promete, habría que ir a las raíces de esa experiencia de frustración: Tendríamos que preguntarnos hasta qué punto nuestra vida está asentada en la mansedumbre y en la humildad, y si no es así, si no será esa la causa de nuestro malestar.

¿Pero qué significa ser manso y humilde y por qué esa forma de vivir puede hacernos vivir mejor?

El ser humano está sometido a dos tipos de cansancio y agobios:

- Los agobios derivados de su propia finitud: el miedo al futuro, la tristeza, la soledad e incomprension, las enfermedades, (propias y ajenas) y en último caso la muerte (también propia y ajena).

- Y los agobios derivados de su yo. El tratar de reafirmarse continuamente frente al otro, cosa que le lleva a chocar con el prójimo y ver constantemente en él un enemigo... son cansinos los roces con el marido, con la esposa, con los hijos, con el vecino o el compañero de trabajo... este luchar contra los otros genera cansancio, tristeza y frustración.

Estos cansancios y agobios solo serán contrarrestados eficazmente desde la propuesta vital que nos hace el Señor:

- La mansedumbre, que no es el pasotismo, sino la confianza en el Señor que hace vivir serenamente, aún en medio de la adversidad: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta" (Flp 4, 13)

- Y la humildad de corazón: Nuestros problemas con los demás suelen estar provocados por la soberbia de creernos más y mejores que los demás: La humildad de corazón no es la aceptación de que no se vale nada y no se poseen virtudes, sino que es la aceptación de las virtudes propias como don y regalo de Dios y no como vanagloria y arma arrojadiza contra el otro.

Ya sabes el camino... Confia y apóyate en el Señor con mansedumbre y no pretendas siempre llevarte el gato al agua y vive con humildad, considerando superiores a los demás: No sufras sin necesidad.

Luis Salado de la Riva

sábado, 27 de junio de 2020

Domingo 13 Tiempo Ordinario Ciclo A

Mi profesor de Antropología Espiritual, el dominico Francisco Rodríguez Fassio, dijo un buen día en una de sus clases, una de esas frases que, uno no sabe bien por qué, se te quedan grabadas a fuego en la mente: "la Gracia de Dios es gratis, pero no barata".

Precisamente el Evangelio de este domingo nos habla de este aspecto. La gratuidad del don de Dios y "el precio" que supone la tarea de ser cristianos.

El Bautismo es una cosa muy seria. Nos hace hijos de Dios para toda la eternidad. Nada ni nadie podrá borrar ese signo indeleble grabado en nuestra alma. Ni siquiera una hipotética y férrea voluntad de querer apartarnos de Dios, dejaría de hacernos hijos de Él. La paternidad de Dios no entiende de pecados, infidelidades ni huidas. Sólo entiende de amor y espera.

Como en la parábola del hijo pródigo, si un hijo se marcha de su lado, Dios como buen Padre, esperará pacientemente cada tarde a que en el horizonte se vea volver a aquel que se marchó de casa, para en cuanto lo vea, salir corriendo a su encuentro y abrazarlo y cubrirlo de besos (cf Lc 15, 20).

Pero una cosa es el don inmerecido de ser hijo de Dios y otra muy distinta es la tarea ardua de ser cristiano. Para ser cristiano, hace falta querer serlo. Hay que desarrollar un acto de la voluntad, que debe estar precedido de la fe y hay que querer comprometer la única vida que tienes como discípulo de Cristo. Y esto ya no es don, es tarea que se hace o no se hace. Es una carta que se juega o no se juega.

Por ello, la fe ha de ser anterior al Bautismo. No se puede, ni se debe, bautizar a nadie sin fe. De hecho cuando se bautiza a un niño (párvulo), que evidentemente no tiene fe, se hace en virtud de la fe de la Iglesia, de la fe de los padres y padrinos. Tan es así, que si el sacerdote no observa garantías de que esa fe exista o no se vaya a transmitir, no debe administrar el Sacramento y habrá de diferirlo hasta que estas garantías de transmisión de fe aparezcan (cf CIC 868).

Pero por encima de nuestra perenne condición de hijos de Dios, el Evangelio de este domingo, que pertenece al capítulo 10 de San Mateo, nos ofrece las dos características que ha de tener nuestra fe para que podamos ser llamados y ser en verdad, discípulos de Cristo.

- Para el discípulo, lo primero es Dios. Hay muchos que piensan que Dios es Alguien más entre otras muchas cosas o personas. El Señor lo advierte: Sólo podrá ser discípulo, el que priorice a Dios sobre todas las cosas. 

"El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí".

Podría pensarse que Dios es cruel y que es injusto e indeseable lo que nos pide: Amar menos a nuestros familiares que a Él.

Sin embargo lo que nos está cuestionando Cristo es qué cosas o qué personas fundamentan nuestra vida. La mayoría de esas cosas y personas son buenas y necesarias, pero sólo en sí mismas y apartadas de Dios, no nos harán felices. Incluso algunas de esas relaciones, por exceso o defecto, pueden ser tóxicas y destruirnos como personas: amores no correspondidos, "amores" egoístas o posesivos, o amores que son expresión de nuestros miedos y carencias...

La vida de muchas personas está marcada por la frustración y decepción que supone haber endiosado a otras personas: 

¿Cuántos matrimonios que se juraron amor eterno se convirtieron en indiferencia u odio a los años? ¿Cuántas amistades "de toda la vida" se rompieron de buenas a primeras? ¿Cuántos hijos dejaron de amar a sus padres y se convirtieron en sus enemigos acérrimos?.... O se ama lleno de Dios... O como diría un amigo mio: "Yo me río de los quereles de la gente"

Es cierto que el ser humano necesita amar y ser amado. Pero sólo el amar recibido y correspondido a Dios llenará nuestra vida y nos capacitará para amar y hacer felices a los demás. En palabras de San Agustín: "Todo intento de centrar mi vida en otro ser humano está condenado al fracaso, porque mi misma finitud la comparte cualquier otro ser humano".

