Tal como comentamos la semana pasada, la Primera Carta a los Tesalonicenses es una epístola pastoral dirigida a una comunidad de paganos conversos al cristianismo. La Segunda Carta que hoy comentamos es algo distinta, hasta tal punto que muchos exegetas dudan que su autor sea San Pablo, quien posiblemente solo puso su firma en el texto redactado por otro autor. Dirigida a la misma comunidad -pero unos diez años más tarde- el objetivo fundamental es -en parte- desdecir el mensaje de la Primera Carta. No se trata ya de estar alertas ante la llegada inminente del Señor, sino que esa alerta dura toda la vida, ya que esa venida del Señor no tiene fecha y se pospone hasta un futuro incierto. Ello lo hace a lo largo de los tres capítulos de los que la misiva se compone.
Espiritualmente he escogido medio versículo que habla de la acción santificadora del Espíritu Santo en las vidas de los creyentes:
2 Tesalonicenses 2, 13b:
"En efecto, Dios os eligió desde el principio para que alcanzarais la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad".

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