martes, 8 de abril de 2008

Aprovechemos el día presente

"Existen únicamente dos días durante los cuales es imposible hacer cosa alguna: ayer y mañana. El resto –o sea hoy- nos da todas las herramientas necesarias para conseguir aquello que deseamos."

Hoy me gustaría compartir con vosotros esta frase de Paulo Coelho. Hace poco llegó a mis manos -mejor dicho cayó en mi correo electrónico- y desde entonces veo que puedo encuadrarla con mi cosmovisión cristiana.

Está claro que el pasado nos condiciona y que el futuro nos provoca a veces ansias frente a lo desconocido. El hombre es un ser temporal y no podemos obviar que tenemos que asumir nuestro pasado y proyectar nuestro futuro en busca de nuestra felicidad y la de los que nos rodean. Por eso creo que la frase de Coelho quiere defendernos de dos peligros que atentan contra la salud mental y la fe del hombre: El sentirnos esclavos de un pasado que puede paralizarnos y el angustiarnos obsesivamente frente a un futuro incierto.

Con respecto a la primera dimensión, el Evangelio es muy revelador. El pasado es siempre superado por el presente. No hay tentación, ni pecado, ni acto alguno de nuestra historia que sea definitivo en nuestra relación con Dios, ni para bien, ni para mal. La condenación o la salvación se juegan hasta el último minuto. Usando un símil taurino, hasta el rabo todo es toro; y empleando otro futbolero, el partido no se acaba hasta que el árbitro pita el final. Sin ir más lejos, el sábado hubo que esperar 93 minutos para el Xerez ganara su derbi contra el Cádiz... La afición del Cádiz había sido desalojada cinco minutos antes con la miel del empate en los labios, y muchos del Xerez se habían marchado pensando que ya estaba todo el pescado vendido... Un gol en el instante postrero cambió el estado de ánimo de todos y dio una dimensión nueva a la clasificación de ambos equipos.

Pues lo mismo pasa en nuestra relación con Dios: no se puede vivir de rentas positivas ni tampoco pensar que por nuestro mal comportamiento Él nos ha cerrado todas las puertas. Cristo nos lo clarifica con esa parábola del Dios Padre-Madre que perdona al hijo pródigo y que a la par reprende al hijo celoso. Ni los méritos de uno ni los deméritos pretéritos del otro marcan sus relaciones paternas de manera definitiva. Dios concede un presente nuevo a ambos, unas nuevas relaciones superadoras del pasado basadas en el amor y el perdón. Podríamos concluir que Dios no tiene memoria, o si la tiene, nunca la utiliza para nuestro perjuicio.

Con respecto al futuro la reflexión es más fácil. Me limito a copiar las palabras de Cristo en el capítulo 6 de San Mateo: "No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su afán.". Cristo no estudió psicología, pero sabía perfectamente que el futuro es capaz de paralizar nuestras vidas.

Podemos concluir que Dios es el Señor de la Historia. En el encuentra sentido nuestro pasado, se realiza nuestro presente y se proyecta nuestro futuro. Sabiendo que Dios nos acepta como somos, con toda nuestra carga histórica, y que nos promete un futuro dichoso y que es fruto de su magnanimidad y no de nuestros méritos, Paulo Coehlo lleva razón; esforcémonos sólo por construir nuestro HOY, eso sí añadámosle que sea según la voluntad divina.

viernes, 28 de marzo de 2008

Pascua!

Ha llegado la Pascua, y la alegría debe desbordarse en nuestro interior del mismo modo que pronto lo hará el azahar de nuestros hermosos naranjos. Serán 50 días para rememorar la Resurrección de Cristo y su victoria sobre la muerte.

En efecto, por mucho que a veces no veamos más allá de la cruz, por mucho que nuestros ojos no vean lo que hay detrás de la empinada cuesta que conduce al Gólgota, nuestra fe nos asegura que todo acaba bien. Dios nos asegura que nuestras lágrimas de tristeza se transformarán un día en alegría, y que la aparente ausencia de Dios en la Pasión se troca ineludiblemente en presencia divina redentora y sanante.

Dios nunca nos deja de la mano, e incluso detrás del salmo rezado por Cristo en la cruz "Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?" se oculta una oración de rebeldía pero confiada en que Dios escucha nuestras plegarias, aunque sean desesperadas.

Nuestra historia es Historia de salvación y todo está destinado (si nosotros nos dejamos conducir) a unirnos a la victoria de Cristo glorioso triunfador sobre el mal y la muerte.

Perdonad que insista una vez más con los ejemplos que más me llenan, pero no encuentro otros mejores: Nuestra vida se parece a ese final apretado de un intenso partido de fútbol. Parece que vamos perdiendo, que nuestra fatiga, cansancio y sudor han sido en valde, pero no es así. El gol en el último minuto -que Cristo marca por nosotros- nos da la victoria por la que tanto hemos luchado.

Levantemos el trofeo de la Resurrección que da sentido a tanto esfuerzo.