- El discípulo ha de serlo a las duras,... y a las más duras. Solemos pensar que la fe es un parapeto para que no se nos presenten en nuestra vida contrariedades y problemas: Rezando un Rosario o yendo a Misa los primeros viernes de cada mes... "se acabaron los problemas".

Sin embargo, no sé en qué página del Evangelio hemos leído tal planteamiento. Porque lo que si aparece en el Evangelio son frases parecidas a la que podemos leer hoy:

"El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará".

No hay discipulado sin Cruz. Y esto es bueno sopesarlo antes de comenzar el seguimiento. No podemos tirar la toalla con la llegada de la cruz. Tan experiencia de fe es la compañía gozosa de Dios Transfigurado en el Monte Tabor como experimentar la tristeza, soledad y agonía en el monte Gólgota o Getsemaní. 

Muchos "creyentes" reniegan de Dios cuando llega la adversidad. Si Dios es bueno y omnipotente... ¿Por qué permite que me este pasando esto?. Dudamos de Dios porque en el fondo no aceptamos que la cruz sea la señal del cristiano. 

Dios no exime de la cruz, da fortaleza para llevarla, confiriéndole sentido para que ésta nos redima. Ser cristiano es aceptar que la cruz no es la constatación de que Dios no existe, sino que es oportunidad de encuentro con Él y camino de salvación. 

En definitiva... este Evangelio de hoy te dice que si tu inquietud es si Dios te ama o no, no debes preocuparte: Eres su hijo e incluso ha dado su vida por ti: No dudes de Él, si aparece la Cruz en tu vida. Nada temas. Su vara y su cayado te sosegarán. (cf Sal 22).

Lo que te cuestiona este Evangelio, es si se puede decir de tí lo mismo con respecto a Él: ¿Te sientes capacitado para además de ser hijo amado de Dios, convertirte en cristiano y amarlo sobre todas las cosas en toda ocasión y circunstancia?

Merece la pena que contestes que sí. Tu felicidad y tu salvación están en juego.

Luis Salado de la Riva

sábado, 20 de junio de 2020

Domingo 12 Tiempo Ordinario. Ciclo A

Leí una vez una frase de Eduard Punset que me llamó mucho la atención: "la felicidad no es la ausencia de problemas, sino la ausencia de miedos". El miedo es, por tanto, el gran enemigo para que el ser humano pueda llegar a sentirse feliz. Y esto es cierto, porque paradójicamente, es curioso como ante una misma circunstancia, una persona puede sentirse infeliz y otra distinta, totalmente afortunada y feliz.

Mi recorrido vital en estos cuarenta y siete años que Dios me ha regalado de vida, me ha llevado a poder afirmar las tres siguientes evidencias:

- La primera, que nos pongamos como nos pongamos, tarde o temprano, vamos a tener que enfrentarnos a situaciones que nunca habríamos deseado vivir: la enfermedad, la muerte de un ser querido, un desengaño amoroso, la incomprensión o rechazo de los demás, quedarse sin trabajo o sin recursos económicos, el fracaso, la soledad....

- La segunda, que esos momentos desgraciados, son, afortunadamente, muchísimos menos que los que nuestra peligrosa mente nos anticipa: ¿Cuántos hipocondríacos han temido el diagnóstico de un cáncer o la llegada de un infarto fulminante?, ¿Cuántos pesimistas han pensado que cuando perdieron aquel trabajo ya no iban a levantar cabeza jamás?, ¿Cuántos románticos pensaron que sin "el amor de su vida" no iban ya nunca a encontrar el amor?... Y es que, casi siempre, el peor enemigo del ser humano es nuestra propia mente. Como dijo Shakespeare: "el cobarde muere mil veces, el valiente solo una".

- Y tres: la vida me ha enseñado, e imagino que a todos los que me leéis también, que cuando "el toro se pone por delante", Dios da valentía y fuerza para sacar la muleta y aunque no se pueda"cortar oreja y rabo", hacer por lo menos "una faena aliñadita". A pesar de las fatigas que se pasan en el momento de la cruz, cuando ya todo ha pasado... no es extraña la experiencia de sentir que era mucho más fiero el león o el toro que me pinté, que con el que realmente me tuve que enfrentar.

Con esas tres evidencias que la vida me ha ido enseñando, cuando tropecé con esa afirmación de Punset, y casi "por defecto de fábrica", me llevé esta frase a mi terreno: Al terreno de la fe. La utilizaba y la repetía mucho en mi meditación y oración, ... y un buen día leyendo este texto del Evangelio de San Mateo (Mt 10,26-33) que nos acompaña en este Domingo, descubrí, que antes que Punset, ya Cristo había dicho lo mismo.

Si analizamos el Evangelio de este domingo, nos daremos cuenta, que por tres veces el Señor repite en esos escasos versículos "No tengáis miedo". Y ¡ojo! llamo deliberadamente a Cristo, Señor, porque el que nos dice "no tengáis miedo" no es cualquiera, sino el que tiene el señorío (dominio) sobre Cielos y tierra. Si el Señor nos dice que no tengamos miedo....¿Quiénes somos nosotros para pretender tener más razón con nuestros miedos, que Cristo con su señorío?

El Evangelio de este domingo es precioso, porque el Señor nos invita a desterrar por siempre de nuestra vivida las tres fuentes de donde emanan todos nuestros miedos:

1.- "No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse".

