Incapaces aún de dar una respuesta a esa inquietud, se recomienda el acopio de víveres para 72 horas, aunque no estoy realmente convencido de que esa medida sea realmente útil. No creo que en ese tiempo (que le pregunten a los ucranianos o a los palestinos) se pueda resolver un conflicto de proporciones mundiales. Sea como fuere, una cierta psicosis se ha apoderado ya de una población que acude "por si acaso" a los centros comerciales a avituallarse debidamente. Imagino que ese kit de supervivencia no es necesario. Me adhiero a Einstein cuando dijo esta frase -o al menos se le atribuye- "No sé con qué armas se peleará la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras". Parece lo más razonable que con unos cuantos pepinazos todo se vaya al garete y él ya lo vislumbraba hace muchos años.
Acerca de esas advertencias, desconozco cuánto de verdad hay en ellas. No sé qué es lo que nos están contando y qué conocimientos nos ocultan. Lo que sí parece claro es que hay un cierto interés por tener a la población preocupada. No hay que ser muy listo para darse cuenta de que desde hace una década aproximadamente el catastrofismo sale rentable. A beneficio de quién, lo desconozco.
La población tiene que estar asustada. El control social a través del pánico parece necesario a estas alturas de la globalización. Cuidado que viene la extrema derecha, ojo con un futuro maremoto. El cambio climático es inminente y vendrán décadas de sequía. Perdón, fallo en Matrix, que llueve mucho. Entonces se cambia el discurso y se augura que las inundaciones serán cada vez más frecuentes. Las pandemias y los confinamientos diezmaran a la población: El Covid, la Gripe A, la viruela del mono, el virus del Nilo o la que sea. También se reconoce que las vacunas han provocado efectos secundarios que provocan ictus y muertes súbitas por doquier. Un asteroide se aproxima y podría colisionar contra la tierra en unos años. Una catástrofe se anuncia detrás de la siguiente sin que hayamos tenido tiempo de reponernos psicológicamente de la anterior. Ahora la guerra. Lo importante es que la alarma no cese y la gente esté tensa. ¿Para qué? Lo desconozco. ¿A favor de quién? Tampoco lo sé.
Lo curioso es que tras casi todos los elementos anteriormente citados hay colectivos que lo atribuyen todo a una conspiranoia y niegan la mayor: No existe una pandemia sino una plandemia. No hay asteroide (ni siquiera hay NASA) y, por cierto, la tierra es plana. Nunca hemos llegado a la luna ni hay previsión de ello. Tampoco hay cambio climático sino ciclos naturales. Las vacunas son tan nocivas como los virus artificiales creados en laboratorios y soltados adrede para diezmar a la población. Tanto negacionismo se filtra también en nuestro subconsciente y uno ya duda de todo y de todos.
Pero bueno, hay uno del que no podemos dudar. El Dios Omnipotente que probablemente se ríe de los planes de los poderosos y sabe cuándo y cómo será realmente el fin del mundo y del ser humano. Mientras ese día llega, no suframos más de lo necesario, no nos agobiemos más de lo justo porque en palabras de Cristo: "En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre" (Mc 13,32). Y su otro consejo hoy es más vigente que nunca: "No os inquietéis por el día de mañana; el mañana traerá su propio afán. A cada día le basta su propio problema" (Mt 6,34).
Para terminar, una frase que no es bíblica, pero que me parece preciosa y que viene al hilo de esta reflexión. Es de Mark Twain y dice así:
“No hay tiempo. Tan breve es la vida para dimes y diretes, disculpas, envidias y rendiciones de cuentas. Sólo hay tiempo para amar y tenemos poco tiempo, por así decirlo, hasta para eso”.