martes, 2 de diciembre de 2008

Adviento

Como en años anteriores, la asociación de Belenistas "La Adoración" me ha pedido una colaboración para su revista "Pesebre". Este año me ha salido un artículo un poco más teológico de la cuenta, pero bueno, no está mal que entremos un poco en el fondo del misterio del nacimiento de Cristo de vez en cuando...
Os lo copio para que también os ayude a vosotros a meditar antes que el niño nazca:

La pregunta que vamos a intentar esclarecer en este artículo es la siguiente: ¿Cuántas veces ha venido Cristo al mundo?. En principio, la respuesta parece obvia: Una.
Sin embargo, la Teología clásica ha hablado siempre de una “triple” venida de Cristo, coincidiendo con las categorías temporales en las que todo ser humano desarrolla su existencia: Pasado, presente y futuro. Vamos a ver en qué consiste cada una de ellas.
La primera de ellas, coincidiendo con el tiempo pasado, es la que nos resulta más evidente: La llegada en carne y hueso de Cristo al mundo. Es el Nacimiento y posterior desarrollo vital de quien para nosotros no es sólo un personaje más de la historia –Jesús de Nazaret- sino del mismísimo Dios hecho Hombre. Recordamos y celebramos, por lo tanto, mucho más que la simple efeméride de un acontecimiento puntual de la historia. Para los cristianos es el punto más elevado de la historia, aquel en el que se tocan el cielo y la tierra. Tan importante fue para la historia de la humanidad que a partir de entonces medimos el tiempo en “antes” y “después” de Jesucristo. Su primera venida al mundo, espiritualmente hablando, tampoco tiene desperdicio: Nace de una muchachita Virgen en el pesebre de una aldea pobre, perteneciente a un país arrinconado en los suburbios del Imperio Romano. Nada más lejos de lo que se podía esperar de la llegada de Dios al mundo. Nace entre la indiferencia de muchos, la búsqueda de otros –los Magos- y el odio de quien ve peligrar su poder –Herodes-.
La segunda de las venidas, coincidente con el tiempo futuro, es la que confesamos en el Credo “…desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y los muertos…”. Es la llegada gloriosa y triunfante de Cristo al final de los tiempos, lo que en griego se conoce como la “parusía”. Me parece que la expresión artística más significativa de esta llegada de Cristo es el frontal de los frescos de la Capilla Sixtina de Roma. En ellos vemos a un Cristo juez –casi estremecedor- que manda a unos al cielo y a otros al infierno. No deja de ser un símbolo perteneciente a una cultura y una mentalidad determinadas, pero expresa visiblemente el significado de este Cristo poderoso, Señor de la Historia y que dará a cada uno lo suyo en función de su fidelidad al Evangelio. Pero no es miedo o pánico lo que esta llegada debe producir en nosotros. Una de las pocas expresiones arameas (la lengua materna de Jesucristo y de sus apóstoles) que han llegado hasta nuestros días es la oración “Marana Tha” que se traduce por “Ven, Señor Jesús” con la que las primeras comunidades cristianas expresaban el anhelo de que ese retorno glorioso de Jesucristo se produjera cuanto antes. Nada tiene que temer quien pone su fe en Cristo y en su Palabra.
La tercera y última de las venidas de Cristo es la que coincide con el tiempo presente y pasa, sin embargo, más desapercibida. Es la llegada a cada uno de nuestros corazones, conciencias, almas…(llamémoslo como queramos) en el aquí y ahora. Es la continua llamada a ser mejores, a reproducir esa vida de Amor y de perdón que Cristo vino a traer al mundo. Es también la presencia de Cristo en el Sagrario, en la Eucaristía, a traves de su Palabra o de los mas necesitados. Es el Cristo que hoy vuelve a nacer –y vuelve a ser crucificado- en los enfermos, en los toxicómanos, en los emigrantes, en las prostitutas, en el refugiado, en el seropositivo, en el abatido, en la víctima del terrorismo o la guerra, en el niño no nacido y aniquilado en el vientre materno, en el parado que no encuentra trabajo, en el depresivo que no le ve un sentido a su vida… en definitiva, en todo ser que sufre y que me interpela para que le ofrezca una mano amiga que lo ayude a levantarse.

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