El primer miedo es el terror a no ser aceptado por los demás. El miedo a ser rechazados o a no tener valor ante los demás. A ser ignorado o ridiculizado por los demás por nuestra condición, nuestras miserias o a veces incluso nuestros complejos. Esto hace que para muchas personas la vida sea una especie de representación teatral, en la que se malvive de una manera esquizofrénica, tapando y camuflando miserias, pasados y pecados.

Ante Dios no cabe esa actitud. Dios nos dice que no tengamos miedo a su rechazo, porque Él nos ama tal y como somos. Nada hay oculto que Él no sepa.

2.- "No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma"

El segundo miedo es quizás el miedo más asfixiante en nuestras vidas: el miedo a morir. El miedo a la enfermedad, entendida ésta como la antesala de la muerte. El Señor nos invita, sin embargo, a confiar en la certeza de la Resurrección. "No se puede matar al alma unida a Dios".

Como dice San Pablo en la Carta a los Romanos: "¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Nada podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor." (Rm 8, 35. 39)

3.- "No tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones".

El tercer miedo es el miedo al futuro como amenaza de nuestro bienestar. El ser humano pone su confianza en el tener y poseer y tiene miedo a que pueda perder todo lo conseguido, y quedar "desnudo", a la intemperie y hambriento. El Señor nos invita, sin embargo, a confiar en la divina providencia ¿No valemos más que los gorriones que comen y beben todos los días?. Nuestra vida no ha de vivirse desde una actitud temerosa de pre- ocupación, sino desde una actitud confiada de ocupación.

Permitidme que termine esta homilía con un cuento que por más que lo leo y lo narro, no deja de sorprenderme y de entusiasmarme:

"Un hombre tenia pánico a volar, pero por un compromiso de trabajo no tuvo más remedio que tomar un avión para Bruselas. Un niño muy educado y formal subió también al avión, buscó su asiento y se sentó justo al lado de aquel hombre. El niño abrió su cuaderno de pintar y empezó a colorearlo. No presentaba rasgos de ansiedad ni nerviosismo al despegar el avión. Sin embargo nuestro hombre se había tenido que desabrochar la chaqueta, tenía las manos llenas de un sudor frío y pidió a la azafata una infusión para calmar su ansiedad. Durante un buen rato, hubo tormentas y muchas turbulencias. En un determinado momento hubo una sacudida tan fuerte que el hombre se puso atacado de los nervios y comenzó a gritar y a llorar desconsoladamente. La azafata fue en su ayuda y le dio una pastilla tranquilizante... el niño, sin embargo, mantenía la calma y la serenidad en todo momento y continuaba coloreando como si nada.

¿Cómo lo hacía?, ¿Por qué estaba tan calmado? Una vez que por fin aterrizaron, el hombre no pudo contenerse más y le preguntó: Niño de mi vida: ¿Tú no tienes miedo?

No señor , -contestó el niño, y mirando su cuaderno de pintar le dijo: "Mi papá es el piloto".

Luis Salado de la Riva

sábado, 13 de junio de 2020

Homilía Corpus Christi Ciclo A

Desierto y hambre. Son las dos palabras que marcan la temática de la primera lectura: El pueblo de Israel al que Dios ha librado de la esclavitud en Egipto, camina 40 años... (se dice pronto), por el desierto en busca de la Tierra Prometida.

En ese largo periodo de tiempo el hambre, la sed, el cansancio, el miedo y las dudas, hacen que los israelitas dejen de confiar en Dios y murmuren y se rebelen contra Él... ¿Quién no lo hubiese hecho?...

Dura misión la de Moisés que durante esos 40 años consigue que Dios haga llover ese maná que servirá de alimento para un pueblo que peregrina casi sin rumbo, y que es presa de un hambre que los enloquece.

Pero lo curioso es que 3.500 años después... nuestra vida no difiere mucho de ese escenario que se nos relata en esa lectura del Deuteronomio. Quizás convendría que leyeras esa primera lectura de hoy, como si fuese la historia de tu vida. Te sorprenderá verte reflejado.

Nuestra vida es, en muchas ocasiones, un desierto donde, como el pueblo de Israel, hemos perdido el horizonte. Ni siquiera sabemos si ese horizonte, si esa Tierra Prometida, es una realidad o una quimera provocada por un espejismo que emana del deseo de nuestra mente. A veces incluso cuando más cerca nos parece estar de esa Tierra Prometida, aparece la enfermedad, la contrariedad, la muerte.... y es mayor el desconcierto, el vacío y la desilusión.

Y el hambre. El hambre de sentido. El hambre que nos hace seres infelices y que nos hace "picotear" de aquí y de allá, de lo primero que encontramos, ... buscando saciar nuestro corazón y nuestra alma... Pero el hambre no sólo no se va, sino que nos atrapa para hacernos vivir de una manera primaria y envilecida.

En medio de ese desierto y esa hambre, Cristo, como nuevo Moisés viene a traernos el auténtico maná: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resu­citaré en el último día. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El que me come vivirá por mí".

Sinceramente... ¿Alguien da más en medio del desierto para combatir el hambre?: Alabado sea Jesús sacramentado. Sea por siempre Bendito y alabado.

Luis Salado de la Riva

sábado, 6 de junio de 2020

Homilía Domingo Santísima Trinidad Ciclo A

Creer en la Santísima Trinidad es tanto como creer que Dios es Amor. (I Jn 4, 8).

En este Domingo de la Trinidad, las palabras para explicar este Misterio son intentos vanos y estériles, como lo serían pretender coger el aire a puñados o ponerle puertas al mar.

El papa Francisco en el Ángelus de la Solemnidad de la Santísima Trinidad el 31 de Mayo de 2015 dijo: "La Trinidad es comunión de Personas divinas, las cuales son una con la otra, una para la otra y una en la otra: esta comunión es la Vida de Dios, el misterio de amor del Dios Vivo”.

