lunes, 22 de abril de 2019

San Agapito

La Iglesia celebra hoy a San Agapito I (+536), 57º Papa que lucho incansablente por la libertad de la Iglesia y por la libre elección de los Patriarcas de las iglesias. Copio para la meditación la historia de la controversia de la elección del patriarca de Bizancio, en la que e entrometía la emperatriz Teodora:

No bien hubo llegado el Papa, la mayoría prominente del clero mostró cargos en contra del nuevo patriarca (Anthimus), como un intruso y un herético. Agapito le ordenó hacer una profesión escrita de la fe y volver a su sede abandonada; sobre su negativa, rechazó tener cualquier relación con él. Esto enfadó al Emperador, que había sido engañado por su esposa en cuanto a la ortodoxia de su favorito, llegando al punto de amenazar al Papa con el destierro. Agapito contestó con el espíritu: "Con anhelo ansioso vengo a mirar hacia el Emperador Cristiano Justiniano. En su lugar encuentro a un Dioclesiano, cuyas amenazas, sin embargo, no me aterrorizan." Este atrevido idioma hizo que Justiniano tomara una pausa; siendo convencido finalmente de que Anthimus era poco sólido en la fe, no hizo ninguna objeción al Papa en ejercitar la plenitud de sus poderes a deponer y suspender al intruso, y, por primera vez en la historia de la Iglesia, consagrar personalmente a su sucesor legalmente elegido, Mennas.

domingo, 21 de abril de 2019

San Anselmo

Celebramos hoy a San Anselmo de Canterbury (1033-1109), santo italiano obispo y Doctor de la Iglesia que desarrolló su labor en Italia, Francia e Inglaterra. Fue un genio de la Metafísica y de la Teología, aún sabiendo que el contacto con Dios no se encuentra solo en los libros sino sobre todo a partir de la experiencia. De ahí su famosa frase: "Haz, te lo ruego, Señor, que yo sienta con el corazón lo que toco con la inteligencia". Sus últimas palabras antes de morir fueron estas: "Allí donde están los verdaderos goces celestiales, allí deben estar siempre los deseos de nuestro corazón". Copio para la meditación el argumento ontológico con el que pretende demostrar de manera racional la existencia de Dios:

1. Si nos ponemos a pensar en la cosa más grandiosa tal que nada más grandioso (perfecto) pudiera pensarse nos viene a la cabeza la idea de Dios. Parece evidente que Dios es lo máximo pensable.

2. Entonces, como mínimo, Dios existe en mi mente (o entendimiento) ya que puedo pensar en él, es un contenido mental; pero si existiese además fuera de él (en la realidad) sería aún más grandioso (perfecto). Si tenemos dos objetos, uno que existe y otro que no, parece lógico afirmar que el que existe es más perfecto que el que no existe. La existencia es un atributo de perfección.

3. Si Dios sólo existiera en mi mente cabría pensar en otro ser superior a él que existiera también en la realidad. Pero como Dios es lo máximamente pensable (lo más perfecto que cabe concebir) ha de existir también en la realidad ya que si no no sería lo máximamente pensable. Ergo, Dios necesariamente ha de existir.