domingo, 31 de mayo de 2015

La Trinidad

Hace unos años expuse unas pinceladas del misterio de la Santísima Trinidad. Este año me voy a conformar con compartir con vosotros una especie de parábola del teólogo Segundo Galilea que he leído hace poco a mi modo de ver muy acertada.

En ella nos transmite una idea que se corresponde con el dogma que hoy celebramos. El misterio de la Trinidad (un solo Dios pero tres personas distintas, algo inaccesible a la racionalidad humana) lejos de ser un obstáculo a la fe, es más bien una prueba de que dicho dogma no es invención de la Iglesia sino revelación divina. No tendría sentido que la Iglesia hubiera inventado algo que ni siquiera ella misma fuera capaz de explicar a sus miembros.

La historia dice así: 

Un joven deseoso de conocer la verdadera religión se acercó a un sabio para que lo aconsejara. El sabio lo envió a entrevistar a teólogos de varias religiones.
Un teólogo le explicó su religión, haciéndole ver que en ella no todo se podía comprender, y que se requería fe para aceptar misterios y verdades que nuestra inteligencia no podía abarcar. Al joven le atrajo esta religión, pero no le gustó que hubiera tantos puntos misteriosos. 
Otro teólogo le explicó su religión, que era muy fácil, sin misterios y con creencias que se entendían claramente.Al joven le gustó. 
Volvió al sabio y le dijo:
−Encontré la religión que buscaba, donde uno comprende todo y no hay misterios ni dogmas de fe.
El sabio le respondió:
−Precisamente ésa es la prueba de que la religión que te gustó no es la religión verdadera, sino que es hecha por hombres a la medida de los hombres. 
En cambio, una religión con misterios y verdades que no entendemos con claridad, pero que son razonables, viene de Dios. Dios es tan diferente de nosotros, y nuestra inteligencia tan limitada frente a él, que al comunicarnos sus verdades, éstas nos deslumbran y quedan oscuras para nosotros. La demasiada luz nos enceguece, por eso necesitamos de la fe para recibir la luz.

domingo, 24 de mayo de 2015

Pentecostés


Ya han pasado 50 días desde el Domingo de Resurrección. Bueno, en realidad 49, pero se aprovecha la festividad de un nuevo domingo para celebrarlo. Lo cierto es que con el día de hoy termina el tiempo de Pascua y las celebraciones de la victoria de Cristo sobre la muerte. 

Para hacerlo, conmemoramos la entrega del Espíritu Santo a la Iglesia reunida en oración en las personas de los apóstoles. A ellos se les encarga anunciar la Buena Noticia de la salvación a todos los hombres, proceso que se ha extendido a lo largo de la Historia hasta llegar a nuestros días.

Jesús se marcha con su Padre, pero para no dejarnos solos nos entrega su Espíritu, el Espíritu Santo Paráclito (palabra griega que significa "Defensor", recuerdo que cuando oía esa palabra de pequeño me sonaba a "parásito" y pensaba que era algo malo...) que recibimos en nuestro Bautismo.

Hay un precioso himno litúrgico anónimo que desgraciadamente pasa desapercibido en el día de hoy, que se llama "Secuencia" y que en muchas celebraciones se omite. Por si es el caso, lo comparto con vosotros, y si habéis tenido la oportunidad de escucharlo ya, espero que lo volváis a disfrutar:

Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre, Don, en tus dones espléndido.
Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, Dulce Huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, si no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.
Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.


Amén. Aleluya