Ahondando en esa frase del papa, permitidme que comparta con vosotros tres consecuencias de cómo tendría que ser nuestra vida, si queremos ser reflejo de ese Dios Amor.

- Ser uno con el otro: La Trinidad es vivir con. No es una existencia aislada ni solitaria. Es una existencia en compañía. Nuestro vivir es también un existir junto a otros. Por supuesto junto a Dios, pero también con el prójimo. El vivir en compañía nos tiene que llevar a ser personas capaces de comunicarnos. La auténtica comunicación requiere hablar con sinceridad (no es verborrear temas ajenos o superficiales) y ser capaces de escuchar con paciencia: "Dios nos hizo con dos oídos y una boca, para escuchar el doble de lo que hablamos". Y ya que hablamos de Misterio Trinitario, de Misterio de Amor: El amor se expresa más en la escucha que en el consejo... Para dar consejos... sobran candidatos, para escuchar...¡Qué trabajito cuesta encontrar a alguien!

- Ser uno para el otro. La Trinidad no solo es vivir juntos, es vivir para el otro. Es un vivir que se desvive. Un vivir que da la vida. Un vivir que muere: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". (Jn 15, 13). Nuestro vivir como imagen de la Trinidad tiene que ser reflejo de esa entrega. "Conviene que yo mengüe, para que el otro crezca", decía el Bautista cuando apareció el Mesías por el Jordán. (Jn 3, 30). O como recuerda San Pablo que afirmó el Señor: "Hay más alegría en dar que en recibir".(Hch 20, 35). Sólo la humildad nos hará morir a nosotros mismos, para que sea el otro, el que viva.

- Ser uno en el otro: La Trinidad es Comunión, Unión íntima. Nuestro vivir creyente ha de estar basado en la fuerza de la comunión. La comunión va más allá de nuestras afinidades y afectos humanos y que se basa en la certeza de ser parte de ese misterio Trinitario. No se trata ya ni de mí, ni de ti, ni de él, sino de nosotros. Y ese nosotros ha de vivirse no solo con Dios, sino también con los hermanos. "Qué sean uno, Padre como Tú y Yo somos uno, para que el mundo crea" (Jn 17, 21). En la vivencia de la comunión está en juego nuestra credibilidad como testigos de Dios. No es fácil vivir en comunión, y como la vida nos enseña,... tarde o temprano, es imposible la comunión sin el perdón. El perdón es la máxima expresión del amor. Dime cuanto perdonas y te diré cuanta imagen de Dios Uno y Trino llevas en tu alma.

Escucha, desvívete y perdona: Serás reflejo del Amor Trinitario. Serás reflejo del Dios Amor.

Luis Salado de la Riva

sábado, 30 de mayo de 2020

Homilía Pentecostés Ciclo A

A veces creemos que el Espíritu Santo es como la inspiración en los artistas. Que llega de buenas a primeras cuando menos se la espera. Según esa concepción, para experimentar la venida de la tercera persona de la Santísima Trinidad, no podemos hacer mucho, sólo armarnos de paciencia y "sentarnos a esperar que tenga a bien venir cuando a Él le parezca oportuno".

Aunque es verdad que el Espíritu Santo es un don, no es menos cierto que la pregunta que hoy tendríamos que hacernos, no es cuándo le parecerá oportuno venir al Paráclito  , sino si a mí, aquí y ahora,... sinceramente, me parece realmente oportuno que el Espíritu Santo venga a mi vida. Porque a lo peor... mira tú por dónde... me coge ahora en un momento "inoportuno", para recibir al "dulce huésped del alma", y en el fondo, lo más cómodo sería "echarle la culpa" a Él de que no quiera venir.

Lo cierto es que si analizamos la Primera Lectura y el Evangelio de este Domingo, concluiremos que el Espíritu Santo no llega fruto del azar o del capricho, sino que los apóstoles pusieron todos los medios que tenían en sus manos para que ese momento aconteciese.

La llegada del Espíritu Santo, en Pentecostés, y también hoy, no es casualidad, sino causalidad. Y esas causas eran tres condicionantes que la primitiva Iglesia vivía intensamente, pero que, a lo peor, nosotros no estamos prestándole excesiva atención.

- El primer condicionante es la comunión. "Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar". Los Apóstoles estaban reunidos y unidos. Ya en la oración sacerdotal que Jesús realiza en la Última Cena, el Señor le pide al Padre: "Que todos sean uno, como Tú y yo somos uno, para que el mundo crea". (Jn 17, 21). El Señor no dice que todos recen mucho, sepan mucho de teología o sean muy buenas personas...  para que el mundo crea. Sino "que todos sean uno para que el mundo crea".

Luego la comunión no es algo optativo en la vida del creyente, sino una condición imprescindible para que el Espíritu Santo inunde la Iglesia y así, el testimonio de quien lo ha recibido, sea veraz. Reitero: La comunión es una condición imprescindible. Por ello, en esta fiesta de Pentecostés en la que a los apóstoles les pilló, y no por casualidad, reunidos,... es importante que meditemos cuál es nuestra vivencia de comunión en la Iglesia, e interioricemos que la Evangelización no es cosa de francotiradores, por lo que, a la hora de dar un testimonio, es más importante una comunión real, que una "eficacia" hipotética.

- "Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos". Los Apóstoles, con María y otros discípulos, no se reunían para planificar una pastoral de evangelización, ni para organizar una convivencia de fin de semana, sino para orar juntos. Este es el segundo condicionante que hace posible la venida del Espíritu Santo: El Espíritu Santo viene y vendrá a aquellos que como Jesús dice en el Evangelio: "Piden, buscan y llaman. Porque... ¿cómo no dará el Padre celestial el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan?" (Cf Lc 7, 9.13).

