Os propongo hoy una pregunta que alguna vez todos seguramente nos habremos hecho: ¿Qué hace que el hombre sea un ser religioso?, ¿Que factores mueven al hombre a abrirse a la trascendencia?
Sería simplista y pretencioso por mi parte dar una respuesta en unas líneas a lo que ha necesitado ríos de tinta para ser estudiado. No pretendo hacer un tratado de Teología Fundamental o de Fenomenología de las Religiones, sólo exponer algunos peligros que me parecen rondan a todo cristiano.
1. Se puede tener la visión de un Dios "castigador". Creo que es lo que más ha abundado en la historia, ese miedo al Dios "vengador", celoso y hasta un poco "sádico" que disfruta con el sufrimiento humano. El miedo al infierno y la angustia del castigo eterno hacen el resto. Conlleva una religión ritualista, escrupulosa, asustadiza y hasta cierto punto masoquista.
2. También podemos tener un Dios "comercial". Yo te doy, tú me das. Quid pro quod, que dirían los latinos. Si Dios me va concediendo lo que yo le pido, es mi amigo y me interesa el asunto. Si se corta el grifo, siempre existe la posibilidad de buscar otra trascendencia más beneficiosa para el devoto. Me abstengo de comentar muchas prácticas santeras: velitas, reliquias, novenas... más propias de otras épocas pero vigentes en la actualidad. Creo que es lo que más prolifera -en general- en el mundo de las imágenes y de ciertas prácticas piadosas más cercanas a la superstición que a la religión. Conlleva una religión en la que de lo que se trata es de conquistar el favor divino que se resiste a ser accesible al hombre.
3. También tenemos el Dios "espejo" o el Dios "proyección". No le faltaba razón a los maestros de la sospecha -fundamentalmente Feuerbach, Marx, Nietzsche o Freud- cuando afirmaban que para muchas personas su experiencia religiosa no es sino una proyección, una alienación, una fantasía o un sentimiento de culpa no asumido. Evidentemente no tenían razón en todas sus acusaciones, pero sí desenmascararon muchas idolatrías e hipocresías. Es un universo tan amplio de actitudes que resulta imposible transcribirlas en unas líneas. Espero otro día poder explayarme más en este apartado.
4. Por último está el Dios de Jesucristo. El Nuevo Testamento nos deja algunas pistas para conocerlo. Para empezar, el mismo Cristo es el rostro visible de ese Dios invisible. Es un Dios Padre, pero no tonto; es un Dios justo, pero no sádico, es un Dios providencialista, pero no "apagafuegos", es un Dios, resumido y en una palabra, AMOR.
Os recomiendo una oración para purificar en el día de hoy nuestra imagen de Dios. En ella se nos invita a creer en un Dios que no es lo que yo espero de él, sino lo que el es y punto. Además de su pureza gramatical -es un soneto de rima perfecta del s. XVI- como oración cristiana no tiene desperdicio. Aunque atribuido a Santa Teresa de Jesús, se considera Anónimo. Seguro que sí el autor/a no es la Santa de Ávila su creador de seguro estará con ella -anónimamente- en los altares.
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

