lunes, 29 de noviembre de 2021

Canción de Cuna (España, 1994)

Comentamos hoy la incursión en el cine de temática religiosa que el genial director español José Luis Garci realizó a mediados de los 90. Recuerdo haber ido a verla al Cine como un joven de 19 años (reconozco que el reclamo de Maribel Verdú fue importante a la hora de comprar la entrada, aunque sinceramente su actuación es de lo más flojo de la película) y quedé impresionado por la belleza de la fotografía de Manuel Rojas y la profundidad de los diálogos, que te transportaban a un mundo casi idílico y lleno de ternura femenina. Posteriormente descubrí que la historia está basada en una obra de teatro de Gregorio Martínez Sierra. Con el paso de los años he tenido la gran suerte de conocer a algunas monjas de clausura, y puedo afirmar sin miedo a equivocarme y como testigo privilegiado (casi como el entrañable personaje de Alfredo Landa, el doctor Don José) que Garci estuvo muy bien asesorado y captó a la perfección el ambiente de un convento, al menos en lo que yo he percibido.

Leyendo las críticas sobre la película uno puede llegar a confundirse. Algunos la plasman casi como una obra maestra del séptimo arte y otros como una especie de bazofia con moralina. Creo que a la hora de realizar una crítica cinematográfica hay que ser más serios, y no dejarse llevar por los prejuicios, ni a favor ni en contra, que uno pueda tener acerca de la temática religiosa que aborda el film. Tengo la sensación de que muchas personas valoran el conjunto de la obra según su posición creyente-agnóstica-atea, lo cual en cualquiera de los tres casos no ayuda a ser objetivo con este tipo de películas. Como muestra un botón: el film fue ganador -entre otros- de cinco premios Goya y dos del Festival de Montreal. Si fuera tan mala como algunos críticos opinan no creo que se hubiera hecho acreedora de estos galardones. Si por el contrario fuera la quintaesencia del celuloide habría ganado un Óscar o al menos haber estado nominada, cosa que tampoco sucedió. Por lo tanto, en el término medio está la virtud, como decía Aristóteles

El argumento parte de la adopción por parte de las religiosas de un convento dominico (a través de la figura del médico) de una niña abandonada a las puertas del mismo. Este hecho da pie a que conozcamos la interioridad del lugar, con el día a día y las tensiones, alegrías, miedos, preocupaciones... de una comunidad de religiosas del s. XIX. El reparto está encabezado por Fiorella Faltoyano (Madre Teresa), Amparo Larrañaga (Sor MarcelaVirginia Mataix (la maestra de novicias), y la bonachona madre Tornera interpretada por María Luisa Ponte.

Los temas espirituales que plantea el film son interesantísimos, apunto algunos:

- Los diálogos entre la maestra de novicias y las aspirantes a monjas no tienen desperdicio, dejándonos entrever una época estricta en la disciplina de los conventos, en los que los espejos eran signo de vanidad y la obediencia la regla máxima a cumplir. 

- El enamoramiento (los coqueteos entre Don José y la Madre Teresa son tan sutiles como cargados de nostalgia) tiene sin embargo cabida entre Teresa (Maribel Verdú) y el joven interpretado por Carmelo Gómez. Hay por ello una diferenciación entre un amor que te lleva a consagrar la vida a Dios y otro amor de pareja, ambos legítimos pero incompatibles, cuestión esta que provoca dolor en quien se siente llamado a compartir ambos amores. Esta tensión interna queda muy bien reflejada y tratada con mucho tacto en la trama. Valga como prueba esta frase de Don José, una mezcla de comicidad y amargura para justificar su soltería: “En este mundo ¿con quién se puede caer en la tentación del matrimonio si todas la muchachas bonitas se han venido al convento?”

- Otros temas como el instinto maternal de las religiosas, la ternura y la delicadeza que impregnan sus vidas, la entrega a Dios y a los demás desde el aislamiento, el silencio y la oración... tienen todos ellos cabida en unos diálogos cortos pero cargados de profundidad. La repetida frase en diferentes contextos "Saber mirar es saber amar" me parece en este sentido cargada de un mensaje vital. 

- El síndrome del "nido vacío" que sufren muchos matrimonios cuando los hijos abandonan la casa también se hace presente en un ambiente donde esto no debería ocurrir, pero la ausencia de "la niña" hace estragos en el remanso de paz que debería ser el convento, dejando un poso de amargura difícil de llenar. 

Para transmitir todo ello hay elementos muy interesantes. La reja como separadora de dos mundos distintos y antagónicos juega un papel importante. También el juego de luces y sombras que percibimos dentro del convento dejan entrever las alegrías y tristezas que se suceden en esa "burbuja microcósmica conventual" donde la vida parece detenida pero el tiempo avanza inexorablemente. Un mundo donde la contemplación de lo sagrado ocupa un lugar preeminente pero las preocupaciones mundanas logran introducirse entre las rendijas de las puertas y ventanas. 