Pero si no pedimos... si no rezamos... si no tenemos una apertura a la trascendencia... si pensamos que hay cosas más importantes y urgentes que hacer que ponerse "a perder el tiempo" rezando... ¿Qué Espíritu Santo esperamos recibir?.

- "Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos". En esta aparente contradicción se encuentra la tercera causa que posibilita Pentecostés: El verse necesitado de Dios. El sentirse desvalido y necesitado de que Dios desatranque las puertas y ventanas cerradas... el haber tocado fondo y sentir que así no se puede seguir.

En una cultura tan antropocéntrica como la nuestra, donde el hombre en su soberbia ha terminado endiosándose y creyéndose autosuficiente... ¿Quién va a pararse a implorar a un Dios y para qué?. Es decir, la tercera condición para recibir el don del Espíritu Santo es vivir con humildad frente a Dios, reconociendo que se está necesitado de su Misericordia y su Poder. La humildad, ya lo decía San Ignacio de Loyola, es la puerta de entrada de todas las virtudes. Por supuesto que la humildad es el acceso a la fe, pero también, como no, es la puerta de entrada del Espíritu Santo. Reitero: Sin humildad, ni hay fe, ni hay Espíritu Santo.

Por lo tanto, tres causas hicieron posible Pentecostés, y esas mismas tres causas siguen posibilitando un nuevo Pentecostés allí donde la Iglesia unida, orante y humilde siga implorando su ayuda:

"Ven Espíritu Divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus Siete Dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno".

A modo de conclusión, Pentecostés es ocasión propicia, no solo para poner las condiciones adecuadas para que llegue el Espíritu Santo, sino que es también momento para revisar qué hemos hecho con el don del Espíritu Santo, que recibimos el día de nuestro Bautismo.

El Espíritu Santo lanza a los apóstoles al mundo para en medio de la hostilidad o indiferencia ser testigos del Evangelio. También a nosotros nos ha desplegado en ese mismo tablero. Un tablero hostil e indiferente. Pero no olvidemos nunca, que el Espíritu Santo nos envía ahí, con dos misiones muy concretas:

1. "Anunciar el Evangelio con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevos lenguajes". (cfr. Juan Pablo II, Puerto Príncipe, 9 - 3 - 1983).

Para que suceda el milagro narrado en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que "cada uno los oía hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua". El evangelizador ha de dejarse llenar de la eterna novedad del Espíritu Santo. El que para muchas personas el lenguaje del Evangelio siga resultando extraño o vacío, no es causa del Espíritu Santo, sino de un mal transmisor que ha perdido esa audacia que da el Espíritu Santo, y que San Juan Pablo II afirmaba era tan necesaria para la nueva evangelización.

2. Llevar el amor y el perdón de Dios a los hombres: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados".

El Espíritu Santo nos hace transmisores del Amor de Dios. Evangelizar no es ser un profeta de calamidades que vaya por el mundo condenando o metiendo miedo, "porque el Amor no teme". (I Jn 4, 18). El que está lleno del Espíritu Santo, transmite la paz y el Amor de Dios... Porque "de la abundancia del corazón, habla la boca". (Mt 12, 34). Y "quien no ama no ha conocido a Dios". (I Jn 4, 8). El Espíritu Santo nos capacita para hablar un lenguaje nuevo: El lenguaje de la misericordia y la reconciliación. El lenguaje de la caridad y el perdón.

Sinceramente... ¿Hablamos ese mismo idioma?. Porque si queremos ser evangelizadores es imprescindible que entremos en la escuela de idiomas del Espíritu Santo y aprendamos, aunque sea a balbucear o chapurrear, ese nuevo idioma.

Reitero: Imprescindible.

Luis Salado de la Riva

sábado, 23 de mayo de 2020

Homilía Domingo VII Pascua Ciclo A

Hace ya más de 20 años, cuando este servidor tenía el gozo de escuchar al inigualable cura Carlos en los retiros que este nos hacía en el Seminario, le escuché una llamativa frase que se me quedó grabada:

"Vivimos en una sociedad pagana con algunas reminiscencias culturales de origen cristiano".

Como solemos decir: "Lo clavó". No se puede hacer un análisis social más sencillo, pero más certero, que este del cura Carlos, que encierra todo un compendio de fenomenología religiosa. Y 20 años después ... esa situación, lejos de mitigarse, se ha ido acentuando. Si el cura Carlos bajara...

Cada vez se crean más Hermandades... no se sabe bien para qué, el Rocío y otras Romerías son eventos cada vez más multitudinarios, los niños siguen bautizándose y haciendo sus Primeras Comuniones, en situaciones familiares, cuanto menos... "extrañas", el cura es imprescindible como un florero en presentación de carteles de Semana Santa, Pregones o Conciertos varios... o es requerido "vida o muerte" en imprescindibles bendiciones de Belenes, pero... ¿Es esto reflejo de un auténtico cristianismo?...

Si bien esta pandemia ha podido despertar en algunos, algo de interés y auténtica vivencia espiritual, nuestra sociedad es una sociedad de gimnasios y centros comerciales llenos (los nuevos templos), pero de Iglesias vacías.

El ser humano, en general, ha perdido la dimensión de trascendencia. Ya no se cree necesitado de mirar al Cielo. Esa "reminiscencia cultural de origen cristiano" le hace mantener algunos ritos y ratos religiosos, que en muchos casos son más una muestra de superstición, que el reflejo de una vivencia auténtica de encuentro con el Señor.

