viernes, 26 de abril de 2013

Yo Confieso (I Confess, EEUU, 1953)

Quizás pocos sepáis que Alfred Hitchcock era un hombre profundamente religioso. Fue criado en una familia de clase media con una estricta doctrina católica. Fruto de su vida cristiana nació está película que hoy os comento, de la que seguro muchos de vosotros seguramente ignorabais su existencia. Estoy seguro que habréis disfrutado con Psicosis, Los Pájaros, El Hombre que Sabía Demasiado o Con la Muerte en los Talones como obras maestras del mago del suspense, por citar sólo algunas de sus películas más conocidas. Por ellas no pasa el tiempo, da igual que estén en blanco y negro o en color, son y serán siempre referencias del Séptimo Arte.

Pues bien, Yo Confieso (I Confess, EEUU, 1953) poco tiene que envidiarle a las anteriormente citadas. Cinematográficamente, es de una calidad semejante, con unas interpretaciones de Montgomery Clift y de Anne Baxter sencillamente espectaculares. Por lo que respecta al argumento, presenta un guion y una tensión constantes que son culminadas con la brillantez y la genialidad que caracterizaban a Hitchcock.

No se trata de contaros la película (os invito a verla, la disfrutaréis y me lo agradeceréis…) pero sí de dar algunas pistas que orienten su visionado. La acción se desarrolla en la ciudad canadiense de Quebec, donde también está rodado el film. En esta ocasión, a diferencia de otras películas de intriga, el culpable es conocido por el espectador desde la primera escena. Otto Keller (un exiliado que trabaja como sacristán y jardinero de una parroquia) asesina al Señor Villette (un abogado) disfrazado con una sotana. Inmediatamente acude a la Iglesia y cuenta su crimen en confesión al Padre Logan, quien va a parecer culpable de dicho asesinato por no poder revelar lo oído en confesión y por no tener coartada, ya que en el momento del crimen se había citado a escondidas con Ruth, una amiga a quien precisamente el asesinado estaba chantajeando. Reuniendo todos estos indicios, y al no querer defenderse, el inspector Larrue acusa al Padre Logan de asesinato por lo que tendrá que someterse a un severo juicio.

Ya no puedo contar más, pero ya tenemos el debate moral planteado. De hecho, el slogan publicitario del film fue: "Si supieras lo que él sabía... ¿Qué harías?". La película nos adentra en el drama interno de un sacerdote que podía ser condenado a la muerte (en aquella época era una posibilidad real en Canadá) si no revelaba el nombre del asesino. Más allá aún, en el caso de que el juez lo declarase inocente por falta de pruebas, ¿Quién confiaría en un sacerdote que tendría que cargar el resto de su vida con la sospecha de ser un asesino? ¿No sería preferible ser condenado y morir a llevar una vida tan miserable…? El Padre Logan está irremediablemente atrapado en un callejón sin salida. Ningún sacerdote puede revelar nunca, a nadie, bajo ningún concepto y bajo la pena de excomunión lo escuchado en confesión. ¿Cómo logrará salir airoso este sacerdote y su honor mancillado sin quebrantar el secreto de confesión…?  Solo viendo la película lo descubriréis, verdaderamente merece la pena…

Respecto a los diálogos, algunos son muy interesantes. El tema del enamoramiento de un sacerdote da mucho juego morboso y mantiene la tensión en todo momento, estas dos frases son buena muestra de ello...:

Ruth Grandfort: "Te amo, Michael. Siempre he estado enamorada de ti".
Padre Logan: "Lo sé".
R.G.: "Sé que está mal. No puedo evitarlo...".

Pierre Grandfort: ¿Qué hace uno cuando su esposa está enamorada de un sacerdote?

Espiritualmente son más aprovechables las palabras -y los silencios- del Padre Logan. Tanto en su honestidad en la relación con Ruth como en el silencio sobre lo escuchado en la confesión de Otto demuestran una integridad al alcance de pocos. Está incluso decidido a arriesgar su vida por no perjudicar a ninguno de ellos. En el juicio suelta una de esas frases lapidarias que merecen subrayarse:

"Nunca pensé en el sacerdocio como un lugar donde esconderse".

En este mismo sentido espiritual una escena destaca muy por encima de las demás. Aquella en la que el Padre Logan pasea por la ciudad mientras la policía lo acecha. Él aparece al fondo de la imagen, muy pequeño, mientras sube una empinada cuesta. En primer plano el espectador ve una estatua de Cristo cargando con la cruz camino del Gólgota. Ambos inocentes, ambos pasando su Vía Crucis particular. Sencillamente genial.

En fin, para saber cómo se resuelve la trama insisto que merece la pena visualizar el film. Termino con la descripción de Fernando Morales (crítico de Cine de “El País”, periódico que no se caracteriza precisamente en España por su afinidad con la Iglesia...) de la película: "Una de las mejores películas de la historia del cine. Todo en ella es grandioso. Intriga de principio a fin para un filme original y creíble". Amén.

Juan XXIII: Decálogo de la serenidad


Os presento hoy una oración, creada por el “Papa Bueno”, el Beato Juan XXIII (1881-1963). Parece mentira que hayan pasado tantos años y esta plegaria no haya perdido actualidad. Es más, mucho me temo que en la sociedad del stress y de la ansiedad que a todos nos afecta deberíamos tomar buena nota de los sabios consejos que nos transmitió Angelo Roncalli ya que son más actuales que nunca. El Papa “de transición” que revolucionó la Iglesia convocando el Concilio Vaticano II para “abrir las ventanas” de la Iglesia y que entrara aire fresco nos deleitó también con palabras como las que tenéis a continuación. Nuestra sociedad está enferma. Los psicólogos y los psiquiatras no dan a basto porque la propia dinámica de nuestro entorno nos genera angustia y ansiedad vital. Son los nuevos sustitutos de los antiguos confesores. Las personas han perdido su dimensión espiritual y se sienten vacías por dentro. Hoy os presento, sino el remedio, si al menos unas gotitas de la solución a muchos de los problemas actuales. Leámosla, releámosla y lo que es más importante, intentemos llevarla a la práctica porque seguro que viviremos más tranquilos, más serenos y más felices. Que nos aproveche… 

1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez.

2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mi mismo.

3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en este también.

4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos procuraré que nadie se entere.

8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9. Sólo por hoy creeré firmemente aunque las circunstancias demuestren lo contrario que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie
existiera en el mundo.

10. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.