Lo primero que quiero dejar claro es que esta entrada no responde a mis aficiones taurinas. De hecho, no me gustan los toros. Pero no, tampoco me encasilléis como antitaurino. No me posiciono ni a favor de unos ni de otros, respeto a quienes son aficionados y sinceramente, me parece que hay muchas cosas que arreglar en este mundo antes que prohibir un espectáculo en el que a fin de cuentas, lo que sufre es un animal. Yo sería partidario de abolir los toros en el momento en que se alcanzara una justicia social equitativa. Mientras la humanidad no alcance ese grado de madurez, no veo como prioritario el suprimir este tipo de espectáculos. Me preocupa más el sufrimiento de las personas y me consterna aún más tener la certeza de que quienes critican los toros o protegen a las focas del Ártico no mueven un solo dedo por solucionar el hambre en el mundo. Así es que quiero que quede claro que no quiero polemizar ni entrar en un debate del que me mantengo al margen: ¿Es compatible ser torero y cristiano? Supongo que aquellos que entienden la tauromaquia como una tortura animal responderán que no, mientras que los que afirman que es un arte afirmarán que sí. Yo, como digo, expresada mi humilde e ignorante opinión en un campo que no domino, doy un paso al lado y me centro en el testimonio de fe de la persona, Juan José Padilla.
Y lo hago por dos motivos. En primer lugar porque Juan José es mi paisano, lo conozco personalmente (no tanto como mi hermano) y pertenecemos a la misma Hermandad de San Mateo en Jerez de la frontera. No es, por lo tanto, un post “de oídas”, sino un post del que certifico que cuanto se dice en él es real y verídico. En segundo lugar, porque polémicas aparte, ser torero significa estar hecho “de otra pasta”. Todos los días se juegan la vida, ven a la muerte cara a cara y se enfrentan a ella con pasmosa naturalidad. Un sentimiento que debería ser común en todos los cristianos y que por el contrario, a menudo -me incluyo- esquivamos. Preferimos pensar en fútbol, en política, en televisión, en toros, en viajes, en dinero, en nuestras relaciones… o en cualquier otro tema menos en la muerte. Un torero, no. Un torero convive con la presión de que hoy puede ser su último día, que sólo existe el ahora porque el afilado asta de un morlaco puede ser lo último que vea y que sienta unas horas más tarde. Desde que se levanta hasta que se acuesta tiene en mente que las cosas a las que el resto de los mortales concedemos demasiada importancia son, en realidad, relativas, y que quizás está viviendo el último día o la última faena de su vida. Las cicatrices de su cuerpo se lo recuerdan cada vez que se mira al espejo. Muchos compañeros y amigos suyos han perdido la vida en el intento y por ello son conscientes del peligro real que los acecha.
Por todo lo anteriormente dicho, el mundo del toro es un mundo donde religiosidad y superstición son muy difíciles de separar. Ambas se dan la mano y encuentran un lugar común en la Religiosidad Popular. Lejos de los libros y los tratados de Teología, lejos de la Liturgia Romana pero cercana a las Capillas que existen en todos los cosos y a los altares que casi todos los toreros tienen en sus casas. El torero es por ello religioso por devoción y casi por obligación.
Juan José Padilla (Jerez de la frontera, 23-05-1973), en concreto, es costalero del Paso de Nuestro Padre Jesús de las Penas (del que lleva una imagen en el interior de su montera y otra en su capote de paseo) y muy devoto de la Virgen del Rocío, donde cada otoño, al terminar la temporada, acude a darle gracias a la Virgen por los favores concedidos. Juan José Padilla, “El Ciclón de Jerez”, ha sufrido dos graves percances. El primero de ellos el 14 de julio de 2001 en La Monumental de Pamplona. Una cornada de un Miura en su cuello estuvo a unos centímetros de acabar con su por entonces apenas comenzada carrera. La segunda cogida, más mediática, fue el 7 de octubre de 2011, cuando en el coso de La Misericordia de Zaragoza un toro de la ganadería de Ana Romero lo corneaba desde la mandíbula hasta la órbita ocular izquierda. A consecuencia de esta segunda cogida pierde el ojo izquierdo para el resto de su vida, y su nombre artístico tras su reaparición es para muchos el de “El Pirata Padilla”. la imagen que os pongo habla por sí sola de la gravedad de la cornada.
Cuentan quienes presenciaron la cogida que tras el “…No veo, no veo…” inicial fue trasladado a la enfermería de la plaza. Durante el camino sólo se le oyó decir varios dramáticos “…mis hijos, mis hijos…”. Allí ya sí le dijo al médico que le asistía “En sus manos estoy y en las de Dios”. En sus propias palabras, su siguiente recuerdo es despertar en la UCI, “dándole las gracias a la Virgen del Pilar por haberme echado su manto y poder ver de nuevo a mi familia y a Dios porque me permitió seguir con vida”. A partir de ese momento su fe se acrecentó, comenzó a ir a retiros espirituales y a conocer a través de amigos comunes la figura de San José María Escrivá de Balaguer.
Tras una rehabilitación durísima, el 3 de marzo de 2012 reapareció en Olivenza (Badajoz). Antes de volver a los ruedos quiso recibir la bendición de un sacerdote. Llamó a mi hermano Luis, a quien ya conocía de la Hermandad y de sus años como Sacerdote en Sanlúcar de Barrameda, y mantuvieron una profunda e interesante charla espiritual. Mi hermano bendijo el traje verde (esperanza) bordado de laurel con el que triunfó aquella tarde. Orgulloso de su parche -“herida de guerra”- mi hermano lo describe como una persona sencilla, humilde, creyente, honrada y honesta. Cualidades que hoy, desgraciadamente, no abundan.
Cabe destacar del mismo modo que Juan José Padilla fue uno de los impulsores de la Parroquia de San Pedro -de nueva creación- existente en La Jara (Sanlúcar de Barrameda), de la que es feligrés. Allí es uno más y trabajó a destajo recaudando fondos para su construcción, incluyendo la coordinación de un festival taurino que fue todo un éxito suyo y de mi hermano. “El movimiento se demuestra andando”, dicen, y Padilla no es sólo de los que hablan sino de los que actúan.
Recientemente, en un libro homenaje a Benedicto XVI, Juan José ha escrito: “Ser hombre de fe es saberse hijo, sentirse hijo del Padre celestial, al que debemos la existencia, y quien nos espera al final del tortuoso camino. Un camino en el que no faltan las penalidades, los reveses. Reveses que se superan mejor desde esta vivencia de la fe. En la prueba que he pasado, yo abracé la verdad más profunda de mi vida: la fe y mi familia”.
Padilla es un hombre que vive para su familia. Que curioso -no tan curioso, diría yo- que fe y familia van siempre de la mano. Hace unos días, en el post de Vicente del Bosque veíamos ese mismo testimonio: la fe lleva a la familia y la familia es transmisora de la fe. A propósito de la familia, y para concluir el post, rescato otra perla del libro anteriormente mencionado que no tiene desperdicio:
“Mi mujer y mis dos hijos son para mí el mayor orgullo. Ahora, como hicieron mis padres, me ocupo de sus estudios, de su educación, y tengo una familia feliz. Mis padres y mis hermanos han dado siempre mucho apoyo en mi carrera. El poder contar con unos padres y unos hermanos que te ayudan, y una mujer y unos hijos, es para mí de un gran valor. Como dice Benedicto, contar con la familia es lo más importante para una persona”.
Para que más. Como dijo un colega suyo de profesión, en un lapsus que será eternamente recordado: "En dos palabras: Im-presionante…"