La Fiesta de la Ascensión es una invitación a dejar de mirarnos el ombligo y elevar nuestra mirada "arriba" para descubrir que hay un Dios que nos trasciende y que nos saca de nuestras miserias y vanaglorias, para ofrecernos y regalarnos una vida plena y auténtica.

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"Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". (Mt 28, 20).

Esta es la primera cita de la Biblia que me aprendí: La cita que quizás más me ha acompañado durante mi vida y a la que más he acudido pidiendo a Dios protección.

Sin embargo, no siempre he notado que está promesa del Señor se haya cumplido en mi vida: En reiteradas ocasiones he sentido que Dios estaba como escondido, callado, ausente... ¿Por qué esta sensación si Cristo aseguró su permanente presencia?,  ¿Es que acaso prometió algo que no ha cumplido?

Partiendo de la mayor, es decir, Cristo no puede prometer algo que no quisiera o no pudiera cumplir, y después de llevar esta aparente contradicción a mi oración y meditación, he llegado a la siguiente conclusión:

Es verdad que Cristo estará con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos, pero es necesario que no sólo nos quedemos con lo que el Señor dice en Mt 28, 20... sino que lo contextualicemos en el versículo que le precede, Mt 28, 19: "Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado".

Es decir, sentir la presencia de Cristo en la vida requiere vivir para y por el anuncio del Evangelio. No podemos pretender llevar una vida egoísta, indolente o descreída y encima pedirle a Dios que nos acompañe. La presencia de Cristo es directamente proporcional al grado de compromiso y vivencia que uno tenga en el anuncio del Evangelio. De hecho... No conozco a ningún santo (muchos de ellos martirizados) que se quejase de la ausencia de Dios. Sin embargo, conozco a personas con una "dudosa" vida espiritual, que continuamente se quejan de esa falta de Dios.

Para experimentar que Dios está, es imprescindible vivir por y para el Evangelio. Si eres testigo de Cristo e intentas dar tu vida por Él, clavarás tus ojos al Cielo... y por muy grande que sea tu Cruz, experimentarás que nunca te faltará la Presencia y la Bendición de tu Dios que no te mintió cuando te prometió su asistencia para siempre.

Luis Salado de la Riva

sábado, 16 de mayo de 2020

Homilía Domingo VI Pascua - Ciclo A

Muy pocas cosas de las que hacemos en esta vida son fruto del azar o la improvisación. Casi todo lo que en esta vida decimos o hacemos ha sido previamente procesado por un motor con tres marchas.

San Agustín llamaba a este motor alma, y nos hablaba de las tres potencias del alma, que eran -o son- como las tres marchas de ese motor: La memoria, la inteligencia y la voluntad. Haz la prueba y pasa por ese triple filtro cada una de tus criterios, acciones o decisiones: Verás el peso que tienen en ellas esas tres marchas:

- lo que tu recuerdo o emociones te hayan provocado antes. Si tienes costumbre, afecto o apego a ello.
- la inteligencia que te ha hecho calibrar si te conviene o aprovecha determinada postura. O si por el contrario tu cabeza te hace evitar o rechazar algo en concreto.
- y el coraje o la determinación con la que te enfrentas a determinada estímulo. O si por el contrario, bajas los brazos porque o no puedes o no quieres afrontarlo.

Casi nunca ese triple motor funciona equilibradamente con un 33% en cada parte. Hay personas que se dejan dominar más o menos por uno de ellos. Y son más emocionales, o más razonables o más voluntariosos... Y todo ello con todo tipo de combinaciones posibles. Cada tipo de motor es único e irrepetible. Hay tantos tipos de motores - de almas- como personas.

Pues bien, permitidme que rescate la afirmación de Benedicto XVI que ya vimos la semana pasada: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva". Es decir, en lenguaje de San Agustín, a la hora de decidir si se quiere o no se quiere ser cristiano: la clave, no la tiene la inteligencia, ni la voluntad, sino la memoria. Por ello cobra sentido lo que Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos".

El Señor no dice "Si os sacáis una Licenciatura sobre mis enseñanzas... guardaréis mis mandamientos" o "si os lo proponéis y le echáis coraje... guardaréis mis mandamientos"... el Señor apela al componente afectivo del alma, a la memoria: "si me amais guardaréis mis mandamientos"... Es decir, si recordáis el Amor que os he testimoniado y sentís que por amor queréis ser de los míos... guardaréis mis mandamientos.

Aunque a veces nos cueste entenderlo, la Iglesia es la Iglesia de Cristo, no cuando es el lugar de la obediencia a unas normas, ni cuando es el lugar de la ortodoxia, ni tampoco cuando es el lugar del arte o la cultura... la Iglesia es la verdadera Iglesia de Cristo, cuando es la Iglesia del Amor.

Y tú y yo, somos auténticos discípulos cuando hacemos nuestra, esa frase de Jesús que corona el Evangelio de hoy: "El que acepta mis mandamientos (inteligencia) y los guarda (voluntad), ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él".

Amén.

Luis Salado de la Riva

sábado, 9 de mayo de 2020

Homilía Domingo V Pascua Ciclo A

La Liturgia de la Palabra de este Quinto Domingo del Tiempo de Pascua nos invita a reflexionar sobre algo que aprendimos de niños, pero en lo que quizás nunca hayamos profundizado, al menos adecuadamente.

En la catequesis (o catecismo) de nuestra más tierna infancia, y quizás por medio de algún sacerdote algo áspero en sus formas y con cierta cara de pocos amigos, la Iglesia nos enseñó que los enemigos del alma eran tres: el mundo, el demonio y la carne. Y probablemente ahí quedó el asunto... no hubo más aclaraciones, ni más preguntas... el cura se iría a sus cosas y cada uno de nosotros a las nuestras, aunque ya ese resquemor interno había quedado sembrado ahí.

