martes, 14 de octubre de 2008

Reuniones de madres

Todos los años lo mismo. Resulta curioso que, aunque pasen los años, y vaya peinando alguna que otra cana, me sigan sorprendiendo la apatía y la desidia generalizada de las madres de los niños que van a prepararse para la primera comunión.
Después de hablarles de la importancia de la asistencia a la Eucaristía (que debe ser para un cristiano un deleite y no una obligación...), después de pedirles que se impliquen en la preparación de sus hijos, en las oraciones y los temas, en que estimulen a sus hijos con el ejemplo de sus vidas... etc. llega el momento del climax en la reunión. Suele ser más o menos siempre de esta manera:

- "¿Se ha entiendido todo bien?"
- "Claro que sí, claro que sí". -asienten las madres como diciendo: "Como le digamos que no, nos suelta otro tostón...".Seguro que otras están pensando en ese preciso momento: "Habla, habla, que por mucho que digas no nos vas a ver el pelo hasta el día de la primera -y última-comunión..."
- "¿Hay alguna pregunta, entonces?" -Dice uno sabiendo lo que va a venir a continuación...
- "¿Sabe ya la fecha de la Primera Comunión? Es que hay que reservar con tiempo el lugar de la celebración..."- "Eso, eso, que después está todo cogido"... jalean el resto de las madres mientras el murmullo va subiendo de tono y el orden en la reunión se va escapando de las manos...

Entonces es cuando el alma se te cae a los pies. Cuando uno se siente el tío más imbécil del mundo puesto al servicio de una estrategia-marketing social que parece ser lo único que preocupa a la mayoría del personal.
Se que estoy generalizando, pero me parece que encontrar unos padres concienciados y preocupados por la educación religiosa de sus hijos es más dificil que toparse con Pocholo en una biblioteca. Es tan difícil, que pasan desapercibidos en esas reuniones multitudinarias, y sólo en el contacto semanal de aquellos que van a misa, saludan, preguntan por sus hijos... van apareciendo algunos mirlos blancos que hacen que esta vocación siga mereciendo la pena.
Mientras la Iglesia sigue debatiendo sobre financiación, aborto o eutanasia -temas todos ellos que merecen mi máximo respeto- la poca formación o preocupación del común de los bautizados hace que la Iglesia se desangre en una hemorragía que parece no tener fin.
Esperemos que vengan tiempos mejores, aunque me estoy viendo ya, el año que viene, con alguna canita de más y volviendo a escuchar el "¿Se sabe ya cuando será el día de la primera Comunión...?"

martes, 7 de octubre de 2008

El mundo al revés

Hoy me atrevo a crear yo mi propio cuento. Cierto que la idea no es mía, la he visto en la revista de catequesis de nuestra diócesis, pero sí me he atrevido a ponerla por escrito a manera de relato breve. Creo que es una historia con un mensaje profundo y que nos puede ayudar a reflexionar sobre como está nuestro mundo...

Dos hermanos coincidieron después de muchos años sin verse. El primero de ellos era un sacerdote de una pequeña capilla de una gran ciudad. El otro era un afamado político que casualmente iba a dar un mitin en la población donde vivía el sacerdote.

El sábado por la noche, el sacerdote se acercó a escuchar la intervención de su hermano, y quedó gratamente sorprendido. La puesta en escena era impresionante, vinieron autobuses de toda la provincia a escuchar a su hermano, y éste no defraudó. En un abarrotado escenario, la música potente y el ondear de las banderas creaban un clima propicio para la euforia. Gesticulante, entusiasmado, con ironía, chispa y desenfado, el orador consiguió arrancar miles de aplausos, ovaciones, vítores y cánticos. Toda su intervención consistió en atacar al partido político rival y en prometer un sinfín de ayudas, subvenciones, trabajos, mejoras y accesorios para la urbe. Al salir del escenario, repartió miles de besos y abrazos entre los asistentes que no dejaban de aclamarlo.

A la mañana siguiente, el político se acercó a la capilla de su hermano. La misa era a las 11:00 y sólo unas cuantas personas mayores ocupaban los últimos sitios de las bancas. Una música mas bien propia de los años ochenta se oía por unos viejos altavoces. Comenzada la misa, pronto se hizo notar que la megafonía era un desastre. Apenas se intuía las oraciones que su hermano decía, a lo que no ayudaba el que éste lo hacía deprisa y sin entonación ninguna. Mirando a su alrededor, el político vio como algunos feligreses bostezaban, como un teléfono móvil no paraba de sonar ante la indiferencia de su propietario y como el resto del personal parecían distraídos o pensando en sus cosas. La homilía se hizo eterna, con un lenguaje inaccesible a los oyentes y un tono de voz que incitaba a una siesta mañanera. A la hora de darse la paz, un frío saludo o un gesto con la mirada fueron las únicas concesiones entre los dispersos asistentes. La misa terminó como comenzó, en un ambiente desangelado y más bien triste.

A la hora de la comida compartieron una distendida charla entre hermanos. Recordaron viejos tiempos, rieron rememorando anécdotas de la infancia y la juventud y fue ya a los postres cuando se sinceraron el uno con el otro.

“¿Sabes?” -Afirmó el cura-. “Cuando me hice sacerdote soñaba con tener un éxito como el tuyo anoche. Soñaba con llenar los templos, con las felicitaciones, los elogios y conque todo el mundo tuviera fe gracias a mis predicaciones. Con el tiempo me he ido dando cuenta de que o yo no lo hago bien o a la gente no le interesa lo que les cuento…”

“Te diré una cosa”, -respondió su hermano- “Cuando me hice político soñaba con defender a los ciudadanos, con ser justo, honrado, no engañar a nadie y decir siempre la verdad. Con el tiempo también me he dado cuenta de que todo eso es imposible”.

“En el fondo somos víctimas de nuestra propia sociedad…” -dijo meditabundo el cura-. “Tu te pasas toda tu vida diciendo mentiras como si fueran verdades y yo intento trasmitir verdades que sólo parecen mentiras…”

“Me temo que llevas toda la razón”, -afirmó el político mientras asentía con la cabeza y apuraba su taza de café.