Lo dicho, una película para disfrutarla, para "saber mirarla" y "saber amar" el mundo interior que refleja. No pasará a la historia del Cine como un imprescindible, pero merece la pena un visionado reposado de la cinta. 

lunes, 22 de noviembre de 2021

Demetrius y los Gladiadores (Demetrius and the Gladiators, EEUU, 1954)

La semana pasada comenté que La Túnica Sagrada (1953) fue promocionada como la primera película en cinemascope y se convirtió en un éxito de taquilla y crítica. Un año más tarde se estrenaba esta segunda parte, "Demetrius y los Gladiadores" aprovechando el tirón del cine bíblico que alcanzaría su cúspide dos años más tarde con Los Diez Mandamientos de Cecil B. DeMille

La continuidad en ambas películas (aparte del argumento, el recorrido de la túnica de Jesucristo tras su muerte y resurrección) viene dada por dos actores, toda vez que los protagonistas de la primera entrega Marcellus Galio (Richard BurtonDiana (Jean Simmons) mueren mártires al final de la entrega. Tanto Calígula (Jay Robinson) como Demetrius (Victor Mature) repiten protagonismo y sitúan al espectador en una continuidad temporal. Sinceramente creo que con la mentalidad moderna, más que de una segunda parte podríamos hablar de un spin off, en el que un actor secundario de la primera entrega (en este caso Demetrius) se convierte en el absoluto protagonista de la segunda. Para completar el reparto se añadieron actores contrastados como Susan Hayward (Mesalina), Michael Rennie (San Pedro) o la consagrada Anne Bancroft (Paula).

Sorprendentemente, sin embargo, no existió continuidad en la dirección, pasando la claqueta de Henry Koster a Delmer Daves, quien no contaba con experiencia ni en superproducciones ni en argumentos bíblicos y que presentaba el western "Flecha rota" como su mejor carta de presentación. 

A nivel argumental la historia pierde algo de profundidad. En primer lugar debido a que no se basa en ningún libro, sino en un guion cinematográfico. Además, de lo que cuenta la historia -y a diferencia de la primera parte- no hay ya casi nada en la Biblia que acredite estos sucesos históricos. Eso sí, sobre el nombre escogido tenemos una cita en la Tercera Carta de San Juan: "En cambio, todos dan testimonio en favor de Demetrio, y la verdad confirma este testimonio. Nosotros también lo hacemos, y tú sabes que nuestro testimonio es verdadero". El resto es ficción pura y dura, incluyendo diálogos entre San Pedro y la mujer del emperador que rayan lo excéntrico. No obstante, la historia vuelve a funcionar, ingresando el doble del presupuesto de la película. 

Como temas tratados está en primer lugar, evidentemente, la fe. La fe de Demetrius que se extingue al creer que su amada Lucía está muerta e iniciar una nueva vida como guardia pretoriano con todos los lujos del palacio. A raíz de ello, dado el buen resultado romántico de la pareja Marcellus-Diana, se vuelve a proponer una relación Demetrius-Mesalina, si bien en este caso el bueno de  Demetrius tendrá que escoger  entre su fe cristiana o las pasiones terrenas con una mujer casada. En este sentido se presenta el cristianismo como adalid de la moralidad familiar y tradicional, una verdadera inversión de valores a los que presentaba el decadente Imperio Romano, muy en consonancia también con los años en los que se rodó el film. Baste como muestra este diálogo sobre el homicidio entre tres de los protagonistas:

Mesalina: ¿Cómo te llamas?
Demetrius: Demetrius.
Mesalina: Hablaste de un dios, Demetrio. Que dios
Demetrius: Solo hay un Dios.
Claudio: Es uno de "ellos". Esto es muy interesante. ¡Un cristiano!
Messalina: ¿Eres cristiano?
Demetrius: Sí.
Messalina: ¿Y no pelearás?
Demetrius: No.
Claudio: No puede, querida. Matar está en contra de su religión.

Junto a ello reaparece el tema de la libertad-esclavitud que ya surgiera en el primer film, ahora con un prisma diferente. Se puede ser esclavo de las pasiones o libre aún teniendo una situación de opresión. Dios libera, pero solo a aquel que está dispuesto a dejarse liberar, como Pedro enseña al protagonista:

Demetrius: ¿Sabías que Jesús podía convertir el agua en vino? Y ese fue solo uno de sus trucos.
Pedro: Sí, solo uno. Cualquier cosa que fuera vil, podía convertirla en noble. Encontró a un leproso y lo limpió. Encontró la muerte e hizo la vida. Te encontró esclavo y te hizo libre.
Demetrius: ¡Fuera!
Pedro: Y ahora le has ganado una gran victoria, ¿no es así, tribuno? Te has vuelto esclavo de nuevo.

En fin, una historia interesante y que no desmerece a la primera parte, si bien se echan en falta algunos elementos bíblicos que sí estuvieron presentes en la obra de 1953.