Debido a esa enseñanza, o mejor dicho, debido a esa forma que emplearon para enseñarnos... muchos de nosotros, hemos podido vivir buena parte de nuestras vidas, desde una visión negativa y desconfiada de todo lo que somos y lo que nos rodea: El mundo... ese antro de pecado y perdición. El demonio... con sus cuernos y su rabo largo, acechándonos en todo momento. Y la carne... y es que, (permitidme el chascarrillo) como años después de aquel cura áspero y algo "malvado", apuntalaron nuestra prima la dietista y nuestro cuñado el runner,...quedó meriadanamente claro que "todo lo bueno o engorda o es pecado".

Y así, desde esa triple premisa, se ha ido desenvolviendo nuestra vida de creyentes. Una vida, que desgraciadamente se ha "disfrutado" poco, o a medio gas, a caballo entre sentimientos de frustración por no llegar nunca al ideal, o de culpabilidad, por haber rebasado los límites de lo adecuado y/o permitido.

Toda esta caricatura de la vida de fe, parte de un error de principio: Como ya he reiterado en múltiples ocasiones, el creyente no es aquel que sabe muchas cosas sobre Dios, sino aquel que ha tenido un encuentro personal con Jesús de Nazaret. Un encuentro que le ha dejado marcado, y que ha propiciado que quiera seguir llenándose de esa Verdad de Dios.

Pero en este asunto no funciona la propiedad conmutativa: El orden de los factores, sí altera, y mucho, el producto: No podemos pretender conseguir un creyente de manual, sin que éste haya tenido una experiencia de Dios. La tentación de expandir la fe, sin esta base esencial, ha sido uso común en la Iglesia, que durante siglos ha confundido evangelización con adoctrinamiento.

El papa Benedicto XVI afirmaba al comienzo de su encíclica Deus Caritas est: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva".

El creyente es aquel que cree, porque así lo ha experimentado, que Jesucristo es la Verdad, el Camino y la Vida. Y nadie puede cuestionarle eso. Porque no es una idea. Ni siquiera una convicción. La fe no es ideología. Es una experiencia.

Una experiencia de una Verdad objetiva. Aunque nadie la creyera, no por ello dejaría de ser cierta. Si mañana todo el mundo se quedara ciego de repente (Dios no lo quiera)... no dejaría de ser verdad que la luz o el mismísimo sol existen. El creyente, por experiencia personal, sabe que Dios existe y es, y esta certeza no está supeditada a lo que digan los sondeos o las encuestas: Su fe es objetiva, experiencial, ... y por ello, cierta e incuestionable.

Pero claro, ... creer en Alguien, y más si ese Alguien se ha revelado, comporta unas consecuencias. La vida se va a entender desde unos parámetros. Desde unas "reglas del juego". Y evidentemente, en muchas ocasiones, esa escala de valores, resulta incomprensible e inasumible para el que no haya tenido ese encuentro con Dios.

Pero, que esas consecuencias resulten incomprensibles o inasumibles para el no creyente, no quiere decir que éstas sean invalidas, ilógicas o infantilizadoras del ser humano.

Durante esta reflexión vamos a argumentar como no es disparatado defender que si Jesucristo es la Verdad, el Camino y la Vida,... el mundo, el demonio y la carne son los auténticos enemigos del ser humano.

- El origen de todo mal es la mentira. Y la mentira entendida no solo como algo erróneo que alguien me transmite como verdadero, con la intención de engañarme: La peor mentira es la que uno mismo se cree y asume como propia. El estadio final del trastorno del mitómano, es aquel en el que ya uno ha hecho tan íntimas sus propias historias, que es incapaz de distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es.

El comienzo de la Biblia, nos transmite ya en el Génesis, como éste es el gran drama del ser humano.
Y el drama no solo consiste en la mentira que malvadamente transmite el demonio a Adan y Eva, "se os abriran los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal" (Gn 3, 5), sino que es el hecho de que nuestros primeros padres se creyeran esa mentira y comieran del fruto del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, es decir, el drama del hombre comenzó, al convencerse de la mentira de que realmente Dios era un estorbo en su vida, y se podría ser mas feliz sin Él, que con Él. A fuerza de ser sinceros, hay que reconocer el buen trabajo que miles de años después, el demonio (ya sin forma de serpiente) sigue haciendo entre nosotros. Continúa con ese mismo empeño y brío, engañando y falseando para hacer caer a muchos - quizás a demasiados, que siguen (o seguimos), "sin escarmentar en cabeza ajena" o "tropezando muchas veces con la misma piedra".

El demonio, que es uno de los tres enemigos del alma, sigue a día de hoy, envolviéndonos y atrapándonos con mentiras, para ensoberbiarnos y hacemos creer que no necesitamos a Dios para nada. A la contra de este poderoso enemigo del alma, Jesucristo dice "Yo soy la Verdad". La única Verdad que existe para el ser humano es la Revelación de Dios por medio de Jesucristo.

Experimentar a Cristo y conocerlo como Verdad es como dijo Santa Teresa de Jesús, el único camino de Salvación para el hombre: "la humildad es la verdad". (Libro VI de las Moradas). La única verdad que nos salva es la humildad de reconocernos necesitados de la Misericordia de un Dios que ha salido a nuestro encuentro a pesar de nuestras miserias.

