domingo, 5 de octubre de 2014

Un hombre para la eternidad (A Man for All Seasons, U.K., 1966)

En estos días he vuelto a ver este clásico del Cine histórico ganador de 6 premios de la Academia, entre ellos los de mejor película, mejor director (Fred Zinneman) y mejor actor (Paul Scofield) lo cual para ser una película no estadounidense no es moco de pavo. Aunque para mi gusto, más importantes que esos premios son los de “Mejor Película” de la Oficina Católica de Cinematografía y el premio al “Tratamiento Religoso” del Consejo de las Iglesias Protestantes. Como os podéis imaginar, que ambas instituciones coincidan en reconocer la fiabilidad histórica y el tratamiento preciso y objetivo de los personajes históricos, supone que estamos ante un acercamiento bastante certero a las figuras de Enrique VIII y Tomás Moro. Más si la película está realizada por el mismo país que condenó a muerte a Tomás Moro y que siglos después realiza esta revisión cinematográfica de la injusta condena. 

La película narra los últimos 7 años de la vida de Tomás Moro, hombre de Estado, filósofo, abogado, escritor y pensador de la Corte de Enrique VIII. En esos años, pasa de ser Lord Canciller de Inglaterra a ser decapitado por no reconocer la validez del matrimonio del monarca con Ana Bolena. Los valores del juramento, de la integridad y de la honestidad se sitúan en la cúspide de un personaje que brilla en una época de corrupción, falsedad y ansias de poder. Obedecer a la conciencia y a Dios (y no a los reyes de este mundo) supone para Tomás Moro un cambio radical en su vida, el desprecio de todos, la marginación, la persecución a él y a toda su familia, la cárcel y, finalmente, la muerte. Un hombre sin miedo que será capaz de poner en entredicho a un rey sin conciencia.

La forma de vivir -y de morir- de Tomás Moro le valdrían su canonización por Pio XI en 1935, y aún hoy suponen un ejemplo de integridad moral al alcance de unos pocos elegidos. Enfrentarse a un rey que sólo quiere tener a su lado a personas que dicen sí a todo (Cromwell y Norfolk quedan perfectamente retratados) conceden una altura ética difícil de ver en aquellos -y en estos- tiempos.

Humanista y cristiano, el creador de la obra “Utopía” es uno de los máximos representantes del intento desde la política de unir una sociedad justa con el Reino de Dios predicado por Jesucristo. Ni esa sociedad justa, ni el Reino de Dios, desgraciadamente, forman parte del programa político de unos personajillos que desde hace varios siglos se perpetúan en los cargos cambiando los nombres, los apellidos, y las siglas políticas; pero sin desaparecer los intereses personales no las codicias terrenales.


Valga la siguiente genial cita como paradigma de su pensamiento, ya que aunque no aparece en la película, sí que resume a la perfección sus ideas: El hombre no puede ser separado de Dios, ni la política de la moral. Muchos deberían tomar nota de esta cita del patrón de los políticos y gobernantes, especialmente aquellos que quieren sustituir nuestro Estado aconfesional por un Estado ateo que silencie todas las voces contrarias al pensamiento único que se está imponiendo.

Os invito a ver la película y a disfrutar con la integridad y la coherencia de Santo Tomas Moro.

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