Para ilustrar esta auto-ayuda que produce el perdón a quien lo practica, el orador nos leyó un cuento muy breve de Anthony de Mello muy sugerente que hoy quería compartir con vosotros:
Un exconvicto de un campo de concentración nazi fue a visitar a un amigo que había compartido con él tan penosa experiencia.
–"¿Has olvidado ya a los nazis?", le preguntó a su amigo.– "Sí", dijo este.
– "Pues yo no, aún sigo odiándolos con todo mi alma", respondió el primero
– "Entonces aún siguen teniéndote prisionero", sentenció su amigo.
Creo que no cabe un mensaje más profundo en cuatro líneas. El perdón beneficia, sobre todo, a quien lo concede. Proporciona una paz espiritual y un bienestar interior que no se puede comparar a quien se deja llevar por el odio y el resentimiento. El perdón no sólo es un mandato evangélico sino que también es psicológicamente curativo.
En este sentido, me recordó el visionado de la película de Cotelo El Mayor Regalo, porque es también muy necesario su visionado para quien quiera aprender el poder curativo de el perdón.

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