- Leía el otro día, que los psicólogos advierten de un trastorno del ánimo, que ahora, y después de tantos días de confinamiento, va a aparecer, en mayor o menor medida, en muchos de nosotros, que poco a poco estamos invitados a ir regresando a esa tan cacareada "nueva normalidad". El trastorno ha sido bautizado como el Síndrome de la Cabaña. Puede que al principio de la cuarentena vivieras con angustia el hecho de que no ibas a poder salir a la calle en un incierto número de días,... pero transcurrido ese shock inicial y conforme te fuiste aclimatando a la nueva situación, te comenzaste a sentir muy protegido y distraído en tu confortable hogar, muy ocupado y protegido,... tampoco se estaba tan mal así... Por lo que, ahora que te dicen que ya hay que regresar a la calle... sientes pánico de volver a esta "nueva normalidad" en la que te van a llover los problemas acumulados durante estas semanas, o vas a estar expuesto de una manera mas intensa, al peligro del contagio de un virus, que, ni muchísimo menos, se ha ido ya de aquí.

Este comprensible desasosiego que genera este "Síndrome de la Cabaña", no es sino un reflejo del segundo de los enemigos del alma: El mundo. Frecuentemente, hemos entendido que el mundo es uno de los enemigos del alma, porque todo lo que hay dentro de él es malo y pecaminoso. Esta forma agría de concebir el mundo se contradice, sin embargo, con la dinámica de la Encarnación que nos indica el proceder de Dios: "La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros" (Jn 1,14). Desde que Dios se ha hecho hombre, el mundo ha quedado divinizado. Todo lo humano y lo mundano nos habla de Dios. El mundo es el lugar del encuentro entre Dios y el hombre, el "campo de juego" donde poder experimentar su presencia y cercanía... luego si esto es así... ¡que lo es!: el mundo no puede ser malo en sí mismo.

¿Qué significa, por tanto, que el mundo sea uno de los enemigos del hombre?. Pues sencillamente, entender el mundo desde la perspectiva contraria al Misterio de la Encarnación: Entender el mundo como mi ombligo desde donde gira toda la realidad. Yo soy el mundo y el mundo soy yo. El mundo es, por tanto, vivir desde el egoísmo, pensando que replegándome sobre mí mismo, seré verdaderamente feliz. Ante esa concepción de la vida, Jesucristo nos dice "Yo soy el Camino". Y ese Camino que el mismo auto-revela consiste no en replegarse sobre uno mismo, sino en salir de sí. Ese es el auténtico Camino, el Camino que salva, aunque a veces sea escarpado y comporte Cruz. El que quiera seguir el camino de la Vida y la Verdad: "que se niegue así mismo, que cargue con su Cruz y que me siga". (Mt 16, 24)

- Si algo ha puesto de manifiesto esta pandemia del Covid 19, es que no somos nada. El hombre que se había inmodestamente autodivinizado y se creía el controlador de todo lo que le rodeaba, ha experimentado, de la noche a la mañana, a las primeras de cambio, y en sus propias "carnes", lo absurdo y necio de ese convencimiento, y la auténtica verdad de su realidad: Somos un ser frágil y vulnerable.

En este aspecto ya estábamos advertidos, pero no nos queríamos dar por enterados: Nuestra cultura y sociedad había ido apartando como tabú todo lo que recordara esa realidad, y nos habíamos creído que con ejercicio y una alimentación sana, no había nada que temer. Y claro, no... Eso no es así: Envejecemos, enfermamos y nos vamos a morir. Por mucho que te vistas como un adolescente o salgas a correr al atardecer,... si tienes 50 años, tienes 50 años, y no hay potingue, tinte o cirugía, que te los pueda quitar. Y es que el ser humano envejece, enferma y muere. Y ese es, precisamente, el tercer enemigo del alma: su propia carne.

Frente al drama y el ridículo, a veces ajeno, que supone sufrir un Síndrome de Peter Pan, está el asumir tu propia finitud con serenidad y confianza en Aquel que se nos revela como "Yo soy la Vida".

Jesucristo, y recuerdo que seguimos celebrando este tiempo de Pascua, nos ha prometido que ni la vejez, ni la enfermedad ni la muerte, tienen, ni tendrán dominio sobre ninguno de nosotros, y que ese enemigo inexorable del paso del tiempo que va pudriendo nuestra carne, envejeciéndola o enfermándola, y que nos conduce a estar hoy, un día más cerca que ayer de nuestra propia muerte, ha sido vencido por Él, que con su Muerte y Resurrección ha abierto las puertas de la Vida Eterna para que ninguno de los que creen en Él, perezcamos para siempre: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá" (Jn 11, 25)

Por tanto, y a modo de resumen:

Si hemos experimentado en nuestra vida que Jesucristo es la Verdad, el Camino y la Vida, ninguno de estos tres enemigos tan poderosos que nos merodean como son el demonio, el mundo o la carne (o con otras palabras: la mentira, el egoísmo y nuestra propia finitud), serán mortales para ninguno de nosotros.

Termino estas homilías que he venido desarrollando en este tiempo de confinamiento, pidiendo a Dios, que así como estos tres enemigos, gracias a su Poder y Misericordia, son inofensivos para nosotros, lo sea muy pronto también, este dichoso virus del Covid 19, y que gracias a una vacuna o un tratamiento eficaz pueda ser combatido con éxito. Que la Virgen María ilumine a los científicos e investigadores que trabajan en pos de este empeño.

PD. A partir de mañana, Lunes 11 de Mayo, comienza, si Dios quiere, el Culto en la Parroquia en la que presto mi servicio sacerdotal, Santa María Madre de la Iglesia de Jerez de la Frontera.

Durante estas semanas de confinamiento, me he valido de este cauce para compartir con vosotros mis reflexiones en torno a la Palabra de Dios de cada Domingo. A partir de ahora tendremos la suerte de poder encontrarnos físicamente en esa, mi querida y añorada Parroquia.

Gracias por vuestro cariño y atención, un abrazo muy fuerte y que Dios os bendiga siempre.

Luis Salado de la Riva.